domingo, 1 de abril de 2012


Comunistas como nosotros
Sergio Fiedler
(Chile)


“El movimiento del comunismo no progresa linealmente, es un camino duro y lleno de peligros, un padecimiento, una divagación, un extravío, una búsqueda de la tierra prometida, lleno de trágicas interrupciones, bullente, repleto de saltos, explosiones, promesas solitarias, discontinuamente cargado de la conciencia de la luz”.  
Ernst Bloch

“He preferido hablar de cosas imposibles, porque de lo posible se sabe demasiado”
 Silvio Rodríguez


Preliminar
            La pasión del comunismo es una pasión por la memoria pero también por los riesgos imprevistos de la interpretación. Quizá jamás haya existido una idea cuyo significado haya infundido tanto temor, inspiración, debate y conflicto como el comunismo lo ha hecho en los últimos cien años. Mientras que el fascismo sólo evoca imágenes de terror y discriminación; la idea de comunismo está asociada, de manera paradójica, tanto con el control dictatorial como con el proyecto ilustrado de la liberación humana. Tal como lo señalara perspicazmente una victima de los horrores de los campos de concentración Nazi como Primo Levy, no importa cuan horrorosa haya sido la experiencia “oficial” del comunismo, aún somos capaces retener una imagen de éste que no guarde relación con el genocidio y la represión totalitaria. De acuerdo con Slavoj Žižek, aún, si aceptásemos el cuestionable argumento liberal de que todo comunismo termina inevitablemente en una dictadura estalinista, todavía sería posible hacerlo perdurar como un proyecto de emancipación que nunca cumplió su promesa, fracasando de manera espeluznante en el terreno de su implementación práctica. El fascismo, muy por el contrario, representa el horror mismo, no es posible de imaginarlo sin pensar en una forma de maldad radical y sistémica que ha triunfado de manera rotunda, en demasiadas, ocasiones a lo largo de la historia del Siglo XX. El fascismo cumple todas sus promesas; la discriminación y el terror son componentes tan substanciales de su ideología, que es imposible que exista una brecha entre su teoría y su práctica. No es el caso del comunismo.  Con una historia repleta de sentidos sedimentados, de quiebres e inestabilidades políticas, el comunismo como concepto ha adquirido una identidad elusiva y espectral, transformándose en un referente que sugiere definiciones mucho más provocadoras e imaginativas que las transmitidas por el fascismo.
            Como el comunismo, el siguiente texto ha tenido varias versiones e involucrado un proceso de escritura que se extiende por ya varios años sin llegar a una conclusión definitiva hasta hoy. Como texto en construcción, ha sido una pausada e interrumpida colección de trazos del pensamiento de otros, que en su agenciamiento escritural han devenido en pensamientos propios. La atención que autores como Negri, Hardt, Zizek y Badiou entre otros,  le han prestado con tanta insistencia a la idea de comunismo en diferentes textos y conferencias recientemente, ha gatillado un movimiento en el pensamiento político que sacude los consensos académicos.
            Este texto busca recobrar algunos momentos significativos de la propuesta de estos autores, siempre en el intento de encontrar una trayectoria de escritura y reflexión que nos sean propias de acuerdo al territorio de sentido donde nos ubicamos.


Performatividad
            Hoy más que nunca nombrar la palabra comunismo escandaliza, y el escándalo tiene varios mantos complejidad. Aquellos que hoy se atreven a llamarse a si mismos “comunistas” no sólo están éticamente obligados a dar cuenta del hecho que el comunismo ha sido asociado con los horrores de la represión estatal, sino hacer frente a un estado de cosas donde el comunismo mismo ha sido declarado definitivamente muerto por la elite neo-liberal del nuevo capitalismo globalizado. Aún más preocupante es el hecho que muchos de los intelectuales y activistas izquierdistas pareciesen compartir, sin cuestionamiento, esta problematización del comunismo hecha por sus enemigos, identificando el término directamente con el partido que lleva su nombre o el fracaso de la experiencia soviética.
            ¿Pero por qué hoy los revolucionarios deben mantener un cariño porfiado por la noción de comunismo tanto a nivel de significado como de significante?
La necesidad de este apego a la palabra “comunismo” emerge del urgente imperativo de encarar el conservadurismo político e intelectual inherente de este período con un acto teórico que a la vez sea un acto ético de resistencia y militancia. Una de las características ideológicas del actual consenso neo-liberal es el hecho que cualquier forma de planteamiento revolucionario es rápidamente repudiada como una fantasía delirante, mientras se acepta al capitalismo globalizado como la única realidad posible y deseable. Comenzar a hablar de comunismo nuevamente es parte del intento político e intelectual de alterar substancialmente la relación de fuerzas vigente en nuestra sociedad, de manera que, como protagonistas de un eventual movimiento anti-capitalista, podamos imaginar un mundo que se encuentre más allá de las limitadas opciones políticas que nos ofrece el orden simbólico-lingüístico hoy imperante. Si bien podemos abandonar cómodamente la palabra “comunismo” e inventar otras nuevas para definir un proyecto de transformación revolucionario, no estaríamos más que eludiendo el hecho de que la lucha política está indisolublemente atada a una semiótica del poder a partir de la cual la enunciación se convierte en espacio donde la disputa por el sentido se vuelve ontológicamente irrenunciable.
            Uno de los mecanismos para provocar este giro semiótico-político es efectivamente recurrir al poder performativo de lo injurioso, lo excesivo y lo imposible, donde la posición menos razonable se transforma en la única garantía de sobrevivencia del acto ético. Precisamente porque afirmar hoy abiertamente que se es un comunista es caer fuera de los términos de referencia del actual orden simbólico -y desde donde  se constituye la realidad naturalizada del capitalismo como única realidad posible- es que no hay significante que mejor encarne el sentido de este exceso ético que el término “comunismo”. ¿Cómo puede haber alguien que se atreva a identificarse con el comunismo sin a la vez infringir cierto entendimiento hegemónico compartido tanto por las derechas como por las izquierdas “oficiales”?  ¿Cómo atreverse a abrazar una idea que no sólo se asocia al terror político, sino con un terror que nunca tuvo la eficacia del terror aplicado por el capitalismo como base de su propia incepción y desarrollo?
            El comunismo es el nombre propio que le hemos dado a lo imposible. Como sostiene Žižek en clave lacaniana, desde un punto de vista revolucionario como, de hecho, desde el punto de vista de la política “propiamente tal”, lo verdaderamente Real siempre se ubica dentro de lo imposible. Bajo esta mirada, el comunismo se transforma en la enunciación de un exceso semántico y performativo, donde se reconoce a la palabra como una dimensión directa de las relaciones de poder, contribuyendo a transformar el campo de significación de lo que es considerado políticamente correcto y posible. Esta no ha sido una práctica intelectual y política ajena a los grandes pensadores-activistas del Siglo XX como Lenin y Foucault, y es reconocida entre ciertos círculos de revolucionarios como la táctica de “doblar la vara”. Cuando la vara esta doblada para el lado equivocado como es el caso de hoy en día, es necesario, con el objeto de colocar el mundo en su lugar correcto, tomar la vara y doblarla fuertemente en la dirección opuesta hasta que ésta quede derecha. Doblando la vara es posible hacer salir del closet a una dimensión del conocimiento que los intelectuales positivistas a menudo no se sienten preparados a reconocer: que la efectividad de decir la verdad tiene una existencia histórica y política, lo que significa que “tras la relación entre simples ideas existen relaciones de fuerza, las cuales colocan ciertas ideas en el poder y otras ideas bajo sumisión”. Dentro del espíritu de esta contienda, restablecer el comunismo como posibilidad no es sólo el intento de reclamarse de un principio de acción, sino que también usar su significante como provocación, como un arma simbólica para destruir la sumisión de la palabra, y de esta manera generar un pensamiento político en un mundo donde la política misma ha sido censurada por el abandono liberal y postmoderno de las narrativas emancipatorias.
             Žižek sostiene que la impugnación de totalitarismo hecha al comunismo por los demócratas liberales ha demostrado ser el mejor antídoto para ayudar a mantener “el cuerpo social en buena salud política e ideológica”. La noción de totalitarismo propuesta por los demócratas liberales se ha transformado en un subterfugio para no involucrarse en una acción y un pensamiento político genuinamente radical. Cada vez que manifestantes anti-capitalistas deciden interrumpir con su movilización las reuniones cumbre organizadas por las instituciones reguladoras del capitalismo globalizado como el APEC o la OMC, los políticos, la policía y los medios de comunicación suelen apelar a los valores de la democracia liberal, etiquetando a los manifestantes como “anti-democráticos” por atentar contra “la libertad de expresión” y “el derecho a reunión” de aquellos que son los más ricos y poderosos del mundo. Aún más, según Žižek, durante la consolidación del poder neo-liberal en los últimos veinte años, la noción de totalitarismo se ha convertido en una especie de acusación sumaria por parte del liberalismo democrático en contra de los que piensan y actuan inspirados por un proyecto político que se oponga al capitalismo existente. Los demócratas liberales acusan encolerizados “no importa qué tan diferente la extrema izquierda es de la extrema derecha, los extremos siempre se juntan en la política del terror”. Desde esta mirada, tanto el comunismo como el fascismo –y quizá ahora el fundamentalismo islámico- conforman el mismo tipo de amenaza a la democracia. Si bien es cierto que el liberalismo democrático se presenta a menudo como una corriente hostil a las desigualdades económicas de nuestra sociedad y están más que felices de condenar las injusticias y guerras del capitalismo, jamás apoyan ningún tipo de acción demasiado radical contra el sistema, prefiriendo denunciar las iniciativas revolucionarias como una potencial utopía sobre la cual se levantará un nuevo totalitarismo. El problema, argumenta Žižek, es el hecho que, en los últimos veinte años de globalismo neo-liberal, esta postura ha fallado rotundamente en evitar el desarrollo de los horrores totalitarios que clama rechazar. Al reducir lo político simplemente a la práctica pragmática de lo posible, el liberalismo democrático crea las condiciones para que el totalitarismo emerja sin oposición. Al rechazar un proyecto emancipatorio revolucionario y etiquetarlo de “totalitario”, los pragmáticos del liberalismo democrático se quedan sin ninguna otra alternativa que limitar la acción política a la maniobra oportunista dentro la matriz del sistema de dominación, socavando a su vez las únicas fuerzas sociales y políticas que son genuinamente capaces de contrarrestar a los emergentes neo-totalitarismos, como los de George Bush y el fundamentalismo religioso.
            El primer pensamiento que muchos tuvimos cuando vimos las torres gemelas colapsando, y luego escuchamos la retórica pesadamente familiar de la “guerra contra el terrorismo”, fue: ¡qué seguro era el mundo cuando manteníamos una conversación con la otredad del comunismo! No importa cuánto, durante el curso del Siglo XX, la idea de comunismo haya sido identificada con la represión estalinista, ésta también fue la encarnación de la lucha contra el fascismo y las injusticias del mercado. No se trata de desempolvar el modelo soviético, sino de volver a proponer el comunismo como movimiento social que inspiró la imaginación de millones y millones de activistas y revolucionarios y, ofreció una barrera de contención política altamente efectivo a la guerra y al terror.  No hablo de problemático legado del comunismo “oficial”, sino la actividad comunista y auto-gestionada de la multitud en diferentes latitudes del planeta. En léxico lacaniano, si bien que a nivel de lo Simbólico el bloque soviético se vanaglorió de hacer del comunismo una sociedad en construcción, oculto tras este proceso de simbolización estalinistas estaba la herida innombrable de lo Real, por cuanto la palabra revolucionaria era a su vez sangrientamente enmudecida, y el comunismo aprisionado en la camisa de fuerza de la propiedad estatal y de la guerra fría, permitiéndole así al capitalismo de estado soviético repartirse el mundo a tajadas con el capitalismo occidental.


Eternidad
            El razonamiento detrás de la defensa del comunismo, que se reclama como nuestro, se distancia sin embargo de la postura habitual de muchos marxistas anti-estalinistas de occidente quienes sostienen que, al constituirse los “socialismos reales” como sociedades de clases altamente burocratizadas, lo que realmente murió no fue el comunismo, sino otra forma del capitalismo. De hecho, para estos marxistas la idea del comunismo jamás ha sido alcanzada en términos prácticos. Lo que quisiera sostener aquí es precisamente lo opuesto: que más allá de toda la propaganda y distorsiones impuestas sobre su significante por los sospechosos de siempre, el comunismo en efecto siempre ha existido, no en la forma de un partido o un estado, sino más bien en el las formas de vida comunitaria y auto-valorización colectiva sobre las que ha descansado la revuelta igualitaria de los oprimidos a lo largo de la historia, y que han sido ocultadas y reprimidas por las relaciones de producción del capitalismo histórico, tanto a nivel simbólico como económico. Esto es lo que Žižek llama la “idea eterna del comunismo”  y que Badiou en su libro La Hipótesis Comunista  recobra como un ideal regulador de orden Kantiano que a guíar nuestro accionar político y actualizarse a sí mismo por medio de su propia praxis transformadora. Es decir: la idea de comunismo sólo puede existir por medio de la actividad política concreta auto-dirigida de sujetos que son parte de un sensorium cotidiano compartido.
            Desde este punto de vista, el comunismo no es tan sólo una idea sino una forma de vida colectiva que entra en acción a partir de la afirmación de lo común. De acuerdo con Michael Hardt, lo común se refiere en primer lugar a la tierra y todos los recursos materiales relacionada con ella como el suelo agrícola, los bosques, las aguas, el aire entre mucho otros, pero también a los resultados de la actividad o el trabajo humano como la cooperación, el lenguaje, el saber, la comunicación y los afectos. El comunismo es el un movimiento que busca defender y recobrar esa riqueza común de los diferentes escenarios de privatización que han caracterizado el curso histórico del capitalismo, defensa y recuperación que por cierto han abierto la posibilidad, en diferentes tiempos y espacios, de una producción de subjetividad que implique otras maneras posibles de vivir y estar en el mundo. Hay una lógica y una ética comunista que antecede históricamente a la Unión Soviética y al propio Marx, incluso a la modernidad misma. Ya el célebre historiador inglés E.P. Thompson señaló las múltiples maneras en que la multitud trabajadora pre-industrial funcionaba bajo normas de acción y reciprocidad colectiva basadas en mantención de lo común. Estas correspondían a lo que Thompson llamaba –la economía moral de la muchedumbre, donde la fuerza consuetudinaria de las costumbres y la tradición salvaguardan el uso compartido de la tierra y los recursos económicos, ofreciendo una barrera de resistencia a la continua privatización de los medios de producción impuesta por el colonialismo y el emergente capitalismo industrial. La lógica comunista de la historia no emerge, por lo tanto, como un programa político cuidadosamente definido, sino como una modalidad de comportamientos colectivos que autónomamente defendían el derecho común en contra del derecho privado, las necesidades humanas en contra de la ganancia, y una ética del goce en contra de la ética del trabajo. Los ejemplos son muchos: el derecho ancestral indígena, las primeras comunidades cristianas, las comunas piratas en las islas del Caribe, las respuestas heréticas y milenarias al poder de la iglesia y el Estado durante la Edad Media y la modernidad temprana. Enraizadas en fortísimos imaginarios religiosos y morales, estas formas de propiedad comunista de alguna manera pusieron trabas al génesis del capitalismo moderno, contextualizando políticamente su desarrollo, de manera que la transición al nuevo modo de producción nunca estuvo completamente garantizada sin que las clases dominantes expandieran su poder militar, legal e ideológico para aplacar la resistencia de lo común.
            Citando la experiencia del maoísmo en China como del Mayo del 68, Badiou explica, sin embargo, que el fracaso de la experiencia comunista “oficial” no puede disociarse del problema de recuperar este comunismo histórico. En su opinión, la revolución rusa, mexicana, española, china y cubana deben mantenerse como un fundamento central de una re-emergente política comunista. Debe ser así no porque las sociedades post-revolucionarias que brotaron de ellas tengan necesariamente características que valga la pena defender y promover, sino más bien porque -como nuevos comunistas- estamos obligados a reconocer en lo que estas revoluciones, en su devenir y fracaso histórico, pudieron haberse transformado. Esto es el reconocimiento de lo que Žižek llama –evocando a Walter Benjamín-  la “mirada revolucionaria”, la cual entiende la lógica “del acto revolucionario actual como la dimensión redentora de los fallidos intentos emancipatorios del pasado”. En otras palabras, mantener una postura revolucionaria no es decir que el verdadero comunismo no tuvo nada que ver con la “experiencia oficial” de éste, sino con el vislumbrar, descubrir y abrazar lo que estaba “ausente” o silenciado dentro de esa “experiencia oficial”: el potencial revolucionario que fue derrotado y perdido.


Espectralidad
            Sin duda alguna que han sido las propias clases dominantes las primeras que han reconocido el potencial comunista que existe dentro de los mismos antagonismos de clases sobre los cuales se levanta, transforma y tambalea el régimen de propiedad capitalista. En cierta medida, la historia del comunismo ha sido la historia de su demonización y des-identificación ideológica por parte de las elites dominantes del mundo capitalista. No obstante sería un error entender esta historia simplemente como propaganda anti-comunista. Hablamos más bien de una compleja operación discursiva donde el repudio y el temor de las clases dominantes por el comunismo es el contrapunto ideológico de su poderosa presencia. Usando el lenguaje del situacionismo, podríamos afirmar que el secreto de la demonización del comunismo dentro del espectáculo capitalista sólo ocurre al separar el contenido de su representación, y transformar esta última en mera apariencia. Para la elite, ésta ha sido la apariencia aterradora de un monstruo, uno que en su misma vaciedad disfruta de un poder sobrenatural. Cómo no recordar las primeras líneas del Manifiesto Comunista, cuando Marx y Engels describen el marco mental de la burguesía europea de  mediados del Siglo XIX:

“Un espectro espanta a Europa, el espectro del comunismo. Todos los poderes de la vieja Europa han entrado en santa alianza para exorcizar el espectro”.

            Desde una perspectiva psicoanalítica, la percepción burguesa del comunismo equivale al horror provocado por lo que Freud define como “lo siniestro”. Lo siniestro  expresa la angustia infantil de la clase capitalista ante la posibilidad de hacerse por fin responsable por el momento caótico y traumático de su origen como clase poseedora, cuando por medio de la acumulación originaria, una multitud trabajadora fue aplastada y desposeída de los espacios y recursos compartidos de lo común para garantizar la emergencia del capitalismo moderno. El espectro del comunismo encarna el retorno de lo reprimido, la otredad monstruosa pero Real de la multitud que regresa a resolver y cerrar la separación y el antagonismo creados en el momento original de su desarraigo. Entonces, cuando los neo-liberales insisten que el comunismo ha muerto, no dicen nada verdaderamente nuevo. Si interpretáramos la metáfora marxista del espectro del comunismo literalmente, es posible sugerir que, desde el punto de vista de los temores de la propia burguesía, el comunismo siempre ha sido entendido como una vida después de la vida. En el mundo simbólico del empresario burgués, el comunismo jamás ha existido como una entidad viva sino como resucitación fantasmal de un ser social que está ya muerto, como la figura aterradora de un muerto en vida: el espíritu de los muertos que se levantan desde bajo la superficie del status quo para espantar a sus asesino y devolver el mundo a su orden original. De ahí la necesidad ideológica de enunciar su muerte una y otra vez, como manera de exorcizar el espectro, y hacer desaparecer el cuerpo una vez más, para no dejar evidencia del crimen original y del trauma del antagonismo político del cual el comunismo es significante.
            El tránsito a la modernidad implicó la lucha descarnada entre dos formas de propiedad, lucha donde el comunismo se presenta como un espacio colectivo y moral resistiendo desde un “afuera” a las emergentes relaciones capitalistas de producción. Marx, sin embargo, introduce un giro radical a esta noción de comunismo. Si bien el emergente capitalismo derrota las formas de vida construidas a partir de la riqueza común por medio de la privatización de esta última, Marx sostiene que el nuevo modo de producción crea las condiciones económicas y sociales para la emergencia de  un nuevo comunismo. Marx remueve  el concepto de comunismo del reino trascendental de la utopía y la moral tan propio de la sociedad tradicional, y lo ubica derechamente en el campo de la acción política de la modernidad. Esto involucra tomar en cuenta la materialidad del proceso revolucionario e investigar las condiciones sociales e históricas que hacen la acción comunista posible. Ahora el comunismo deja de ser un “afuera” y se convierte en un “adentro”. Para Marx, el comunismo emerge inmanentemente, desde el interior de la dinámica antagonista del capitalismo. No tan sólo se refiere por lo tanto al retorno del momento traumático de la acumulación originaria, sino a la incorporación del trauma mismo como palanca de la crisis y la expansión capitalista. El temor a la espectralidad del comunismo es precisamente el motor que estimula a la burguesía a modernizarse. En la medida que el capital empuja el desarrollo de las fuerzas productivas de manera que la cooperación y nuevas formas de lo común ocupan un lugar cada vez más significativo en el proceso de producción, va también proporcionando nuevas herramientas para la emergencia de iniciativas anti-capitalistas. Con el crecimiento de la resistencia y el potencial comunista, el momento traumático de la acumulación originaria necesita repetirse constantemente como mecanismo de bloqueo de cualquier curso de autonomía y desterritorialización revolucionaria que reúna fuerzas dentro de ese proceso de producción social. Esto significa que las fuerzas de producción y cooperación basadas en lo común necesitan permanecer firmemente bajo el comando capitalista, mientras nuevos procesos de colonización y privatización se llevan a cabo con el objeto que el comunismo no se transforme de potencialidad espectral en realidad.
            Ciertamente que la Teoría de Valor desarrollada por Marx en el primer volumen de El Capital proporciona algunas claves conceptuales para comprender el proceso material y a la vez ideológico del fetichismo económico por medio del cual el comunismo ocupa un lugar espectral dentro de la propia relación capitalista. En su disección del valor entre valor de cambio y valor de uso, Marx se refiere a este último como la valoración de un objeto de acuerdo a su propiedades o utilidad. El capitalismo está sin embargo interesado en un objeto en tanto a valor de cambio o mercancía, o sea en la medida que pueda ser comercializado y genere ganancia para el capitalista. El valor de la mercancía por tanto no es definido por las propiedades del objeto sino por la abstracción del valor de cambio, abstracción que no sólo tiene el efecto ilusorio de borrar las cualidades materiales de la mercancía, incluyendo la fuerza de trabajo como valor de uso indispensable para su producción. La mercancía aparece ante los ojos del consumidor como un fetiche mágicamente generado por el proceso de intercambio comercial.
            A pesar de constituir la base material que hace posible la existencia del valor de cambio, el valor de uso ocupa un lugar de suplementaridad dentro de la relación capitalista en el sentido derridiano del término; o sea el valor de uso constituye el soporte que completa y otorga substancia material a la mercancía pero del que se prescinde simbólicamente como una instancia residual del proceso de valorización. Ahora si el movimiento de suplementaridad del valor de uso proporciona una referencia más primordial que el valor de cambio, el valor de uso a su vez no debe ser entendido como un término fundacional transparente y natural  al que se le estampa desde fuera el valor de cambio, sino una operación de constitución abierta y indefinida, cuya utilidad y función está ya culturalmente situada y asignada dentro de una economía de intercambios simbólicos que está marcada por los antagonismos de clase. Al fetichismo del valor de cambio se le suma entonces el fetichismo del valor de uso que procura aún mayor profundidad al primero. No obstante, en la relación de dependencia y antagonismo mutuo entre valor de cambio y valor de uso, el primero representa la identidad y el segundo el residuo de la diferenciación y la heterogeneidad que resiste desde dentro los anhelos unitarios del valor de cambio. Este residuo suplementario es la alteridad radical que evidencia la estructura de no-plenitud de la relación capitalista y por lo tanto desde donde potencialmente nos comienza hablar el comunismo. Dándole un giro deleuziano al argumento, el comunismo por lo tanto no corresponde a una totalidad utópica enfrentándose desde afuera a la totalidad capitalista, sino a una situación de virtualidad cuya estructura está completamente determinada al interior del antagonismo que encierra la mercancía y cuya actualización como potencial creativo depende en definitiva de la interrupción del acontecimiento o punto de fuga revolucionario.
            Walter Benjamin explicita esta posibilidad comunista de la mercancía en el Libro de los Pasajes cuando sostiene que la moda como incesante consumo de valores de uso es una demostración ambivalente tanto de la estética alienante de la cultura del consumo mercantil como del deseo utópico por la redención mesiánica encerrada en la promesa comunista de su objeto. Si bien los fetiches pasajeros de la moda, afirma el autor, son ciertamente signo de la cosificación de la historia, una historia sin historicidad que está sujeta al eterno devenir de lo nuevo como siempre-lo-mismo, también esos fetiches son la forma fantasiosa y onírica dentro de la que yace detenido el potencial revolucionario a la espera de ser activados por la acción política. En la dialéctica de la imagen desarrollada por Benjamin, el cuerpo fetichizado de la moda contiene la semilla de su propia redención, la que sólo se puede alcanzar empapándose de la frivolidad del mundo mercantil sin dejar a su vez de adoptar con respecto a ella, la posición críticamente distanciada e irónica del flaneur. Este distanciamiento crítico es la que nos permite descubrir que la relación residual que el valor de uso mantiene con el valor de cambio tiene un carácter heteroglósico: constituye una alteración de los códigos de equivalencia del valor de cambio que da expresión al signo de la necesidad pero en la forma refractad del deseo.
            Los procesos de fetichización mercantil provocan que el valor de uso de la fuerza de trabajo aparezca como un residuo fantásmico sin nombre propio, borrando ideológicamente todos los trazos de las energías corporales usadas por el trabajador en la producción de mercancías. El comunismo hace de este residuo el sujeto de la emancipación; la presencia fantasmal de la fuerza de trabajo opera permanentemente como una posibilidad de interrupción y subversión de la relación capitalista. El comunismo por lo tanto, lejos de ser la gran utopía  que nos espera al final de la historia, es una dinámica de acción colectiva y deconstrucción revolucionaria que ya está aquí, encarnada vívidamente en el trauma de los antagonismos de clase del presente, y que el capital se ocupa constantemente de reprimir y desplazar, de fantasmagórizar.




Multiplicidad
            Nuestro fantasma, sin embargo, es un cuerpo de carne y hueso; la comunidad potencial de la multitud. La definición ofrecida por Marx y Engels en la Ideología Alemana, algo ignorada por muchos marxistas, apunta precisamente a entender al comunismo desde la inmanencia de la relaciones de clase:

“El comunismo no es para nosotros un estado de cosas que ha de ser instaurado, un ideal al cual la realidad tendrá que ajustarse. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que busca abolir el presente estado de cosas. Las condiciones de este movimiento resulta de las premisas ahora existentes”.

            Lejos de haber una transición al comunismo, el comunismo es el devenir de la transición misma. ¿Qué quiere decir esto? Que el comunismo, como el “movimiento real que busca abolir el presente estado de cosas”, se refiere a aquellas formas pre-figurativas de relaciones sociales y organización colectiva que anticipan, dentro del entramado de contradicciones del propio sistema de explotación del trabajo, la abolición de la propiedad privada capitalista. Como lo señala Antonio Negri, la acción comunista no es sólo una función subversiva de desterritorialización operando al interior de toda relación social, sino también una actividad de constitución política a partir de la cual se crean nuevas formas de vida y estar en el mundo. Hay una lógica comunistas en todo movimiento que por medio de la materialidad de sus prácticas de rebelión y resistencia busque realizar en el aquí y ahora, los objetivos que la tan mentada “transición socialista” ha mantenido postergando ad finitud: la transformación de valores de cambio en valores de uso por medio de la actividad libre y asociativa de los productores, en otras palabras, la producción en común de lo común dirigida a despertar todos los potenciales y devenires del ser.
            El hecho que la clase capitalista sea quien controla los medios de producción no implica que la clase trabajadora permanezca en un estado permanente de subordinación. Desde el punto de vista de una metodología comunista, la totalidad del modo de producción capitalista está siempre internamente dividida por la diferencias entre las subjetividades antagónicas de clase que la constituyen como estructura, llevando dentro de sí la posibilidad constitutiva de la separación y la ruptura en la forma de proceso revolucionario. Si bien las categorías de la producción y el intercambio pueden aparecer desde el punto de vista de la teoría económica clásica como una unidad de determinaciones estructurales omnipresentes, dicha unidad es en los hechos el resultado dinámico de la interacción entre fuerzas subjetivas, y donde la potencia social de la fuerza de trabajo permanece siempre activa estableciendo un punto de discontinuidad y posible quiebre en su relación con el capital. Ahora, cabe señalar, que reconocer el peso de la subjetividad de clases dentro de relaciones que aparecen como objetivas no es hacer referencia una noción Kantiana de la subjetividad como manifestación trascendental de la conciencia y la razón en oposición al cuerpo y la pasión, sino como la composición de las poderes técnicos, intelectuales y afectivos que se produce en la relación entre los cuerpos que constituyen una clase social como tal. Dichos poderes son la base del accionar político y colectivo de los trabajadores y que a la vez los hace en agentes fundacionales del proceso productivo y la valorización económica de la que el capital depende para su reproducción. Las fuerzas corpóreas que el trabajador aporta a la producción, constituyen la base paradojal sobre las cuales se desarrolla la posibilidad permanente de separación y éxodo de la relación capitalista. Lo que bajo la dialéctica del capital aparece como una relación de unidad está en verdad intrínsecamente escindida por la propia praxis antagónica que lleva el cuerpo del trabajador dentro de la relación de clase que le da forma a su subjetividad.
            Mientras el capital dirige todos sus esfuerzos a incrementar la explotación del trabajador ya sea extendiendo el día de trabajo o aumentado la intensidad de la producción, y por esta vía incorporando las diferencias de clase dentro la unidad sintética de la Ley del Valor, los trabajadores buscan impedir que la alteridad y multiplicidad de sus corporalidades sean reducida a la pura condición de fuerza de trabajo por medio de una variedad de conductas individuales y colectivas de auto-valoración que tienden a desestabilizar la lógica explotadora del capital. La auto-valorización instala una inversión de lógica de relación capitalista que involucra ruptura, separación y constitución política que adquiere forma manifiesta en los grandes movimientos huelguísticos, insurreccionales y migratorios, así como también en aquellos comportamientos micro-políticos e informales como son el ausentismo laboral, la lentitud para llevar a cabo el trabajo, el hurto de herramientas y materiales de trabajo, etc.
            La valorización capitalista es el proceso por el cual el capital logra su expansión como resultado de la apropiación y acumulación de excedentes generados por el cuerpo de los trabajadores en el proceso de producir valores de cambio. Para el capital, la corporalidad existe sólo como un bien productor y consumidor de mercancías. Como lo señalara Adorno, el valor de cambio emerge como el término abstracto de equivalencia que existe entre dos objetos incomparables y que en el mercado toma la forma monetaria, desde ahí constituyéndose en la relación primordial por medio de la que el imperialismo de la identidad emerge en la historia humana. El proceso de auto-valorización impone una tendencia constituyente contrapuesta. Por medio de la auto-valorización, el cuerpo del trabajador busca recobrar tiempo, espacio, recursos y energías vitales de la que fuera despojado por las obligaciones del trabajo capitalista, llegando incluso a desestabilizar la gobernabilidad y la capacidad del capital para reducir sus fuerzas vitales a mera fuerza de trabajo.  La auto-valorización permite a la clase trabajadora poner en movimiento una multitud de atributos y necesidades que la constituyen y se manifiestan en una riqueza de deseos singulares, discursos y estados mentales inconscientes que no están tan sólo asociados con las condiciones de trabajo pero también con toda su existencia social y biológica como clase. El comunismo de este movimiento es el comunismo de la multiplicidad, la práctica de deconstrucción que inserta la diferencia dentro de la relación capitalista por medio de la auto-valorización como la negación de toda medida de intercambio, pero también como la afirmación de toda aquella pluralidad y creatividad social que no se puede subsumir por la identidad y que refiere al concepto de “valor de uso” como lo heterogéneo, lo cualitativo y lo corporal. Lo común es lo múltiple, lo plural-singular. El comunismo es por tanto la realización de la multilateridad del trabajo, o la realización del proletariado no como sujeto sino como una explosión de múltiples singularidades, como multitud.
            La rigidez de las luchas molares que el trabajo dirige contra el capital en ningún caso forman un obstáculo para el desarrollo singularidades que excedan los antagonismos de clase, ya sean de tipo sexual, étnicas, regionales o religiosas. La auto-valorización es antagonismo y la afirmación de la diferencia que es propia de la diversidad interna de la clase trabajadora. El éxodo y la resistencia de clase que ella implica no conforma un movimiento reactivo al capital sino la manifestación concreta de la búsqueda de nuevas modalidades de existencia. La multiplicidad es la que funda este devenir del ser, y el comunismo es el movimiento creativo por medio del cual el sujeto proletario actualiza su diferencia dentro de la relación capitalista, primero como antagonismo y luego como multiplicidad. La violencia de este movimiento es la violencia de la diferencia sobre la identidad impuesta por el capital sobre el trabajo. Dando un giro a las palabras de Derrida, podríamos señalar que la violencia del sujeto proletario es siempre una violencia ética mínima, la única manera de reprimir la peor de las violencias, de otra forma la posibilidad de la paz desaparecería por completo en la oscuridad de la noche.


Renta
            Hoy cuando el capitalismo ha devenido en biopolítico, dejando de ser un modo de producción y convirtiéndose en un modo de existencia donde los afectos, el intelecto y la performance del cuerpo se despliegan como nuevas fuerzas productivas, la “hipótesis comunista” adquiere un significado teórico y político particularmente potente. La emergencia del conocimiento y la comunicación como fuente y modo de producción has significado una profunda mutación de las formas de acumulación capitalista. Si bien durante el capitalismo industrial el conocimiento científico conformo una parte fundamental del desarrollo de las fuerzas productivas, también permaneció separado respecto a la subjetividad de los trabajadores, incluso desempeñando un papel fundamental como parte de las tecnologías disciplinarias que recaían sobre el cuerpo del trabajador. La separación entre capital constante o fijo (maquinarias) y capital variable (fuerza de trabajo) que imperaba en tales circunstancias hoy ha dejado de ser pertinente. Bajo el régimen del capitalismo cognitivo, la separación entre capital constante y capital variable es superada en la medida que más y más trabajadores agregan a su subjetividad los aspectos cognitivos que una vez incorporaban las maquinas como capital constante. El agenciamiento entre el trabajador y las nuevas tecnologías de información y comunicación (TICs) producen y reproduce un nuevo cuerpo y sujeto productivo que incorpora las funciones técnicas y de gestión que antes le estaban reservadas a un grupo específico de funcionarios e intelectuales (gerentes, diseñadores, publicistas), estableciendo un nuevo modo de relación con el capital, el que ahora se ve obligado a capturar tanto el proceso de producción de la subjetividad (por ejemplo, por medio de financialización de la educación) como las subjetividad como fuerza productiva (precarización del mercado laboral) desde fuera de la organización cooperativa del trabajo. Pensemos en el trabajo performático de facilitación de información sobre el mercado que realizan los trabajadores de los centros de llamados o call centres con sus funciones de simulación cuidadosamente monitoreadas, y que buscan ocultar el hecho que el trabajador que recibe la llamada rara vez se encuentra en el país del cliente que la hace. Aquí están en juego todas las dimensiones cognitivas y corporales de la subjetividad como las habilidades lingüísticas y competencias fonéticas, la concentración y la amabilidad, permitiendo así al trabajador (re)presentarse por un breve tiempo como un otro.
            Las funciones de coordinación y gestión que detentaba el capital devienen ahora superfluas, incluso parasitarias, apareciendo simplemente como otra forma de control despótico frente a una cooperación del trabajo que se disemina más allá de las paredes de la fábrica y adquiere la capacidad organizarse autónomamente. Lo común en este contexto guarda una relación directa con el conocimiento y comunicación como fuerzas organizadoras del proceso de cooperación productiva, cuya consecuencia más notable es que capital ya no organice ni controle de manera directa proceso de producción. Esto no significa que el trabajador se haya liberado del capital, en verdad las prácticas de explotación por parte de este último ahora toman formas aún más arbitrarias y despóticas. Sobre las nuevas bases cooperativas y cognitivas de lo común, se levantan nuevos procesos de acumulación cuyo objetivo es separar a los trabajadores de sus nuevos medios de producción y sus condiciones de trabajo con la misma violencia que tuvo la acumulación originaria, incluso reviviendo formas de apropiación de la riqueza que fueron propios de los modos de producción pre-capitalistas. Así es como hoy la explotación del trabajo y la acumulación de excedente ya no deben ser definidas en términos de la ganancia sino de la renta. Mientras que la ganancia se obtiene por medio la intervención/inversión directa de capitales en el proceso de producción, la renta es una modalidad de extracción de excedentes que se presenta en la forma de un título de crédito o propiedad sobre recursos materiales e inmateriales que permite controlar una parte del valor de éstos desde una posición de exterioridad respecto  a la producción. Transnacionales como McDonald, Nike, Levi-Strauss y GAP en otras, por ejemplo, enfocan sus planes estratégicos en la gestión de la marca, marketing y diseño, externalizando  muchas de sus funciones productivas por medio de franquicias o empresas subcontratistas que están realmente a cargo de la inversión de capitales así como de organizar y coordinar la producción final de la mercancía.  Aquí la ganancia deviene renta precisamente porque lo ingresos que las transnacionales obtienen de todo este proceso no proviene directamente de la participación en la producción sino del cobro por el derecho a usar la marca.
            La creciente centralidad de la renta se hace palpable con la hegemonía que ejerce el sector financiero sobre todo el ciclo económico, expansión que hace cada vez más difícil hacer la distinción entre la economía virtual y la economía real. Si bien  el capital financiero siempre tuvo un lugar importantísimo en el capitalismo del Siglo XX, este representaba sólo un momento del ciclo de movimiento del capital asociado con la circulación. Sin embargo, con la expansión de los múltiples dispositivos del crédito y de prestación previsional, las finanzas comienzan a colonizar todos los procesos de producción y reproducción de la cotidianidad de los sujetos, convirtiéndose en un pilar consustancial a la producción de bienes y servicios. Tanto el acceso a la educación, la vivienda, el vestuario, la entretención como un simple viaje semanal al supermercado, están dominados por los mecanismos crediticios impulsados por el sector financiero. Ni hablar del rol que han tenido los fondos de pensión y salud en la expansión del proceso de financiarización en los últimos veinte años.
            Al desaparecer la distinción entre capital fijo y variable, los procesos de inversión de capitales se centran en mecanismos de captación de valores producidos fuera de los procesos relacionados directamente con la esfera de la producción. Dichos mecanismos están constituidos, “junto a las tecnologías de información y comunicación (TIC), por un conjunto de sistemas organizativos inmateriales que extraen plusvalor siguiendo a los trabajadores en cada momento de su vida, con la consecuencia que la jornada laboral, el tiempo de trabajo vivo, se alarga y se intensifica” creando las bases para un extracción del valor que se amplía a la reproducción y distribución.
            El capital se ve forzado a incorporar métodos de control y gobernanza extra-económicos que limiten la autonomía social generada por la nueva producción de lo común. Por medio de la expansión y fortalecimiento de los derechos de propiedad intelectual a nivel global, las corporaciones del conocimiento – desde la universidad neo-liberal hasta la compañía de biotecnología- aspiran a la instauración de barreras que limiten los principios de gratuidad, reciprocidad, productividad y auto-valorización en red involucrados en el uso cooperativo del conocimiento y las nuevas tecnologías. Hoy todos los gobiernos que contraen entre sí acuerdos bi o multilaterales se ven en la obligación de controlar y a veces reprimir todas las formas de reproducción digital y electrónica que atenten contra el derecho de propiedad intelectual. Esto significa la supresión de todo tipo de piratería, restricciones al uso compartido de la fotocopia, limitaciones en el uso del software y material audiovisual en las instituciones educativas, control del material de sitios web, entre otras medidas. Los intentos de controlas la Internet por medio de formas privatización que restringen el acceso al uso mercantil de lo común demuestra como las relaciones capitalistas se interponen en el desarrollo de las fuerzas productivas que emergen a partir de las nuevas subjetividades. Ningún tipo de información y conocimiento puede ser usado o reproducido autónomamente del capital sin el pago de la patente correspondiente a la empresa que controla los derechos de propiedad intelectual, lo cual implica la imposición de una forma de renta que se asemeja a la renta de la tierra. A si como el antiguo terrateniente feudal tenía el derecho de cobrar un tributo a los campesinos por trabajar sus tierras, la empresa rentista cobra su propio arriendo por acceder al uso productivo de la información y la comunicación en red sin participar nunca como agente productivo en la reproducción de la misma. El nuevo trabajador no sólo tiene que pagar por acceder a las herramientas tecnológicas, sino que forma una fuerza de trabajo gratuita al reproducir los procesos cooperación en red sin costos para empresa que los controla.

Desenlaces
            Estamos sin duda ante un complejo proceso de transito al interior del capitalismo. El conocimiento y los procesos autónomos de reciprocidad comunicativa que lo distribuyen, son las nuevas formas que adquiere lo común como resultado y punto de arranque del desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo posindustrial. Como  enjambre subjetivo de nuevas formas de auto-organización y cooperación productiva, dicha transición tienen  profundas implicancias políticas en lo que se refiere a la posibilidad del comunismo que fracture radicalmente la relación capitalista desde su interior. Ciertamente tal quiebre no ocurrirá de manera espontánea, sin una organización que mapeé la  multiplicidad de los puntos de fuga en los que devienen las nuevas subjetividades. Parece ser que el devenir cognitivo del capitalismo nos hace plantearnos más problemáticas de investigación y experimentación política que soluciones talladas en piedras. ¿Será el trabajador cognitivo –el cognitariado- el nuevo sujeto emancipatorio? ¿Qué sucederá políticamente con el viejo trabajador asalariado que se ha sumado sólo parcialmente a las mutaciones económicas antes descritas? ¿Y qué ocurre con los sectores más empobrecidos y subalternos de la sociedad, aquellos que han sido completamente marginados del mercado laboral y privados de la posibilidad de la comunicación? ¿No tienen ellos una producción propia de lo común que merece nuestra atención política? ¿No será que los sectores intelectuales, manuales y marginales del proletariado aún permanecen enfrascados en mutuo desprecio identitario que no les permite acceder el espacio universal del acto comunista necesario para liberar a las fuerzas productivas de lo común de las propias barreras que el capital les impone? Mientras tanto tenemos las certezas que el comunismo seguirá debiendo su poder al carácter espectral de su amenaza figurando, como diría Lacan, “lo real fantasmagórico” de la relación capitalista: el movimiento de cooperación y reciprocidad  de lo común que procura la base ontológica, el movimiento del ser, desde donde el capital usurpa el poder productivo del trabajo humano, pero que persiste como otredad radical discursivamente censurada y repudiada. Lo paradójico de esta situación, sin embargo, es que en la medida el comunismo exprese una esfera de otredad marginalizada y reprimida por el orden simbólico y económico del capitalismo, el exceso creativo y subversivo que siempre compone hará perdurar las oportunidades y posibilidades para derrocar al capitalismo. El acto genuinamente comunista entonces, es aquel que libera las esferas virtuales y reales de autonomía y cooperación en común existentes dentro del capitalismo, de la trampa capitalista misma. Deleuze y Guattari quizá nos ofrezcan un modelo de cómo esto se debiera hacer cuando nos aconsejan a asociarnos a una relación, a experimentar con las oportunidades que ella ofrece, mapeando meticulosamente los potenciales movimientos de fuga que tenga y produciendo las conexiones operativas entre los diferentes flujos de intensidad que emerjan, cuestionando y redefiniendo las coordenadas de lo que es percibido como políticamente posible de acuerdo a los parámetros del orden simbólico. Aquí el verdadero acto comunista es el que expresa su devoción incondicional a la ética de lo imposible como única opción política realista.  



Megaminería, Bienes comunes y Kirchnerismo

César Altamira
(Argentina)

1-Capitalismo cognitivo.
Las últimas luchas latinoamericanas no sólo han sido protagonizadas por nuevos actores sociales -indígenas, campesinos y precarios e informales urbanos- reemplazando a los obreros industriales, sino que han adoptado modalidades y comportamientos diferentes a los desempeñados por el viejo movimiento obrero. En el marco de un proceso de modificación de los espacios de lucha (de la fábrica a la ciudad o metrópoli), los movimientos han sido capaces de construir registros políticos consistentes en establecer economías para producir parte de los valores de uso que necesitan. Incluimos en esta perspectiva no sólo las fábricas recuperadas y los talleres productivos de alimentos, sino también la producción de servicios vinculados a la salud, la educación, la cultura, el ocio, y una infinidad de iniciativas colectivas. Espacios de producción y reproducción de la vida cotidiana que han ganado centralidad como nunca antes. Son iniciativas surgidas al calor de los últimos ciclos de lucha que persisten tozudamente arraigadas en territorios de pobreza, en espacios que resisten el despojo. Pero, ¿qué tipo de construcción social es ésta? ¿Son  anticipaciones alternativas y resistentes al capitalismo de nuevo tipo, intentos de construcción de un común por parte de las comunidades indígenas, de las vecindades, de las poblaciones asentadas en los barrios y periferias de las grandes ciudades, de los movimientos de ciudadanos que resisten las políticas de privatización de los recursos naturales? Las últimas luchas en Argentina han sido espejo de las luchas latinoamericanas. Múltiples figuras, diversas entre sí, estudiantes, inmigrantes, precarios y  pobres, campesinos indígenas y trabajadores informales tercerizados fueron actores de la resistencia en las últimas semanas de noviembre y diciembre de 2010. Ocupaciones de tierra  en Capital Federal, -Parque Indoamericano, Barracas, Retiro, Villa Lugano, Quilmes-, invasiones de tierra por poblaciones del Norte argentino en Jujuy y Salta en 2011. Y últimamente las variadas resistencias de pueblos y ciudades del interior del país, ante el avance de la mega minería. Uso de códigos y jergas a veces incomprensibles, intraducibles, propios muchas veces de una cotidianeidad precaria y acostumbrados a la represión y a la muerte. Luchas biopolíticas ante una precariedad ontológica. Luchas por la defensa y búsqueda de calidad de vida y por la gestión comunitaria de los recursos naturales. ¿No son éstos, intentos de construcción de un común en los márgenes precarios de la vida sugiriendo y proponiendo nuevas conceptualizaciones?

En el  capitalismo cognitivo la producción de valor se funda en la producción material e inmaterial, con insumos muchas veces intangibles, difícilmente mensurables y cuantificables que dependen directamente del uso que se haga de las facultades relacionales, emocionales y cerebrales de los seres humanos. La actividad  productiva se realiza en red, asentada en el desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación lingüística y de la información, con estructuras jerárquicas ahora extendidas en el territorio, asociadas a subcontrataciones fundadas en relaciones de cooperación y comando. Una división del trabajo cognitiva, basada en la utilización y acceso diferenciado  a formas de conocimientos diversas, una alta movilidad del trabajo, en la que predominan la contratación individual, fragmentada  y fuertemente precarizada que constituye la base de la nueva relación capital trabajo. En este capitalismo de nuevo tipo el proceso central de  valorización del capital se juega en la expropiación del común y en intentos por transformar el conocimiento en una mercadería ficticia. Se trata de un concepto fundante que da cuenta de las transformaciones, tensiones y antagonismos que modelan y alcanzan nuestro presente. La clave para entender la producción económica hoy es lo común, ya como fuerza productiva, ya como la forma en que se produce la riqueza.
El concepto de común remite al resultado de la producción  social, esto es ideas, conocimiento, imágenes y afectos. La producción biopolítica, ya que es la vida la que es puesta a trabajar ahora,  abre las puertas a una ontología asociada al común. Por lo que el marco central de la lucha política en el capitalismo cognitivo será el llamado a la subjetividad, el de la generación y potencialidad, como poder constituyente, de los múltiples productores diseminados.

Nos encontramos frente a una nueva composición del trabajo, en proceso de formación, que reacciona frente al comando del capital. Son bioluchas que se desarrollan en el terreno de la bioproducción combinando cultura y naturaleza, tiempo de vida y tiempo de trabajo. Se trata de un nuevo ciclo de luchas cualitativamente diferente a los ciclos de luchas obreras anteriores. Caracterizado ahora por una instancia democrática que los subtiende, por demandas de organización de base, de coordinación transversal de la acción reivindicativa política, como expresión radical de una igualdad reconocida. Si las viejas luchas obreras contenían la ambigüedad de una relación dialéctica con el capital y con las reglas de la organización capitalista del trabajo, desarrollándose al interior y contra el modo de producción, donde la autonomía de clase se formaba a partir de antinomias siempre presentes y no resueltas entre la instancia del poder y la comprensión de las necesidades del desarrollo, hoy esa dialéctica se ha roto. Las luchas se sitúan por fuera del modo de producción y contra él. La autonomía es ahora un presupuesto, no un fin. Cada una de esas luchas expresa un poder constituyente que se desarrolla como condición misma de la lucha a partir del interés económico inmediato hacia un proyecto de sociedad. Las características transversales de los ciclos de lucha presentes y su desarrollo fluctúan entre momentos de agudos conflictos y otros de largos procesos de sedimentación ontológica de los resultados organizativos alcanzados.  En épocas de hegemonía del trabajo inmaterial es posible comprender empíricamente cómo los procesos sociales, sea que se trate de construcción de respuesta o de alternativa, no se encuentran ya ceñidos a los antagonismos entre patrones y obreros, sino más bien a procesos de constitución de subjetividades, a alternativas de organización independiente de los trabajadores, donde la identificación de los antagonismos parece estar referenciada más en la identificación de los movimientos y en el significado y  contenido de los nuevos poderes constituyentes. 

Estas singularidades que resisten incorporan la producción de subjetividad como invención de sí, sujeto que resiste en las propias mallas del poder (Foucault) Si el producto de esta resistencia es el común, no puede pensarse el común como un a-priori, como una condición de posibilidad de la acción política, sino más bien como el resultado de esa acción, diferente a las diferencias que lo han construido.

Estos movimientos en lucha, tercerizados precarios, estudiantes secundarios, okupas urbanos en la búsqueda de terrenos para su vivienda, ciudadanos ambientalistas, se construyen de conjunto, aunque en algunos casos diferidos en el tiempo, sin alcanzar a unificarse, bajo consignas y reivindicaciones comunes tras el reclamo del derecho incondicional a una vida cultural, política y socialmente digna, a una ciudadanía digna, a una vida sin contaminación acorde al "buen vivir". A partir de estas luchas es posible pensar la recomposición de clase y la organización del común como conceptos potentes. La práctica de estos sujetos, no idénticos, diversos, no busca participación política tradicional a la sombra de alguna representación aglutinante  o de la voluntad general. La propuesta de estos movimientos sociales y políticos no es la de tomar el poder y comenzar un proceso de transformaciones que conduzca al “desarrollo”, sino la socialización de prácticas vitales distintas a las promovidas por la modernidad.

Bien podemos decir que el común, como tal, es la respuesta a la mirada hobessiana paranoica. El placer que significa compartir físicamente espacios e ideales, no puede ser de ninguna manera despreciado como motor de una transformación virtuosa de la convivencia. Es necesario extremar su potenciación y con ello su participación democrática, aunque no resulte fácil dar cuenta del común que sustenta diferencia. Sin embargo nuestro objetivo en estas líneas no es abordar el común como organización, ni tampoco como espacio de cooperación, principal fuente de explotación por el capital, sino más bien, el de plantear algunos aspectos que se relacionen con el común como los recursos naturales y su tratamiento en la nueva era cognitiva. 

Los llamados bienes comunes han ido modificando su composición y estructura con el desarrollo del capitalismo. A los bienes ligados a la sobrevivencia y al consumo primario -aire, agua, bosques vestimenta, sociabilidad, vivienda-, vinculados directamente al accionar humano, se han agregado nuevos bienes comunes que hoy se encuentran en las raíces, no tanto de la subsistencia y del consumo  de base, sino más bien del propio proceso de producción y acumulación. Pertenecen a estos en primer lugar el territorio metropolitano, geográfico y virtual, y, consecuentemente, su ambiente ligado al lenguaje y al conocimiento.   

Los movimientos sociales, los habitantes de aquellas localidades afectadas por lo que consideran un mal uso de los recursos naturales, como el caso de los recursos acuíferos, han enfrentado y resistido su desigual captación, a pesar de su abundancia, en defensa de la vida, con estrategias que han trascendido el marco local, para ingresar de lleno en el cuestionamiento de pautas incorporadas en la globalización capitalista, promoviendo políticamente su equitativa distribución.

2-Bienes comunes y recursos naturales.

Se puede afirmar que la modernidad nació asociada a la violenta mercantilización de los bienes comunes, en especial de la tierra,- Gaia  o pachamama-, con la ejecución de los cercamientos (enclosures) ingleses y la conquista de los territorios. A partir de ese momento la cultura política de la Ilustración eliminará los bienes comunes como categoría jurídica- política confinando su reconocimiento a la época premoderna y medioeval. En ese contexto, el común se despegará de toda vinculación con lo público y lo privado. Los enclosures ingleses así como la marca alemana y toda otra variante de propiedad común serán considerados residuos anacrónicos, propios de tiempos pretéritos.  Resulta importante recordar cómo fue que se formaron, en el curso de la modernidad, las hoy dominantes categorías de lo público y lo privado. Ambas fueron elaboradas a partir  del concepto del trabajo desarrollado por el individuo. La definición de privado en Locke deriva de la apropiación individual a partir del trabajo realizado por el individuo, y su forma jurídica consolidada resultará ser la propiedad privada. Por su parte, el concepto de público se constituye alienando lo propio siguiendo paradójicamente un curso similar. La propiedad pública surgirá, en clave rouseauniana, como necesidad de concebir un sistema político capaz de contrarrestar las desigualdades generadas por la propiedad privada. La propiedad pública nace así como propiedad que no pertenece a nadie y que, por lo tanto, pertenece a todos. Dicho de otra manera, pertenece al estado. Si la propiedad privada puede ser vista como la apropiación del común por un individuo, la propiedad pública deberá ser vista como la propiedad común en manos del estado, como el control del estado sobre el común; verdadera confiscación y creación, por lo tanto, de una nueva alienación. Lo público, como forma de propiedad, no deja de identificarse con lo privado como propiedad y, por tanto, con las formas más profundas y tradicionales de la ideología liberal. El concepto de común se contrapone precisamente al concepto de privado, así como a esa paradójica subsunción de lo privado en la llamada propiedad pública. El concepto de común se basa en un dispositivo de gestión democrática radical de todo aquello que constituye el tejido de la actividad social. Es decir, gestión de actos  recíprocos  entre los individuos, de la cooperación de las singularidades y de la libertad de los productores. El común, en ese sentido, debe ser entendido como la negación de lo propio, en la medida que solo la cooperación de las singularidades constituye lo social y que solo la gestión del común garantiza su renovación continua. En este abordaje el tradicional reformismo, que supone la reapropiación progresiva de la riqueza por los individuos aislados y/o los grupos a través de una continua mediación en las relaciones del capital, no tiene razón de ser.

A diferencia de la propiedad privada y de la propiedad pública, los bienes comunes no pueden concebirse como meros objetos tangibles del mundo externo, ni abordados siguiendo la lógica mecanicista y reduccionista propia del Iluminismo que separa el sujeto del objeto, el ser del tener. No pueden ser asociados a la idea moderna de mercancía, en la medida que existen sólo en cuanto representan e intervienen en acciones cualitativas. Así considerados, los bienes comunes son incompatibles con toda idea de concentración del poder, ya que su existencia se asocia a una comunidad de grupos sociales o individuos ligados en red, que privilegian modalidades de colaboración y participación vinculadas al interés del conjunto, excluyendo toda jerarquización asociada al poder particular existente en los integrantes del ecosistema. De esta manera, la gestión de los recursos naturales, (correspondería mejor calificarla como recursos de sobrevivencia) entendida como gestión del común, no puede formar parte de compromisos o negociación alguna, ni ser emprendida como una obligación ineluctable.

 Plantear, como lo hacen las Asambleas Ciudadanas, que el agua es un bien común significa entender su uso en términos opuestos a todo proceso de privatización y de explotación minera. Sin embargo, oponerse a la privatización no supone retornar a la gestión pública burocrática, autoritaria y corrupta. Reconocer un recurso como bien común implica igualmente rechazar que sean los aparatos estatales quienes los administren, ya que tanto la lógica privatista propia del individualismo posesivo, como la gestión estatal se encuentran ambas alineadas con un criterio tecnocrático y cuantitativo de la acumulación.

Se requiere avanzar en un camino que permita institucionalizar, como institución del común,  una gestión y gobierno participativo, cooperativo, capaz de incorporar, mediante nuevos instrumentos, originales comunidades de usuarios y trabajadores en esa perspectiva. Esto exige romper con aquel análisis rígido y reduccionista (propiedad privada vs propiedad pública) y con aquella práctica social vinculada a la concentración del poder propia de la estructura de la propiedad privada (mercado) y de la propiedad estatal (soberanía estatal).  En efecto, mientras las estructuras privadas concentran el poder de decisión y/o de exclusión en el sujeto propietario titular o en algún consejo administrador, las estructuras públicas agrupan el poder de exclusión o inclusión en el vértice de una jerarquía soberana asociada a la soberanía territorial y a su administración política. Los bienes comunes, el común, así abordados, expresan, por el contrario, un tipo de propiedad antagónica al par público-privado, estado-mercado. Si partimos de la necesidad de preservar cuanto se pueda y en las mejores condiciones los bienes comunes, en sustitución del proceso de acumulación motorizado por los beneficios, entonces, el dogma desarrollista explosionará rápidamente.

Vale aclarar que nuestro planteo está lejos de las ideas, sustentada por algunos ecologistas y ambientalistas, que proponen el "retorno a la naturaleza" en la medida que esta consigna, asentada en la domesticación integral de la naturaleza, resulta ser simétrica a aquella que promueve su explotación indiscriminada. Debemos ser capaces de crear y producir nuevos valores asentados en una fuerza organizativa apta para alcanzar un nuevo tipo de producción que trascienda el desarrollo capitalista.

Los bienes comunes son la base de una auténtica democracia participativa fundada en el empeño y la responsabilidad de cada uno para alcanzar los intereses de todos en el largo plazo. Significa la construcción de altas barreras a la entrada de toda privatización del agua, la tierra o los minerales, sin delegar o transferir su gestión a la estructura del estado o cualquier órgano delegativo fundado en la representación política.

Sólo sobre esta base será posible una revolución cultural que conjugue el común y lo configure como categoría política y jurídica. La propiedad privada individual y la soberanía territorial del estado descansan sobre la operación cartesiana de la modernidad que escinde el  sujeto del objeto, cuya contrapartida es la de un ser humano separado de la naturaleza, de la res extensa separada de la res cogitans. Luchar contra el capitalismo en la actualidad, exige construir y pergeñar otro rumbo diferente a la perspectiva industrialista, extractivista, urbana y monetarista que está dirigida a la acumulación y la obtención de ganancias. Algunas propuestas latinoamericanas, como aquella del "buen vivir", el ayllú, recogen precisamente esta perspectiva, promoviendo una alternativa al desarrollismo lanzado por los diferentes gobiernos progresistas latinoamericanos. Las juntas vecinales del Altiplano, de La Paz, que alcanzaron un rol clave en los procesos de lucha bolivana tienen la impronta del Ayllú como estructura de organización social. El Ayllú como centro de la cosmovisión aymara, donde el individuo es abordado como humano desprovisto de efectos personales jugó un rol central como bastión de prácticas no depredadoras, no consumistas; promoción de nuevos sentidos políticos y articulaciones de la diversidad de proyectos antisistémicos; espacio donde se funden la producción y la reproducción de la vida en un solo proceso con capacidad de autorregulación y de proyección en el futuro. La resistencia y cultura de los pueblos andinos se convierte así en un verdadero laboratorio político que proyecta la constitución del común.

Defendiendo la creación de una armonía social, los pueblos indígenas latinoamericanos han incluido elementos que transcienden la dimensión económica, como es la relación con la naturaleza, la solidaridad con los otros, la pertenencia comunitaria, la necesidad de encontrar espacios de participación para la formulación de nuevas políticas y promoción de los derechos humanos etc. El propósito de un auténtico desarrollo reside en la gradual y democrática construcción de aquellas condiciones materiales y espirituales que permiten alcanzar el alli káusai, o sea, el Buen Vivir. Esta noción ha estado invisibilizada por hombres y mujeres de “izquierda”, pensadores e intelectuales, que observan con desprecio dicha propuesta, mientras apoyan  “el gran salto” desarrollista que finalmente consolida la continuidad de las relaciones de producción y del modo de producción capitalista.  Esa intelectualidad acrítica no percibe que el desarrollo significa aumento de la explotación y acumulación del  capital, proceso que incorpora incrementos de las diferencias, de la violencia, de la depredación, de la jerarquización social. El Buen Vivir, como concepto plural y en construcción, fluye como debate teórico, aunque avanza también en las prácticas de los pueblos indígenas y de los movimientos sociales, así como en la construcción política, como en las nuevas constituciones de Bolivia y Ecuador. Más allá de la diversidad de posturas al interior del Buen Vivir, aparecen elementos unificadores que son clave, tales como el cuestionamiento al desarrollo entendido como progreso o el reclamo de otra relación con la Naturaleza. El Buen Vivir no es, entonces, un desarrollo alternativo más dentro de una larga lista de opciones, sino que se presenta como una alternativa a todas esas posturas.

Se sigue pues que el común no es sólo un recurso-objeto, curso de agua, bosque o glaciar-, sino también una categoría del ser, del respeto, de la inclusión y de la calidad. Es una categoría auténticamente relacional, hecha de la relación entre los individuos, comunidad, campesinos, indígenas  y ambiente. Es categoría ecológica cualitativa y no económica cuantitativa, entendida como propiedad y soberanía estatal. Lo que muchas veces se asocia con el estereotipo del “retroceso” al primitivismo, debe verse como un principio de asociación colectiva para organizar la vida, que no ha perdido vigencia, y que ha sido parte consustancial de la resistencia de los habitantes originarios del continente, en la que la igualdad, el cuidado del entorno vital y la sencillez han sido el rasgo característico.

El agua es un bien común porque se encuentra libre en la naturaleza, compartiendo  con el aire el  ámbito imprescindible y necesario que reclama el derecho a la vida. La reconstitución de cualquier orden ecológico exige como primer paso alcanzar la conciencia del valor del bien común.  Este paso exige superar la oposición estructural a la que estamos familiarizados: la lógica mecanicista y reduccionista de la modernidad propia de la propiedad privada y el estado y su reemplazo por una lógica funcionalista, holística, participativa y crítica del común. En este contexto la conciencia del bien común y la consiguiente transformación del sujeto no pueden ser producidas por el mercado sino que deben estar asentadas en una revolución en la motivación del propio sujeto. Distante de la lógica mercantilista que origina una motivación consumista alineada con la ideología dominante, el diálogo crítico y participativo de base promueve una transformación cualitativa mediada por la misma percepción del bien común. La generación de una conciencia crítica del tipo de la indicada con relación a los bienes comunes exige la construcción de una cultura crítica común que debe ser ejercida para promover una auténtica participación política de la ciudadanía.  La incompatibilidad entre el modelo de desarrollo dominante, la estructura jurídico política que lo sustenta y la sobrevivencia de vida en el planeta, cuestiona la compatibilidad entre la estabilidad moderna y la tutela del común, mientras vuelve imperioso y urgente el alcanzar una democracia participativa de la que los movimientos constituyan la experiencia elocuente más vital. Sólo ejerciendo una auténtica democracia participativa capaz de difundir el riesgo de superviviencia en el planeta podrá producirse un auténtico cambio.

Es posible entonces establecer  una relación entre la gestión del común y la producción del común en la medida que la producción del común puede ser abordada como el conjunto de prácticas sociales y procesos colectivos de subjetivación portadores de otra forma de comunidad política. Los movimientos sociales surgidos a la sombra de las luchas ambientales, en particular contra el desarrollo de la megaminería, disputando la reapropiación de los recursos naturales y de los mismos servicios urbanos como el servicio del agua, no pueden encuadrarse en normas y procesos de la governance del común, atados a compromisos entre actores locales, ya que se han concatenado en el devenir de la conflictividad por fuera de toda esfera institucional. Debemos en todo caso avanzar en el estudio y abordaje de la temporalidad propia y la singularidad que alcanzan estos movimientos contestatarios. Nuestra reflexión sobre la gestión del común no puede limitarse a la simple reivindicación de la nacionalización de los recursos naturales anclada en el mero cuestionamiento de lo privado y la consolidación del estado.  Las luchas de resistencia ambientales, las que desarrollan y promueven los pueblos mineros del interior, las que impulsan las Asambleas Ciudadanas, son todas luchas de resistencia biopolítica  que cuestionan el corazón mismo del modelo de desarrollo productivo kirchnerista, que se encuentra próximo a las viejas concepciones cepalinas: sustitución de importaciones, mercado interno y apropiación del estado de las rentas extraordinarias generadas por la explotación intensiva de los recursos naturales,- soja y megaminería-. Rentas que servirán ya para financiar obra pública, ya para pagos de deuda externa ya para la importación de los bienes necesarios para el "armado" de los bienes finales y su posterior exportación, en tiempos de globalización, como es el caso de la producción de automóviles.

3- Extractivismo, versión moderna del desarrollismo

El llamado extractivismo, que incluye la explotación minera y petrolera, tiene una larga historia en América Latina. Se caracteriza por la explotación de grandes volúmenes de recursos naturales que se exportan como commodities y dependen de economías de enclave, localizadas, como los campos petroleros o las minas, o bien ser espacialmente extendidas, como el monocultivo de soja. La importancia adquirida por el extractivismo ex­portador en estos últimos años en Sudamérica se debe a la alternativa elegida por los fondos de inversión y hedge funds inclinados ahora hacia las materias primas. Se potencian debido a los cambios producidos en el flujo de las inversiones extranjeras volcado ahora hacia los países menos desarrollados. Por lo demás el extractivismo profundiza las formas de desigualdad ya existentes a escala local, provincial y nacional mediante la expoliación económica, la devastación institucional, la destrucción de territorios y depredación de bienes naturales y la fragmentación y control social. Todos hechos incontestables de la realidad que vivimos y que remiten y actualizan la triste historia colonial del continente.

En efecto, el porcentaje de productos primarios sobre las exportaciones totales supera el 90% en Venezuela, Ecuador y Bolivia, y es más del 80% en Chile y Perú; en el Brasil de Lula creció hasta llegar al 60% (según datos de CEPAL). En este sesgo el papel clave lo juegan la minería, los hidrocarburos y los monocultivos de exportación.  Las exportaciones provenientes de mineras y canteras de los países del MERCOSUR ampliado (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay), pasó del orden de los 20.000 millones de dólares en 2004, a un pico de más de 58.000 millones en 2008 para bajar a cerca de 42.000 millones en 2009 (datos de CEPAL).  En Argentina, la profundización del modelo condujo a que en el período 2003-2006,  el número acumulado de proyectos mineros creciera por encima del 800%, y las inversiones acumuladas aumentaron un 490%, manteniéndose las ventajas para la inversión y las modestas regalías -del 3%, según la legislación promovida durante el neoliberalismo de Menem-. La normativa neoliberal vigente asegura estabilidad fiscal por treinta años, impidiendo modificar la carga tributaria en las explotaciones mineras, con deducibles muy generosos (hasta el 100% del monto invertido, incluyendo desde las obras de infraestructura hasta los gastos de comercialización, aún si éstos ocurrieran en otros países), exoneraciones de aranceles y tasas aduaneras y libre transferencia de sus ganancias, entre otros aspectos. Por si fuera poco, el cálculo del valor del mineral extraído lo realizan las propias empresas, y el Estado no lo fiscaliza adecuadamente (una situación que también se ha denunciado en Brasil), por lo que esas corporaciones terminan haciendo pagos casi voluntarios. Para el caso de la mina El Veladero, explotada por la Barrick Gold, el valor estimado del mineral extraído y procesado hasta el 2007 era del orden de los 12 mil millones de dólares, mientras que las regalías que recibirá el gobierno provincial donde se localiza el emprendimiento alcanzarán un total de 70 millones de dólares, pagados a lo largo de 20 años.

El extractivismo juega un papel importante en el nuevo modelo de acumulación: no sólo se observa una adhesión manifiesta de los gobiernos, sino que éstos pretenden profundizarlo y transformarlo en uno de los motores que asegure el crecimiento económico y el  sostenimiento financiero del Estado. Nos encontramos frente a una sobreexplotación  de los recursos naturales no renovables y a la expansión de la frontera hacia territorios considerados anteriormente improductivos. Por su magnitud, la megaminería a cielo abierto (open pit) que al utilizar técnicas de lixiviación o flotación con sustancias químicas contaminantes requiere enormes cantidades de agua y energía, tiende a desestructurar y reorientar la vida de las poblaciones, desplazando economías regionales preexistentes y “liberando” territorios que, de ahí en más, permanecen presos de la lógica económica del gran capital. Asistimos a profundas transformaciones de la ciudadanía, a la territorialización de los conflictos y a la violación de derechos ambientales y colectivos, amparados por una normativa nacional e internacional que incluyen también los derechos de los pueblos originarios. Para este extractivismo moderno los altos precios son una oportunidad que no se puede desaprovechar. Y, como este nuevo extractivismo contribuye a financiar los programas sociales, clave  para el calificativo de gobiernos progresistas, obtiene una legitimidad política insospechada. El “relato” oficial, que procura presentar al extractivismo como soporte de un modelo de crecimiento y generación de empleo, conforma una pieza clave en la búsqueda de apoyo y consenso social favorable que garantice su aplicación.

Por lo demás, ¿no estamos viviendo acaso un nueva acumulación originaria del capital, de la llamada acumulación primitiva de capital, entendida ésta, no como punto de partida de un proceso progresivo, lineal que iniciado desde condiciones primitivas evoluciona hacia mayores y crecientes estadios de desarrollo, sino más bien como circunstancia que posibilita la producción de las condiciones materiales de explotación de la fuerza de trabajo? “Actualidad del origen” dice Etienne Balibar, ante la persistente desposesión y explotación producida por el capital en tiempos de globalización. Actualidad del origen que reproduce la explotación del trabajo propio de la historia temprana del capital. El capitalismo construyó el proceso de acumulación originaria expropiando la propiedad común de las tierras comunales, los llamados enclosures,  lanzando al mercado laboral a todos aquellos que, de una forma u otra, se encontraban ligados a la tierra, gestando de esa manera los primeros proletarios. Los enclosures del pasado remiten al común de nuestros días, es decir a expropiación de la cooperación social, a la privatización del conocimiento a través de las patentes, a lala privatización de los recursos naturales, a la mercantilización de la producción y reproducción de la vida, a través de la privatización de la salud, de la educación, de la vivienda etc. En fin, el duro proceso de separación del trabajador de sus medios de producción y su expropiación. La cooperación determinada a nivel social se confunde con la tierra de los enclosures, y los derechos de propiedad deben ser concebidos en ese contexto como movimientos de los enclosures. En tiempos biopolíticos, propios de los nuevos procesos de valorización, ya no es la vida la que hace posible la producción, sino que ella es la materia prima de la producción;  es ella la que debe ser explotada, sometida, captada porque es ella la que vale. Ya no será posible distinguir entre vida individual y vida social, entre producción y formas de vida. La vida, como instrumento de trabajo, se confunde igualmente con las tierras comunales y su producción y reproducción debe ser mercantilizada. Procesos todos que exigen la segmentación y jerarquización de la fuerza de trabajo a través de las diferencias de raza y de género como una de las condiciones de existencia. En estos aspectos sustantivos está anclada la llamada “acumulación por desposesión”. Donde la política y la vida marchan de conjunto.
 
El extractivismo vigente configura la versión postmoderna sudamericana del desarrollismo. Asentado en la idea de un progreso lineal y en la inevitabilidad del capitalismo, el desarrollismo latinoamericano  recoge igualmente  la influencia de la corriente cepalina y del dependentismo clásico. Se presenta como un híbrido contemporáneo, resultante de las condiciones culturales y políticas propias de América del Sur al recoger las ideas eurocéntricas del progreso, arraigadas en la cultura latinoamericana dominante, asumiendo la influencia cepalina tras el impulso al incremento de las exportaciones y la captación de la inversión extranjera, y la influencia dependentista en el fortalecimiento del mercado interno. En este análisis, son las riquezas ecológicas las que posibili­tan fuertes expansiones económicas. Los llamados gobiernos progresistas de América Latina, al consolidar sus prácticas extractivis­tas,  son portadores de mitos que afianzan una inserción comercial subordinada de estos países en el mercado mundial. En efecto, las nuevas administraciones progresistas no han cuestionado la nueva arquitectura comercial;  por el contrario, varios de ellos la han acentuado, incluyendo reclamos de una mayor liberalización comercial global (donde los ejemplos más claros son Argentina y Brasil). Estos aspectos permiten afirmar que el moderno extractivismo es funcional a la globalización comercial – financiera manteniendo una inserción internacional de América del Sur fuertemente primarizada. En este devenir los gobiernos objetan toda protesta social que cuestione esta política, negándose a reconocer las causas de la protesta, minimizándola o acusando a sus líderes de encubrir otros intereses. En particular se combate a los grupos indígenas, campesinos y ciudadanos ambientalistas de las poblaciones afectadas  culpándolos de “impedir” el desarrollo y generar perjuicios para el conjunto del país.

Debemos reconocer sin embargo que la nueva izquierda latinoamericana, a pesar de ser heredera de estas ideas, ha remodelado este legado a partir de una hibridación de sus luchas políticas con la caída del Muro, con las demandas de los sectores populares y de los pueblos indígenas y con los efectos de las políticas neoliberales. La izquierda latinoamericana, fiel a su pasado desarrollista-cepalino, mantiene su apego a tres grandes mitos: el del progreso social, el de la dominación de la naturaleza sustentada en la separación hombre-naturaleza y el del nacionalismo estatal. El crecimiento económico basado en la explotación de los recursos naturales encuentra hoy su sostén oficial en el aporte financiero que el sector realiza al estado, costeando los programas sociales y permitiendo a los gobiernos del cono sur legitimarse políticamente al rodearse de un halo progresista. En efecto, a diferencia del periodo neoliberal, el estado disputa hoy la captación de excedentes con los grandes capitales, proyectando en esta disputa la ilusión de un desarrollo independiente asentado en la consolidación de una soberanía reforzada  por las nacionalizaciones por concretar.  Reaparece así, como en el período de entreguerras,  la ilusión de un nacionalismo que evoca, en tiempos de globalización e interdependencia, aquellos nacionalismos latinoamericanos que se propusieron de manera fallida alcanzar la independencia económica y el desarrollo nacional. Ideología nacionalista ligada a una lectura dependentista cuya ruptura (la de la dependencia) remite a la posibilidad y virtud de un crecimiento económico nacional y social autónomo, al que deben subordinarse el conjunto de las aspiraciones nacionales: de clase, género, étnico, cultural, democráticas etc. Hoy como ayer, nos repiten, el agente social y político de esa ruptura histórica es el estado y, eventualmente, aquellos aparatos paraestatales patrióticos, como el ejército y los partidos, únicas fuerzas capaces de quebrar la acción destructiva y condicionante del mercado global y la penetración extranjera apoyado en un “desarrollo hacia adentro”.

Superar esa política exige cuestionar la idea de progreso lineal,  y modificar simultáneamente las políticas sociales, pasando de un asistencialismo focalizado, condicionado a ciertas obligaciones del beneficiario que generan retribuciones en dinero, el workfare, como es el caso del Plan Argentina Trabaja (PAT), a otro universalista, sin exigencias de contraprestaciones. Exige también trascender la idea de la recreación de un nacionalismo progresista fuera de lugar y anacrónico en tiempos de globalización asentado en el crecimiento de un mercado interno y en un supuesto fortalecimiento del estado cuya soberanía está en crisis y con una capacidad de negociación a nivel global disminuida, posible solo de alcanzar algún grado de efectividad asociado a los bloques regionales. Más allá del relato oficialista,  que se obstina en afirmar las bondades de un crecimiento asentado en las indulgencias del mercado interno, lo cierto es que el pivote del crecimiento alcanzado en los últimos años  se encuentra antes bien en el mercado exterior que en los impulsos que hubiera podido generar el mercado interno.  

Por lo demás la dinámica de las luchas tiende a ampliar y radicalizar la plataforma reivindicativa a través de la incorporación de temas que cuestionan el modelo de desarrollo hegemónico así como la mercantilización de los bienes comunes. Y en este devenir la resistencia se articula con comunidades de vecinos, organizaciones ambientalistas, estudiantes y académicos universitarios. Toda una amalgama social heterogénea que plantea una disputa epistémica y política.   


3- Kirchenrismo y producción del común.

Algunas reflexiones sobre cómo el kirchenrismo obtura la producción del común.

1- La cooptación de los movimientos sociales por el kirchnerismo ha coartado la producción de un común político, derivando toda potencialidad de los movimientos a un activo apoyo acrítico al gobierno, muchas veces condicionado por los planes de ayuda social recibidos. Los movimientos terminan encorsetados en la producción y reproducción de una maquinaria institucional verticalista sin precedentes que atenta contra su propia existencia, mientras vacía y debilita todo proceso de autonomía política. La producción del común exige deconstituir cualquier subjetividad sumisa, domesticada o sometida, así como la constitución de subjetividades de resistencia y de emancipación abiertas a diversos posicionamientos propios de sujetos liberados individual y colectivamente.
2- La muletilla política repetida por el oficialismo de "modelo de acumulación con inclusión social" se ha convertido en ideología de estado justificando toda búsqueda de acumulación de poder institucional mientras ha oficiado de sostén al alumbramiento de espacios intelectuales devenidos en apoyatura intelectual acrítica del oficialismo, dominados más por una actividad y obsesión mediática, que por una práctica política "desde abajo".

3-Resulta claro que la criminalización de la protesta se ha convertido en una política represiva del gobierno nacional profundizada con la nueva Ley Antiterrorista, enviada por el ejecutivo y aprobada recientemente. En ese contexto asistimos a un desplazamiento en las listas electorales propuestas en las últimas elecciones de integrantes de los movimientos sociales, incluso de aquellos afines con el gobierno, cuyos espacios han sido ocupados por jóvenes leales e incondicionales, practicantes de un centralismo y subordinación al poder político que evoca más a la Guardia Republicana de Sadam Hussein que a la juventud movilizada y contestataria de los 70´s, a pesar de que su nombre evoca tiempos de rebeldía e insubordinación juvenil. Este fenómeno es paradigmático de la concepción kirchnerista de construcción de poder alejado de toda comunicación con los sectores productivos del abajo, indicativo también de la apuesta que hace a la constitución de una burocracia orgánica de estado, situando en los intersticios estatales institucionales su principal envite. Contingencias políticas de este tipo alejan la propuesta oficial a toda gestión y/o producción del común. Toda perspectiva de construcción del común desde los movimientos sociales exige reconfigurar sus capacidades de resistencia y convocatoria autogestionaria de los sujetos y subjetividades que los conforman, interpelantes de las instituciones, las leyes, los ordenamientos jurídicos, políticos y sociales así como de las limitaciones económicas impuestas por las realidades económicas concretas.
4-La política del gobierno con  relación a los movimientos ambientalistas se encuadra en esta perspectiva en la medida que toma distancia de toda idea que signifique adjudicar a los movimientos sociales locales cualquier intervención en la gestión de los recursos naturales, obturando la posibilidad que estos actores sociales avancen en una transformación subjetiva política promovida y gestada desde las luchas de resistencia contra el extractivismo. Por lo que lejos de promover la ampliación de cualquier influencia política de los movimientos sociales a nivel local, o provincial, clausura su influjo anteponiendo las políticas institucionales bien provinciales, bien nacionales. En ese momento termina ahogando toda influencia y contagio político de los movimientos convirtiéndolos en meros espectadores pasivos en la toma de decisiones. La ideología estatal, nacional y popular se presenta como una ideología esencialmente conservadora y retardataria alejada de toda perspectiva progresista a pesar de actos tales como los del matrimonio igualitario, la AUH y la inclusión de las amas de casa en las políticas de previsión social. En este sentido el gobierno está lejos de la construcción de un discurso político capaz de incluir al conjunto de los actores sociales en un proceso de transformación.
5- Con relación a la megaminería, el gobierno ni siquiera ha promovido formas jurídicas usuales, como las del derecho al agua, que se revelan como forma básica primaria de la defensa del común. En efecto, el gobierno no sólo ha dado la espalda a esa política, sino que paralelamente ha confrontado con dicha consigna jurídica, como fue el caso del veto a la ley de glaciares justificando el uso indiscriminado de un bien común, cada vez más escaso y necesario para la vida y reproducción de las poblaciones, como el agua. La utilización intensiva del agua en los mega emprendimientos  mineros ha llevado a los movimientos vecinales y ciudadanos que se oponen a este tipo de explotación a levantar como consigna "el agua vale más que el oro". En ese aspecto la política kirchnerista no se ha traducido en formas efectivas de organización para su gestión eficaz, ni tampoco derivado hacia el reconocimiento del uso común de los bienes y de los servicios, ni mucho menos fomentado la producción de subjetividad política orientada hacia tal fin. Por el contrario, en los últimos tiempos se desarrollaron conflictos entre las comunidades comunales y provinciales con los gobiernos provinciales y con el propio gobierno nacional que reclaman la propiedad de los recursos naturales donde habitan frente a la inescrupulosa explotación promovida por las empresas mineras.
6-Si bien en nuestro caso, no nos enfrentamos a intentos y búsquedas de retornos a formas de "vida originarias" (como es el caso de numerosas poblaciones andinas) respetuosas de la naturaleza, nos encontramos ante formas modernas de gestión de los recursos naturales ancladas en la continuidad de prácticas políticas pasadas como el desarrollismo, el clientelismo, el estatismo y la exclusión de la participación social. La producción del común tropieza con una política oficial que se limita a promover en el imaginario la simple inversión de las categorías coloniales y de su valor, inversión que no permite pensar más allá de las categorías coloniales, coexistiendo de esa manera con el mantenimiento práctico del capitalismo y sus políticas.  
7-Si partimos de la base que la paradoja del común reside en el difícil pasaje de la gestión del común a la producción de un común como verdadero regulador de una transformación política queda claro que la política kirchnerista no se plantea transferir el proceso de transformación social del estado a la comunidad política, sea a través de prácticas colectivas, sea mediante el impulso de procesos de subjetivación. Por el contrario, su perspectiva política e ideológica es la del reforzamiento del estado en todos sus frentes posibles de intervención social dejando de lado toda posibilidad, por mínima que ella fuera, de coparticipar la gestión con los movimientos. En esta perspectiva, ilusoriamente, el kirchnerismo alienta un discurso de reconstrucción del estado de bienestar, más allá de la persistencia y fortaleza de una salud privatizada, que goza de buena salud; de la permanencia de una lógica privatista en el sistema previsional, a pesar de su estatización; de la subsistencia de una política asistencialista focalizada, alejada de todo universalismo; de las limitaciones que  muestra la política de planes de vivienda social y de la obstinada negación a una informalidad y precariedad laboral que persiste obcecadamente a pesar de las tasas de crecimiento alcanzadas, demostrativa de que esa informalidad-precariedad ha venido para quedarse. Si el neoliberalismo arrojó al terreno del libre cambio los bienes primarios y de pública utilidad mediante su privatización, cualquier intento de construcción de un nuevo welfare, hoy adaptado a la construcción de un hipotético welfare del común debe incorporar como primera medida el libre acceso a los bienes comunes materiales.