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martes, 20 de noviembre de 2012

“Hay que abordar la manera en que los movimientos se piensan a sí mismos”


Entrevista a Michael Hardt & Toni Negri
Fabián Darío Mosquera
Diario El Telégrafo, Ecuador.

El trabajo de Negri aporta con nuevas nociones para la comprensión de la izquierda, el poder, el sistema de producción, el rol de los trabajadores y el accionar desde la movilización y la organización social” dice  el sitio web de  Flacso/Quito, en relación con la reciente  visita de Antonio Negri a la capital, para una conferencia. Se trata de uno de los pensadores europeos más citados de los últimos años -nacido en Padua en 1933, con preocupación  sobre todo por  Marx y Spinoza-, conocido  fuera de los espacios académicos especialmente a raíz de la publicación de  “Imperio” (2000), que se convirtió, no sin polémica de por medio, en un best seller, y al que siguieron “Multitud” y “Commonwealth”, para completar la trilogía  que trabajó  con su par norteamericano Michael Hardt (Washington D.C. 1960), filósofo político y profesor de la Duke University, quien hace años pasó algún tiempo en  Centroamérica vinculado con diversos proyectos sociales, y también estuvo de visita en Quito la semana pasada.  
En una espaciosa sala de la Universidad, sentados apaciblemente,  ambos aguardaban al mediodía del pasado miércoles el inicio del diálogo, que comenzó pasando  revista a una de las nociones fundamentales en  su  trabajo compartido, la de  “Multitud”. Recordábamos entonces   un evento histórico que contribuyó,  parcialmente, a configurarla:  la batalla de Seattle, en que  un amplísimo colectivo heterogéneo (campesinos, anarquistas, sindicalistas, universitarios...) hizo colapsar -el 30 de noviembre de 1999- una cumbre de la OMC.

Su idea de “Multitud”, al tratarse de “una multiplicidad de singularidades” en que se respeta “la diferencia en la unidad” y que genera una “hibridación virtuosa” (marcada por  las migraciones, las tecnologías de la comunicación, las diferencias socioculturales,  de género, etcétera) se desmarca de la categoría clásica de “masa” y la noción abstractizante de “pueblo”... Pero a estas alturas, y luego de los tantos comentarios que ha suscitado su teorización, ¿cuál es su postura sobre las potenciales formas de liderazgo y articulación para concretar el proyecto multitudinario de resistencia al capitalismo global (a ese “Imperio”, según han dicho, “sin centro y sin afuera”)? Recordando que la “Multitud”, según su perspectiva, plantea una operatividad sin liderazgos, cosa que ha recibido no pocas críticas...

MH: Debemos recordar que la inspiración para el desarrollo del concepto de “Multitud” no proviene solamente del movimiento antiglobalización de Seattle, sino, por ejemplo, de los movimientos latinoamericanos. Pensemos en el trabajo del grupo Comuna, en Bolivia, con su lectura de la guerra del gas y del agua, que sembraba una referencia de pluralidad en el sentido de formas diversas de trabajo, diferentes colectivos étnicos, etcétera. Está, también, desde luego, la referencia tutelar de Spinoza, pero lo que hicimos fue un abordaje a la naturaleza de varios movimientos recientes, en muchos lugares...
De cualquier manera, la pregunta es pertinente: hay que ver si los movimientos organizados en forma multitudinaria son capaces no solamente de una protesta, de una energía destituyente del poder actual, sino si se trata de una energía constituyente de otra forma social. Y ante eso, claro, podemos dar una respuesta teórica; pero lo más importante sería trabajar con los movimientos y ver qué están haciendo; suscitar un modo de acercarse no solo a sus prácticas sino a la manera en que ellos mismos se piensan, a la manera en que están teorizando.
Ahora, por otro lado, no veo el concepto de “Multitud” como alternativo al de clase, sino un modo de pensar la clase hoy; es decir, tomarla no como una realidad homogénea, sino reconocer su diversidad interna como factor relevante. De allí que la perspectiva de René Zavaleta nos llamara la atención en la medida en que, para él, en algún momento, fue una lástima que la sociedad boliviana fuera tan “abigarrada”, que planteara una forma multitudinaria de lucha, pues pensaba que hubiese resultado mejor una forma social homogénea que pudiera luchar como clase. El grupo Comuna invierte este “principio”, afirmando precisamente la lucha multitudinaria para una sociedad abigarrada.
Ocurre lo mismo con el concepto de pueblo: no hay oposición, si pensamos el pueblo desde la pluralidad. ¿Y de qué manera se puede luchar como un pueblo multitudinario, que reconozca la diferencia en su composición?... Mmm, quizás estamos hablando de una transformación bien radical del populismo...
En cuanto a la cuestión del liderazgo, pues va de la mano con una reconsideración profunda de la idea de democracia y de genuina participación... Insisto en que se debe observar la experiencia de los movimientos sin liderazgos visibles... Reflexionemos sobre 2011: las luchas en Túnez, Egipto, Grecia, España e incluso Estados Unidos experimentan esta   ausencia  de liderazgos centralizadores...

… Quisiera darle la vuelta a esa reflexión  desde la perspectiva de Rancière, quien plantea que obviamente la acción -dicho en marxista- es la que incide en la “situación inmediata” de las colectividades (menciona puntualmente una huelga de camioneros y una huelga de hambre de inmigrantes árabes en Francia), pues   así se sugieren los “otros mundos posibles de la política”, pero que esos mundos, esos relatos, solo pueden sostenerse, afianzarse, si pasan a través de lo que llama “la máquina de  las interpretaciones” en tanto “campo polémico”. ¿Cómo creen que está funcionando hoy esa máquina de interpretaciones, ese campo polémico? ¿Qué abordaje crítico -desde este punto de vista- resulta preciso para tratar aquellas irrupciones de supuesta resistencia antisistémica recientes (los Indignados, Yo soy 123, Occupy Wall Street, etcétera…)?

AN: Para dar una respuesta exhaustiva me parece que debemos remitirnos al momento de la crisis, que a partir de 2008 se vuelve general, y gira por supuesto  alrededor de la deuda. Se forma entonces una convención financiera y, por lo tanto, un acuerdo alrededor de los mercados, que impone evidentemente el pago a todos los países endeudados. Esta imposición capitalista incide sobre las formas de producción, abriendo también nuevas formas de explotación. Por ejemplo, es claro que en América Latina el dinero para pagar la deuda se encuentra en el extractivismo (agrario, minero y, sobre todo, petrolero, aunque este es el más antiguo).
Todo eso determina, además, modificaciones en la forma del Estado. Se cierra, en cierta medida, un período en el que los movimientos influían más visiblemente  en la agenda. En los países árabes, por citar el caso, se pone en juego una profundización de la colonialidad ya conocida... Pero en Europa el problema es mucho más sencillo: lo que está en juego es el Estado de Bienestar; se plantea que el Estado tiene que ser privatizado, y detrás de esto hay una verdadera patrimonialización  de dicho Estado y de los mercados. Los gobiernos se traducen, en este sentido, en puros trámites de los mercados... ¡Aquí los populismos y otras cosas se los dejamos a (Ernesto) Laclau!…
Es interesante entonces la referencia a Rancière, pues es claro que él entendió -en términos seguramente trascendentales- el paso “de la política a la policía”. Y es el momento en que los movimientos tratan de recuperar la política, en un proceso alrededor de los puntos críticos y fundamentales. Primero, lo económico: recuperar la naturaleza, la vida... Y en términos políticos, la restitución de una forma de democracia que se desmarque de las “versiones” actuales de representación,  absolutamente corruptas por el mercado.
... Pero cuando vemos que en Egipto se vuelve a un gobierno militar, que el movimiento madrileño es disperso, que el  mexicano poco pudo hacer frente a un monstruoso aparataje electoral, ¿cuál es el impasse -en términos de organización interna sobre todo- que no permite que la opción multitudinaria termine de cuajar y tenga la efectividad que debería?

AN: …¡La historia pues! La determinación en las relaciones de fuerza... estamos en una situación maquiavélica... ¡No entiendo tu estupor!
MH: … Mi respuesta apresurada -y quizás que no vale nada- es que hay que fortalecer la idea de una estrategia que se va construyendo, que está en proceso...

En ese sentido, entonces, de toda esta constelación de movimientos recientes, ¿cuál les parece el más interesante?

AN: Es indudable que el movimiento de los Indignados es tremendamente interesante. Los españoles están generando cosas valiosas -que se replican o tienen eco a nivel europeo, desde luego-; pensemos en la huelga del 4 de noviembre, y el hecho de que, como colectivo, el español posee el reconocimiento de la población. No se trata de un movimiento entre tantos, sino de uno que compone. Son llamativas, además, en España,  las formas no clásicas de institucionalización que asumió una colectividad que lucha por temas tan sensibles como el de las casas, las hipotecas y los desahucios (organizaciones barriales autónomas, marcadas por la cooperación). Se trata de la construcción de momentos alternativos en términos políticos, allí donde el gobierno de Rajoy golpea.
Creo también que el movimiento Occupy ha influido visiblemente en la agenda de la elección norteamericana...
MH: …Ha propiciado sobre todo un lenguaje acerca de la pobreza y la riqueza... Pero compartimos tu preocupación, y en nuestro último libro, “Declaración”, tocamos el tema: ¿cómo puede suscitarse un proceso constituyente desde dentro de los movimientos?... Claro, no dejamos de reconocer nunca que el camino recorrido por muchos de ellos es ya, de por sí, muy valioso, y que hay características puntuales que deben destacarse...
AN: …Pensemos, por ejemplo, en lo que pasa aquí, en Ecuador... tengo la impresión de que este llamado al Uno, a una suerte de discurso único o aglutinador, el énfasis sobre el Estado, el líder, esta sensación de que los movimientos no son prácticamente nada si no se acoplan a este Uno, todo esto funciona como una suerte de censura del discurso político en términos de movimientos... ¡El movimiento indígena, por citar un caso, es una cosa enorme sin necesidad de ese Uno del Poder, y esta pluralidad hay que entenderla!... Me parece ver aquí, a veces, desde el poder, una neutralización de los significados y los significantes.

Circunscribiendo, entonces, el análisis a América Latina, quisiera recordar que Michael Hardt expresó alguna vez que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional era una “gran máquina de producción de lenguaje” (algo de eso pudo ser incluso lo que molestó a Octavio Paz, quien se quejaba, desde una suerte de conservadurismo ilustrado, del carácter “performativo” del movimiento). ¿Qué tipo de lenguaje les parece que está generando ahora  la llamada “izquierda latinoamericana  en el poder”? ¿El chavismo, por ejemplo, para utilizar una referencia  al uso luego de un sonado proceso electoral?

AN: El lenguaje de Chávez es el viejo lenguaje de la izquierda latinoamericana. Creo que no se ha dado cuenta de que es apenas uno de los protagonistas de la modificación de la situación venezolana, y se ha quedado prisionero de su propio lenguaje. Es indudable que el discurso generado desde el kirchnerismo (el de Néstor) o desde Bolivia, es mucho más abierto... o el de Uruguay... por no hablar del discurso agudo, inteligente, del partido de Lula.
Es una paradoja, entonces, que el de Chávez se haya vuelto una suerte de discurso del transformismo, en la medida en que si consideramos aquel panorama donde  la agenda política no está ya marcada  por los movimientos sino por un eje que vertebra desde mercados hasta gobiernos, el lenguaje de Chávez termina por hacerle el juego a esta circunstancia, pues se trata, el suyo, de un proyecto político que surgió para  afianzarse y tomar forma abiertamente desde las bases, desde abajo, y terminó cerrado, determinado desde arriba, desde la élite de dicho proyecto...
MH: …Se debe considerar que hace diez años las luchas y movimientos latinoamericanos inventaban un nuevo lenguaje para la izquierda mundial. Hablo del anti- neoliberalismo, luego, de la Marcha de Mar del Plata. Creo que hay una diferencia entre la invención de un lenguaje de los movimientos hace diez años y la cosificación, o mejor dicho, la “esclerosis” de ese mismo lenguaje hoy.

En su libro “Commonwealth” la noción de lo “Común” constituye una  “crítica de fondo al concepto mismo de propiedad”; ¿podrían ampliar esta idea? ¿Dónde encuentran, de manera concreta,  la “encarnación” de esa forma de comunidad?

AN: Sabemos que ya desde viejos códigos, tanto orientales como occidentales, la propiedad está dividida entre pública y privada. En cada caso lo que cambia es la titularidad. En las sociedades liberales capitalistas la propiedad pública es funcional a la privada; y en los regímenes socialistas, pues al contrario. Lo Común entonces es un concepto diverso... En el Derecho Romano, por ejemplo, existe como posibilidad de acceso universal, de uso libre que se somete no a un principio de propiedad sino de administración.
Hoy, la producción, en el régimen del capitalismo cognitivo y de la fuerza de trabajo cognitiva, se vuelve cada vez más común. Basta pensar en las condiciones de producción de lenguajes que son inevitablemente comunes (pues de lo contrario no serían lenguajes). Hablo, obviamente, de códigos y valores comunicativos. Si quieres verlo de otra manera, hoy, por ejemplo, la propiedad privada está sujeta a una lógica de los servicios. Si para poseer debo a su vez ser poseído por el servicio de agua, de luz, de sanidad, el mismo concepto de posesión se va vaciando en una sociedad donde la producción se vuelve cada vez más común...
MH:  …Pero hay otras fuentes, más allá de la ley romana. Por mencionar una: el comunismo andino de Mariátegui. Recordemos que en “Los siete ensayos” habla del libre acceso a la tierra, de la tierra como un espacio sujeto a la administración de la comunidad. Entonces, resulta interesante cotejar todas las fuentes y nociones de lo Común... Pero es una referencia que toma fuerza en relación, sobre todo, con el capital inmaterial que vemos cada vez más a menudo circulando: códices, lenguaje, ideas...

Valores simbólicos, “afectivos”... Señor Hardt, usted ha dicho que es necesario reincorporar el término “amor” en el vocabulario político. Ha expresado que el amor se redujo al espectro íntimo y cualquier mención sobre él en relación con la cosa pública parece restarle seriedad al debate político. Mencionó, sin embargo, momentos históricos en que el amor tuvo una connotación política:  San Pablo y sus cartas, por ejemplo. Creo que resulta inevitable la mención de otro momento: la contracultura sesentera (XX) sobre todo norteamericana, y europea en segunda instancia. Muchos, de todas formas, optan apenas por hablar socarronamente de Lennon cantando “All you need is love” o ver apenas puerilidad en Mayo del 68, ¿pero no hay cosas que sacar en limpio de la experiencia de mediados del siglo pasado -desde la noción de comunidad, la resistencia estudiantil o incluso las indagaciones estéticas- para efectos de la agenda antisistémica actual? ¿Se miran a sí mismos de esa manera, históricamente, los movimientos norteamericanos?

MH: Bueno, hay muchos ejemplos, distintos entre ellos. Debemos recordar, por citar uno, que  Martin Luther King hablaba, ya en los primeros años de la década del sesenta, de crear una “Beloved Comunity”. Pero creo que sería más preciso pensar hoy, de manera puntual,  en la carta del “Che” -¿del 63?- sobre el nuevo hombre en el socialismo, en la que dice que todo revolucionario verdadero debe basarse en un sentimiento de amor, tomando en cuenta básicamente  dos vertientes: amor al pueblo -como base de todas las acciones revolucionarias-, pero también haciendo énfasis en un amor que fue difícil para los revolucionarios, un amor íntimo, para la familia, para los hijos... Y creo que es importante restituir en nuestro vocabulario de lucha reivindicativa  una idea del amor como vínculo de la acción política, más allá del sentimentalismo con el que se lo ha contaminado... que es un sentimentalismo que no tiene el “Che”, desde luego, ni Spinoza...
AN: ... Recordemos que la última parte de la “Ética” de Spinoza está dedicada al amor intelectual como clave que recompone la singularidad en la multitud. Diego Tatian es un profesor cordobés que en Argentina ha trabajado mucho, desde hace ya algún tiempo,   el concepto del amor intelectual como el coágulo pacífico en el seno de la multitud.

...  Pero el “Che”  también habló del odio “como factor de lucha”.   Hoy, pocas tentativas de reivindicación que han optado por la lucha armada cuentan con legitimidad moral (pienso en las guerrillas colombianas); sin embargo, por otro lado podemos volver a Schmitt cuando plantea que la  política implica un punto antagónico de confrontación, de fricción, casi insalvable -cuando de una verdadera transformación se trata-. Hace ya bastante tiempo, en entrevista con este diario, Gianni Vattimo comentaba  que los gobiernos de varios países europeos habían redireccionado su presupuesto de “seguridad”, ya no priorizando la compra de gran armamento militar sino herramientas policiales antidisturbios y demás, como sabiendo que la confrontación que se venía no sería con algún país vecino sino con colectivos ciudadanos internos… Hemos hablado del amor como término político importante, pero ¿qué tipo de atención hay que prestarle, desde esa óptica, a la violencia? ¿Se puede? ¿Se debe?

AN: ¡¿Por qué tenemos nosotros que dar una respuesta a eso?! ¡Son los movimientos los que dan la respuesta!... Nosotros somos apenas portavoces, y ni siquiera esto… ¡Si algún aspecto de los movimientos les molesta, pues tienen que hablar con ellos!
MH: Ah… es, sin duda, un tema difícil; pero podría decir en primera instancia, y en términos abstractos, teóricos, que no considero el amor y el odio como opuestos, y ciertamente tampoco el amor y la violencia…  El amor está atravesado de violencias, de rupturas, y la respuesta a esta cuestión debe surgir de la práctica... Esto quiere decir que los movimientos tienen que repensar cuáles son las fuerzas disponibles y adecuadas en términos de los usos de la violencia…
AN: El cuestionamiento no es sobre la violencia, sino sobre su legitimidad. Todo el discurso ha girado siempre sobre ese aspecto, considerando que el Estado se arroga el monopolio de la violencia. No se trata de “calificar” la violencia a secas, sino la necesidad de ella. Para calificarla a secas (más, menos intensa, etcétera)  tienes como catálogo todo el infierno dantesco.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Izquierda libertaria y “gobiernos populares”: varios puentes, no pocos precipicios


Pensando en Argentina, Bolivia, Ecuador y Venezuela

Pablo Stefanoni (Ar)

La cantidad de adjetivos disponibles para caracterizar a los gobiernos latinoamericanos que se proponen dejar atrás el neoliberalismo (progresistas, de izquierda, nacionalistas e incluso posneoliberales -¡dos prefijos seguidos!-) dan cuenta, en sí mismos, de una dificultad para englobar en un solo bloque a un conjunto de experiencias disímiles, y producto de trayectorias, coyunturas y culturas políticas muy diferentes entre sí pero que están atravesados por una cierta solidaridad ideológica [1] . Con todo, el clivaje izquierda/derecha siempre fue complicado en el llamado “tercer mundo”, donde el antagonismo nación/imperialismo contribuyó a desestabilizar -y a menudo a marginalizar- las visiones clasistas tout court y a definir senderos en los cuales las izquierdas exitosas fueron a menudo “izquierdas nacionalistas”.
Como ha señalado la sovietóloga Sheila Fitzpatrick, en gran medida la vertiente desarrollista del marxismo (para alcanzar a los países desarrollados se pensaba como requisito abandonar el capitalismo) predominó sobre su vertiente emancipatoria [2] . En efecto, si los “soviets” como forma de democracia popular semidirecta cayeron rápidamente en desgracia, la “electrificación” -como metonimia de proyectos industrialistas a menudo desmesurados- sigue vigente en gran medida hasta hoy.
Obviamente, el vínculo izquierda-desarrollismo-antiimperialismo determinó un sendero en el que claramente Lenin se impuso a Marx, y la geopolítica sobredeterminó -y ahogó- otras perspectivas más libertarias y emancipatorias, que quedaron a menudo como expresiones de “debilidad pequeño burguesa” frente a los grandes combates en la guerra entre el campo socialista y el campo capitalista.
Simplificando a “tipos ideales”, en América Latina un sector de la izquierda defendió el matrimonio con el nacionalismo (populista) -la “izquierda nacional” fue la expresión más clara al respecto- como una posible vía hacia el poscapitalismo a través de la profundización de las reformas nacional-populares (reforzamiento del Estado, nacionalización progresiva de la economía, integración latinoamericana, etc.) en tanto que una vertiente más “socialdemócrata” o marxista “revolucionaria” consideró que el populismo no abría sino cerraba la vía hacia el socialismo. Los primeros en virtud del carácter estadocentríco y antipluralista (organicista) del populismo, y los segundos porque -finalmente- los regímenes “populistas” eran expresión de una burguesía nacional que sólo quería avanzar limitadamente en la movilización de las masas y acotarla a una serie limitada -y ambivalente- de reformas que incluían mayores derechos junto con elevados niveles de regimentación estatal. Como es sabido, los partidos comunistas se posicionaron de manera ciclotímica en estas discusiones, según los lineamientos internacionales decididos en Moscú, pasando de caracterizar a los gobiernos nacional-populares de los años 40 como “nazifascistas” (por ejemplo en Argentina con Juan D. Perón y en Bolivia con Gualberto Villarroel) a considerar al peronismo, por ejemplo, como un aliado en la lucha por la liberación nacional y social [3] .
Tras esta breve introducción quizás vale la pena preguntarse, ¿cuánto de estas tensiones perviven hoy en la relación entre lo que podríamos denominar genéricamente una ideología de izquierda y los gobiernos del bloque del cambio realmente existentes en su vertiente nacional-popular?, ¿es posible seguir leyendo la realidad en términos de izquierda y derecha?
Una primera constatación del actual proceso de cambio a escala sudamericana después de la hegemonía neoliberal -especialmente durante los años 90- es que los regímenes considerados más radicales, tanto por las izquierdas como por las derechas, son aquellos que llegaron al poder a través de organizaciones políticas que no provienen del tronco de las izquierdas tradicionales (Venezuela, Ecuador y Bolivia) y los que sí provienen de una tradición de izquierda son los considerados “moderados” (Brasil, Uruguay e incluso Chile). Y en este punto vale la pena detenernos e intentar avanzar algunas hipótesis preliminares.
1. La radicalidad de los procesos sudamericanos no depende solamente de las apuestas ideológicas de los gobiernos (“carnívoros” o “vegetarianos”, según Álvaro Vargas Llosa), sino de una serie de trayectorias políticas e institucionales previas, incluyendo los niveles de desconfianza política. Donde el sistema de partidos implosionó y el propio sistema político fue cuestionado como una democracia de élites excluyente (Bolivia, Venezuela y Ecuador) surgieron demandas de refundación del país que se expresaron en la convocatoria a asambleas constituyentes. Entre otras cosas, estas se proponían acabar con el “colonialismo interno”, que en el caso de Bolivia y Ecuador -pero también en Venezuela- excluyó material y simbólicamente a las mayorías indígenas, afros o mestizas.
2. La izquierda organizada que llegó al poder (el Partido de los Trabajadores brasileño, el Frente Amplio uruguayo y en parte el Partido Socialista chileno, a los que podríamos agregar ahora el FMLN salvadoreño) sufrió de manera directa el impacto de la crisis post 1989, que en general derivó en la profundización de un tránsito hacia el centroizquierda (una evolución que en América Latina ya se había iniciado durante los procesos de restauración democrática en los 80, alentada además por la autocrítica de la violencia en los años 70). Ello no ocurrió, u ocurrió en menor medida, con las izquierdas más débiles y dispersas que buscaron una tabla de salvación en el nacionalismo y el indigenismo (el país real y sumergido frente al país visible y formal), así como en el antipartidismo. Ello les proveía nuevas fuentes de radicalización ideológica: la defensa de la patria, la reivindicación de los indígenas, el rechazo a la partidocracia... El principal significante de las refundaciones es que ahora “hay patria para todos”, eje del antineoliberalismo.
3. En efecto, si observamos con más detalle los procesos más “radicales”, es posible concluir que su fuente de radicalidad proviene de la matriz nacionalista: antiimperialismo, polarización entre pueblo y oligarquía, nacionalizaciones, recambio de elites en el poder, etc. y si el socialismo (“del siglo XXI”) ha vuelto a la agenda, vuelve a ser pensado como la profundización lineal del nacionalismo (no casualmente, ni Chávez, ni Evo ni Correa suelen hablar de lucha de clases). Incluso en gran medida, dado el carácter extractivo de las economías venezolana, ecuatoriana y boliviana, opera una suerte de socialismo o nacionalismo geológico [4] . Lo novedoso en todo caso es que el nuevo nacionalismo ya no pendula entre la derecha y la izquierda (como Vargas, Perón o Paz Estenssoro) y ha desaparecido su faceta anticomunista; de hecho hay un fuerte vínculo geopolítico/afectivo con el régimen cubano.
Si miramos hacia las sensibilidades ético/morales, no es difícil advertir que estos procesos no sólo carecen de radicalidad sino que pueden (al menos sus fracciones hegemónicas) ser abiertamente conservadores en términos de derechos reproductivos o los derechos para las llamadas minorías sexuales y de género. Un caso aparte es el kirchnerismo, que ha hecho de estas banderas progresistas un eje de sus políticas, mostrando la capacidad casi infinita del peronismo para incorporar reivindicaciones y demandas muy diversas y en este caso ajenas a su historia, incluso la más reciente.
4. Adicionalmente, el clivaje izquierda/derecha hoy es teóricamente desafiado no solamente por la tradición nacional-popular (que propone la alianza de las clases nacionales, aunque hoy se utilice poco esta terminología) sino por el indianismo y diversas lecturas post o decoloniales y subalternistas que plantean como clivaje alternativo modernidad/colonialidad vs. decolonización/ “mirada otra”. Esto ocurre especialmente en Bolivia y Ecuador, donde la presencia mayoritaria o significativa de indígenas permite construir una serie de lecturas en términos de otredad radical cuestionadoras de la modernidad/colonialidad con influencia en la academia estadounidense. Para Mignolo, por ejemplo hablar de una “izquierda indígena” para caracterizar al Movimiento al Socialismo de Evo Morales es una prueba de “imperialismo de izquierda” [5] y para el intelectual aymara y dirigente opositor Simón Yampara, quienes siguen hablando de izquierda y derecha mantienen en sus cerebros el “chip colonial”.
No hay duda que en países como Bolivia una parte de la izquierda tuvo actitudes coloniales frente a los indígenas. El problema es que si la lectura en términos de izquierda/ derecha no logra aprehender todos los elementos en juego de los actuales procesos de cambio, lo menos que se puede decir es que plantear las cosas en términos de modernidad/decolonialidad no simplifica precisamente las cosas y agrega una nueva serie de problemas, especialmente si trascendemos lo que los actores dicen de sí y complementamos las entrevistas a los voceros con observaciones de campo, descripciones densas e incluso etnografías sobre los subalternos realmente existentes.
5. En realidad, el problema de la vigencia del término izquierda no se relaciona con su capacidad para armar un “gran clivaje” del campo político contra la derecha (aunque es cierto que los nuevos gobiernos populares han reactivado una lectura de las disputas existentes en esos términos). Su potencialidad se vincula a objetivos más limitados pero no menos potentes: una agenda de izquierda puede poner en debate temas que ni el nacionalismo ni el indigenismo van a propiciar, en pos de una democratización radical de la sociedad. Además de la mencionada agenda anticonservadora en el terreno ético-moral, la izquierda debería reponer lecturas socioeconómicas del conflicto social que las visiones binarias del nacionalismo sólo lee en términos políticos (o con la revolución o en contra). Lo mismo vale para discusiones sobre posibles articulaciones Estado/mercado -que los indigenistas reducen a versiones trivializadas de la complementaridad [6] y los nacionalistas a lecturas politicistas (empresarios “patriotas” o “antipatriotas”, por ejemplo) o ilusiones desarrollistas de matriz “cincuentista”. Para esto último es necesario un verdadero balance crítico de las experiencias del socialismo real, incluyendo el caso cubano. La anulación de la pertinencia de la vigencia del término “izquierda” suele generar, a menudo, un silencio sobre esa agenda que es neurálgica a la hora de pensar el cambio político, social y cultural.
A la luz de los actuales procesos, no se trata de reclamar el privilegio ontológico de la izquierda sobre otras matrices y tradiciones, sino de pensar una posible articulación entre izquierda, nacionalismo popular y democrático e indianismo/decolonización para pensar un proyecto emancipatorio que de cuenta y luche contra una pluralidad de opresiones. Esto no tiene nada de particularmente nuevo; lo nuevo, en todo caso, es que ya no se trata sólo de un debate teórico en un auditorio universitario, sino de una discusión que define tomas de posición concreta frente a los gobiernos “populares” realmente existentes.
A partir de estos comentarios generales es posible recortar algunos aspectos de las experiencias donde estas tensiones nacionalismo/izquierda se vuelven más visibles: Venezuela, Bolivia, Ecuador y -por la evolución “setentista” del peronismo kirchnerista- Argentina.

Crisis políticas y emergencias plebeyas

Venezuela, Ecuador y Bolivia han sido los países donde más fuertemente ha impactado la crisis del sistema de partidos y donde la dinámica de la movilización social ha generado procesos de renovación política y cambio de élites que han llevado a analistas políticos, activistas y dirigentes de movimientos sociales de la región y el exterior a considerar que estos tres procesos constituyen el ala radical del giro a la izquierda sudamericano. Aunque ello puede ser discutible, especialmente a partir del análisis de las políticas públicas efectivamente aplicadas y la amplitud de las utopías en juego, no es menos cierto que fue en este bloque donde los discursos de refundación tuvieron mayor calado. De estas demandas emergió la convocatoria de Asambleas Constituyentes que se propusieron no solamente reformar las cartas magnas vigentes, sino rediseñar el esqueleto institucional.
Argentina presenta una situación intermedia: la crisis de 2001 abrió paso a una agenda posneoliberal sui géneris que no incluyó la nacionalización de los recursos naturales (al menos hasta la estatización de YPF en 2012) pero sí, por ejemplo, reivindicaciones progresistas como el matrimonio igualitario, ausentes en los otros tres países. Pero lo determinante fue que la capacidad del peronismo para reciclarse ideológicamente limitó severamente la renovación política que se terminó procesando como una disputa a su interior, hoy una suerte de federación de peronismos provinciales (al decir del propio Néstor Kirchner) o, dicho de otro modo, un frente de gobernadores. Así, no se trata de una renovación de las élites sino de una autorregeneración del peronismo que en los 90 fue neoliberal y hoy es de nuevo nacional-popular. Strictu sensu, el kirchnerismo es progresista en la ciudad de Buenos Aires y ultrapragmático en el interior argentino; su hegemonía nacional se basa en acuerdos con gobernadores peronistas que han pasado ya por el menemismo, el duhaldismo y ahora adhieren al kirchnerismo... [7] .
Hugo Chávez, Rafael Correa y Evo Morales (y muy parcialmente Néstor y Cristina Kirchner) son el resultado de esta combinación de implosión del viejo sistema político y de la emergencia de alternativas electorales renovadoras, pero, no obstante, estas crisis –vinculadas a un creciente cuestionamiento al consenso de Washington- se procesaron de diferente manera en cada uno de los países, por lo cual vale la pena detenerse en cada uno de los procesos concretos de crisis y renovación de la política.
En el caso venezolano, el Caracazo constituirá un baño de realidad sobre la inestabilidad -y estrechez- del consenso democrático instaurado a partir del Pacto del Punto Fijo de 1958, en tanto que en Bolivia y Ecuador se producirán una serie de derrocamientos presidenciales que marcarán el agotamiento de un tipo de “gramática política” que marcó los ciclos democráticos iniciados en 1982 y 1979 respectivamente; pero en ambos casos se observa un elemento en común: van a ser exitosos los discursos que interpelan a una parte de la sociedad que por motivos étnicos y socioeconómicos se siente excluida del sistema político. Ello se traducirá luego en consignas que enfatizarán que -procesos de cambio mediante- la Patria (y los recursos naturales estratégicos) serán, como ya mencionamos, al fin de todos. En otras palabras, transformar al Estado en garante de un “acceso efectivo de los menos privilegiados a los derechos y a los beneficios materiales y espirituales (en término de estatus y de poder simbólico, por ejemplo) de la pertenencia a la colectividad nacional” [8] .
En gran medida, hoy se vuelve a la idea de la existencia de un “partido de la nación” frente a la antinación, lo que conlleva una “politización” de los conflictos de intereses (es común que se acuse a tal o cual lucha reivindicativa, incluso llevada adelante por grupos sociales o políticos aliados, de “hacer el juego al imperio”), un cierto organicismo no dicho y una idea sui géneris del pluralismo: como lo ha planteado el propio vicepresidente García Linera, el pluralismo se expresaría en Bolivia al interior del Movimiento al Socialismo (MAS).
Un dato adicional es el ingreso de militares a la política en el caso venezolano: según la Asociación Civil Control Ciudadano, más de 200 funcionarios de la Fuerza Armada Nacional ocupan altos cargos en el gobierno y 2000 oficiales se desempeñan en puestos medios y subalternos de la administración pública [9] . Ello marca una diferencia, con Bolivia, Ecuador y mucho más con Argentina donde el progresismo no puede ser menos que antimilitarista.

Tipos de liderazgo y nuevos partidos

Hugo Chávez es en muchos sentidos el clásico líder populista en el sentido de Ernesto Laclau [10] : el líder que debe “construir” al pueblo como sujeto político; en tanto que Evo Morales hizo el recorrido inverso: dirigente sindical, es producto de un proceso de descorporativización de una serie de sindicatos agrarios y organizaciones de vecinos y trabajadores que se desbordaron al ámbito político. De allí que en el caso de Chávez predomine la dimensión carismática/afectiva en su liderazgo frente a la autorrepresentación en el caso de Evo Morales (“ahora somos presidentes”, “voy a mandar obedeciendo”, etc.), liderazgo acompañado de una fuerte “confianza étnica”. Rafael Correa, por su parte, apareció como un outsider de la política en un contexto de crisis del sistema político y niveles decrecientes de movilización social. Y Néstor y Cristina Kirchner salieron de una tradicional carrera política iniciada en el extremo sur argentino -luego de un pasaje de juventud por el peronismo de izquierda-, donde su mayor utopía -al menos hasta 2003- fue agrandar la fortuna personal para posibilitar una acción política de mayor envergadura en línea con su definición de la política como “cash más expectativas” [11] . Si Carlos Menem hizo un giro liberal de acuerdo al estado del mundo luego de la caída del Muro de Berlín, los Kirchner hicieron un giro al centroizquierda en la nueva situación creada por el levantamiento popular de 2001 en Buenos Aires.
Con relación a los nuevos partidos, también se observan situaciones muy diferentes: en Bolivia llegó al gobierno un partido (aunque no se defina a sí mismo como tal) creado en 1995 como “instrumento político” de los sindicatos y organizaciones campesinas; en Ecuador se construyó algo a las apuradas Alianza País en torno a Correa y a un grupo de intelectuales progresistas, en Argentina el “peronismo infinito” (al decir de Maristella Svampa) mantuvo el poder con reconfiguraciones internas, mientras que en Venezuela el Partido Socialista Unido (PSUV) luego del MBR 200 y del Movimiento Cuarta República [MVR]) fue construido desde el Estado a partir de 2007.
Para el sociólogo Edgardo Lander, “el PSUV es un campo de tensión: ni representa el ejercicio pleno de la democracia desde la base, ni es un espacio que pueda controlarse completamente desde arriba”. No obstante, la profundización de la tendencia al liderazgo personal ha ido erosionando el primer término de la ecuación (una de las consignas del PSUV luego de las elecciones de 2010 fue“Somos millones, una sola voz”). Esta tendencia fue expresada por el propio Chávez sin apelar a eufemismos en la concentración realizada el 13 de enero de 2010 con motivo de la celebración de los 53 años de la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Allí enfatizó:
“Exijo lealtad absoluta a mi liderazgo… no soy un individuo, soy un pueblo. Estoy obligado a hacer respetar al pueblo. Los que quieran patria, vengan con Chávez… Aquí en las filas populares, revolucionarias, exijo máxima lealtad y unidad. Unidad, discusión libre y abierta, pero lealtad… cualquier otra cosa es traición”.
De allí que se pregunte sin responderlo: ¿Cómo procesar las tensiones permanentes que existen entre el impulso del tejido social de base que se ha fortalecido en estos años, la organización y participación democrática desde abajo, y un modelo de liderazgo y toma de decisiones jerárquico y vertical? [12]
En el caso boliviano, como hemos señalado, la densidad organizativa de los sectores populares pone límites -encuadra- al liderazgo carismático de Evo Morales. Pero ello hasta cierto punto. Moira Zuazo se pregunta en un artículo publicado en Nueva Sociedad, parafraseando al vicepresidente García Linera [13] , ¿qué pasa cuando los soviets se repliegan? Claramente, hoy el MAS es incapaz de construir espacios de debate interno y de posicionar temas en la agenda pública. En efecto, la figura del “gobierno de los movimientos sociales” o el “mandar obedeciendo” a las organizaciones no es sencillo en la práctica, cuando los repliegues corporativos debilitan las miradas más universalistas. Allí el Estado aparece como el portador de lo universal frente a los movimientos como agentes de intereses particularistas. ¿qué pasaría si “las organizaciones” se distancian del gobierno? Por ejemplo, cuando la federación campesina Túpac Katari de La Paz pidió cambios de ministros, Evo Morales se molestó y señaló: “yo no nombro dirigentes sindicales, ustedes no van a nombrar a los ministros”. O cuando el vicepresidente rechazó a las organizaciones indígenas que se oponen a la exploración petrolera en la Amazonía de hacer valer sus intereses particulares por encima de los del país.
Asistimos, así, a una compleja combinación entre liderazgo carismático y autorrepresentación social, que en el caso boliviano aparece como complementaria más que contradictoria, como a priori podría esperarse. El punto débil de estas lógicas organizativas es la formación de cuadros e inestables procesos de aprendizaje, y pese a esfuerzos por armar una escuela de cuadros, estos no han logrado revertir los déficits de formación política y técnica de los militantes masistas.
En el caso ecuatoriano, Rafael Correa -quien, como mencionamos, pasó fugazmente por el ministerio de Economía durante el gobierno de Alfredo Palacio- se presentó exitosamente “por fuera” de la política, con una fuerte dosis de extroversión. Una mezcla de carisma juvenil, aura de competencia tecnocrática y cierta prepotencia mesiánica. En cierto sentido, su forma de “autoritarismo” es muy “ejecutiva”, mezclada con una especie de narcisismo característico de los intelectuales públicos. Así, en los debates se caracterizó por su gran eficacia para desarmar los argumentos de sus adversarios. Y luego desarrollaría aún más estos rasgos desde su programa de radio y televisión de los sábados, donde suele jugar el papel del “gran profesor de la nación” [14] . Como señala Ramírez,
“La candidatura de Correa fue, en efecto, más lejos que ninguna otra, nunca antes, en su intento de sacar provecho del arraigado anti-partidismo ciudadano. Por un lado, y a contracorriente de los outsiders del pasado, Correa desconectó su candidatura de todo anclaje partidista y fundó un movimiento ciudadano - Alianza País- (...). Con la figura de ‘movimiento ciudadano’ se buscaba remarcar el origen societal de la nueva formación electoral. A la vez, AP tomó la riesgosa e inédita decisión de no acompañar la postulación presidencial con la presentación de candidaturas parlamentarias. Ello delineó la identidad originaria del movimiento (anti-partidista), le otorgó un carácter antisistémico, y prefiguró la estrategia del cambio político radical que Correa conduciría desde entonces” [15] .
Para Ramírez, la mercadotecnia ocupa un importante lugar en la construcción política correísta, “el implacable realismo de poder del gobierno, se complementa así con un sutil realismo sociológico: no tiene sentido procurar la movilización de una sociedad harta y distante de la política. Se trata, más bien, de interpelarla como opinión pública y de hacerle ver -televisión mediante- los logros del gobierno. Nada más efectivo para llegar a una masa de ciudadanos aletargados y desorganizados que el despliegue mediático […] La suplantación de la construcción organizativa y la deliberación democrática por el marketing y la procura de amplias audiencias no bastan, sin embargo, para generar vínculos políticos ni espacios reales de participación e interlocución con actores realmente existentes” [16] .
Finalmente, el kirchnerismo tiene varias fechas de nacimiento como movimiento hegemónico al interior del peronismo. Una podría ser 2003, cuando Eduardo Duhalde, a falta de candidatos y luego de renunciar a postularse él mismo, pone al gobernador de Santa Cruz como su candidato. Otra podría ser 2005, cuando Cristina Kirchner le gana a Chiche Duhalde la senaduría por la provincia de Buenos Aires y denuncia a Duhalde como “capo mafia”. Una tercera podría ser 2008, cuando luego de perder el conflicto con los agroexportadores, Kirchner decide radicalizar el discurso y se embarca en la guerra con Clarín -promulga la Ley de medios- y con la Iglesia, al organizar él mismo, como diputado, la aprobación del matrimonio igualitario. Y una cuarta etapa es la posterior a la muerte de Néstor Kirchner en 2010, cuando por un lado el ex presidente se vuelve un mito movilizador de un “nuevo sujeto”: la juventud, cuya expresión más oficialista, La Cámpora, traza el vínculo con la “gloriosa juventud de los 70” [17] y con un peronismo de izquierda bastante ajeno a la “historia oficial” del movimiento; operación político simbólica a la que se suma entusiastamente Cristina Fernández.

Asistencialismo o igualdad: ¿Qué inclusión social?

La voluntad de salir del rentismo se expresó en Venezuela en la fórmula de Arturo Úslar Pietri: “sembrar petróleo”, que apuntaba a reinvertir los recursos de la renta petrolera en sectores productivos de la economía, especialmente en la agricultura; y esa agenda sigue siendo el pilar del nacionalismo también en Ecuador y Bolivia, donde bastaría con reemplazar petróleo por gas. Pero -como demuestra la historia- no es fácil salir del extractivismo y no alcanza para ello la voluntad presidencial; muchas fuerzas se estructuran alrededor de los intereses que sedimenta. Hoy Venezuela es uno de los mayores importadores de alimentos de toda América Latina (por un monto de más de 5.000 millones de dólares [18] ).
También Bolivia y en gran medida Ecuador, cuya economía, además, sigue dolarizada, padecen de esta “enfermedad neocolonial”. Incluso en Argentina, el auge de la megaminería fue impresionante en los último años, fomentando la acumulación por desposesión [19] . Pero a diferencia de los otros casos, aunque con altos niveles de concentración y extranjerización [20] , Argentina presenta una mayor diversificación industrial, hoy combinada con una recuperación de la capacidad de negociación salarial de los sindicatos, en un contexto de reducción del desempleo y ampliación de las políticas sociales (especialmente a través del innovador Seguro Universal por Hijo) pero de muy elevada inflación.
Es en Venezuela donde se han ensayados más políticas, aunque también, de los tres, es el país donde estos emprendimientos han estado más desarticulados con las institucionalidad vigente. Vale la pena detenernos aquí, ya que el socialismo bolivariano es a menudo considerado la experiencia más radical en el continente. En más de una década, el régimen de Chávez ha ensayado varios mecanismos -en la primera etapa, “operativos cívicos militares”- para llevar adelante “procesos de inclusión masivos y acelerados” a través de “una distribución más justa de la renta petrolera”. Los críticos del rentismo hablan de la “cultura de campamento” en Venezuela, en la que predominan los operativos extraordinarios sin continuidad en el tiempo [21] . Pero fue el propio Chávez quien, admitiendo implícitamente el fracaso de una agenda de desarrollo poshidrocarburífera, definió al proyecto en marcha como “socialismo petrolero” [22] .
En ese marco, la receta más exitosa para este fin fueron las misiones sociales, con mucha repercusión dentro y fuera de Venezuela y cuyo comienzo está fechado en 2003. Las razones de su implementación estuvieron relacionadas con la coyuntura política y el propio Chávez relacionó la implementación de las misiones con las encuestas que le daban perdedor para el revocatorio convocado para 2004 a iniciativa de la oposición, ante lo cual pidió ayuda a Fidel Castro para montar una megapolítica social [23] .
Aunque incluso los críticos admiten los efectos positivos de las misiones, los cuestionamientos remiten a su carácter ad hoc de la institucionalidad vigente (en general, son financiadas por la petrolera estatal PDVSA), lo que se justificó en el oficialismo en la necesidad de evitar las trabas burocráticas y dotarlas de celeridad (el viejo Estado aparece a menudo como una traba para la revolución que se resuelve creando institucionalidades paralelas y no poco inestables en términos de continuidad).
Al mismo tiempo, el sistema de salud formal ha enfrentado su peor crisis entre 2008 y 2009 y las propias autoridades reconocieron el colapso funcional del sistema sanitario (incluyendo casos de cierre por migración del personal médico, el mal estado de la infraestructura y la insalubridad y la inseguridad) [24] . A lo que se suman niveles muy elevados de inseguridad ciudadana que afectan sobre todo a los sectores populares.
También en Ecuador y Bolivia el modelo podría definirse como una combinación de extractivismo -con una mayor presencia estatal, vía procesos de nacionalización [25] -, desarrollismo moderado (sobre todo infraestructura caminera) y democratización en el reparto de la renta hidrocarburíferas . En general, también en Argentina, se apuesta por políticas de transferencia directa de renta (bonos) e infraestructura social (salud, educación, alimentos a bajo costo, etc.). Pero a pesar de los discursos -que trasmiten mucho de ilusión desarrollista/industrialista- y ciertos planes de desarrollo más heterodoxos (sobre todo en Ecuador, al menos en el papel) hay pocos avances en la elaboración de una agenda posextractivista de mediano o inclusive de largo plazo.
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A la luz de este rápido repaso, sin duda hay puentes entre una izquierda libertaria y los actuales procesos de cambio, pero también hay algunos precipicios. Es claro que las izquierdas formaron parte de los movimientos populares que debilitaron al neoliberalismo en las calles y que en Bolivia, Venezuela, Ecuador y -de manera mucho menos directa y más compleja- en Argentina habilitaron nuevos gobiernos progresistas. Si estos gobiernos fracasan lo que vendrá no será “más izquierda” sino tendencias restauracionistas del viejo orden (aunque en algunos países surgieron renovadas oposiciones de centroizquierda que complejizan en algo esta afirmación). Sin duda, la vuelta del Estado, niveles más consistentes de independencia nacional y voluntad de integración latinoamericana son parte del haber de los nuevos gobiernos y las izquierdas deberían escapar a las lecturas “antipopulistas”: la política ha vuelto al centro de la escena y eso es positivo.
Sin duda, es posible observar un proceso de democratización en su sentido amplio: siguiendo a Tilly, el desarrollo de la confianza política, la disminución de la autonomía de los centros de poder independiente (los poderes fácticos) en relación a la producción de las políticas públicas y el aumento de la igualdad política [26] . Pero eso no debe impedir enfrentar tendencias efectivas contra la autonomía social derivadas de lógicas organicistas o procesos de judicialización de la política, ni deberíamos caer en polarizaciones “fáciles” contra enemigos elegidos por los gobiernos en función de objetivos a menudo coyunturales.
Lo mismo vale para la economía: si se avanzó en políticas sociales más amplias no es menos cierto que un proyecto de izquierda debería ir más allá de perspectivas compensatorias y poner la redistribución en un plano más ligado a un proyecto de reformas consistente (no es casual que la reforma impositiva siga siendo una tarea pendiente a excepción de Ecuador). Y eso también vale para los valores: en Venezuela se ha conformado la llamada “boliburguesía” o “burguesía bolivariana” en un contexto de elevadísima corrupción y niveles no menos preocupantes de impunidad. En tanto que en Argentina, el kirchnerismo (por su propia trayectoria y forma de construcción política) ha habilitado niveles de pragmatismo político incompatibles con una verdadera reforma intelectual y moral de la política. Acá habría que decir que criticar la idea de que “la política es no hacerle asco a nada” (Néstor Kirchner) es sinónimo de mera candidez intelectual. No hay que perder de vista que la cara oscura del “retorno de la política” -y esto vale especialmente para Argentina- es el capitalismo de amigos, una medición “política” de la inflación y la consolidación de una visión camarillesca del poder.
Un tema aparte es el geopolítico. El apoyo más o menos explícito del bloque “nacional y popular” a Kadafi o el dictador sirio Bashar al Asad ha colocado a los gobiernos de Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega y Correa en una posición hostil hacia la revolución democrática árabe. El hecho de que en un comienzo Chávez haya admitido que se informó de la situación que vivía Egipto y Túnez a través de Kadafi y Asad dice mucho de la visión puramente “geopolítica” del nacionalismo en el poder en contra de una solidaridad internacionalista efectiva con los pueblos que luchan. Al mismo tiempo, el abrupto giro de Chávez frente a Colombia, a cuyo gobierno ahora entrega a jefes capturados de las Farc [27] , advierte sobre la necesidad de no hacer seguidismo y mantener posiciones críticas e independientes.
Obviamente, el apoyo crítico no es sencillo en la práctica donde a menudo es difícil posicionarse entre el oficialismo acrítico y la oposición “destituyente” sin aparentar neutralidad o dar la imagen de purismo intelectual. Como es sabido, cualquier toma de posición en política tiene consecuencias que escapan a quien emite cierto discurso. Pero entre meterse acríticamente en el “barro” para “estar con el pueblo” o mantenerse en una cómoda torre de marfil hay una variedad de posicionamientos posibles tanto en términos políticos como intelectuales, sin aceptar un binarismo que en boca de Bush o de Chávez conduce al mismo resultado: ahogar el pensamiento crítico. Como señala Guillermo Almeira, llevar a la política una instrucción que aparecía al lado de los chóferes del transporte colectivo en Argentina: “no molestar al conductor”.


[1] Eso quedó claro en el apoyo del “moderado” Lula Da Silva al “radical” Hugo Chávez durante el golpe de 2002 en Venezuela, o en el sostén de Michelle Bachelet -desde Unsasur- al proceso de cambio en Bolivia durante el golpe “cívico-prefectural” de 2008.
[2] Sheila Fitzpatrick, La revolución rusa, Siglo XXI, Buenos Aires, 2005.
[3] Ver Carlos Altamirano, Peronismo y cultura de izquierda, Temas, Buenos Aires, 2001.
[4] Fernando Molina, El pensamiento boliviano sobre los recursos naturales, Pulso, La Paz, 2009.
[5] Walter Mignolo, La idea de América Latina, Gedisa, Madrid, 2007. Ver Posfacio a la edición española.
[6] Por ejemplo, Yampara ha dicho que las transnacionales deben “complementarse” con el Estado boliviano, sin reparar en las lógicas del capitalismo, de la ganancia y en las relaciones de poder.
[7] A veces los aspectos más bizarros de la realidad aportan luces. En 2010, en un debate entre el empresario de la carne y personaje excéntrico Alberto Samid y un productor agrario cercano al partido socialista de Santa Fe en el programa televisivo de Luis Majul pudo escucharse este diálogo a los gritos:
Samid: “Yo soy peronista; apoyé a Menem, a Duhalde y ahora estoy con Kirchner”
Dirigente rural: “¿Pero cómo podés estar con los que privatizaron y con los que dicen que hay que volver al Estado?”
Samid: “¡Callate, vendepatria!”
[8] Marc Saint-Upéry, “¿Hay patria para todos? Ambivalencia de lo público y ‘emergencia plebeya’ en los nuevos gobiernos progresistas”, en Íconos. Revista de Ciencias Sociales, Nº 32, Flacso, sede académica Ecuador, Quito, septiembre 2008.
[9] Vanessa Cartaya y Flavio Cartucci, informe para la Fundación Fridrich Ebert, 2010.
[10] Ernesto Laclau, La razón populista, FCE, Buenos Aires, 2005.
[11] Walter Curia, El último peronista. La cara oculta de Kirchner, Sudamericana. Buenos Aires, 2006.
[12] Edgardo Lander, “¿Quién ganó las elecciones parlamentarias en Venezuela? ¿Estamos ante la última oportunidad de discutir el rumbo del proceso bolivariano?”, Rebelión, 5-10-2010.
[13] Moira Zuazo, “¿Los movimientos sociales en el poder? El gobierno del MAS en Bolivia”, Nueva Sociedad, mayo-junio de 2010.
[14] Algo similar puede atribuirse a García Linera en sus más esporádicas apariciones en el canal estatal, donde da literalmente clases al país sobre el proyecto de gobierno. Aunque Chávez hace pedagogía en el Aló Presidente, a menudo lápiz y mapas en mano, está lejos de la clase magistral y apuesta a un vínculo pedagógico/afectivo y de movilización de emociones con las bases, mezclando temas de gobierno con un show mucho más multifacético y argumentalmente bastante caótico.
[15] Franklin Ramírez Gallegos, “Participación y desconfianza política en la transformación constitucional del Estado ecuatoriano”, ponencia presentada en el seminario Reforma del Estado en los países andino-amazónicos, IFEA-PIEB, La Paz, junio de 2009.
[16] Franklin Ramírez G. “Post-neoliberalismo indócil. Agenda pública y relaciones socio-estatales en el Ecuador de la Revolución Ciudanana”, Revista Temas y Debates 20, año 14, octubre 2010, Universidad Nacional de Rosario-CLACSO.
[17] Esto no debería llevarnos de ningún modo a creer que hay algún punto de comparación biográfico entre estos jóvenes funcionarios y los combatientes de los años 70.
[18] http://www.americaeconomia.com/negocios-industrias/importaciones-de-alimentos-en-venezuela-ascenderan-us6500m-en-2011
[19] Maristella Svampa y Mirta Antonelli (coord.), Minería transnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales, Biblos, Buenos Aires, 2009.
[20] Daniel Aspiazy Martín Shorr, “La recuperación salarial en la Argentina posconvertivilidad”, Nueva Sociedad, enero-febrero 2010.
[21] Rafael Uzcátegui, La revolución como espectáculo. Una crítica anarquista al gobierno bolivariano, El Libertario- La cucaracha ilustrada- Malatesta- Tierra del Fuego, Buenos Aires, 2010.
[22] Durante el Aló Presidente 288, el mandatario venezolano explicó que “estamos empeñados en construir un modelo socialista muy diferente al que imaginó Marx en el siglo XIX. Ese es nuestro modelo, contar con esta riqueza petrolera”. Afirmó, además, que “El socialismo petrolero no se puede concebir sin la actividad petrolera” y que este recurso “le da una configuración peculiar a nuestro modelo económico” (“Chávez: Estamos construyendo un socialismo petrolero muy diferente del que imaginó Marx”, Prensa de PDVSA, 29-7-2007, Aporrea, en línea: http://www.aporrea.org/ideologia/n98719.html)
[23] “Ustedes deben recordar que, producto del golpe y todo el desgaste aquel, la ingobernabilidad que llegó a un grado alto, la crisis económica, nuestros propios errores, hubo un momento en el cual nosotros estuvimos parejitos [con respecto las fuerzas de oposición], o cuidado si por debajo. Hay una encuestadora internacional recomendada por unos amigos que vinieron a mitad del 2003, pasaron como dos meses aquí y fueron a Palacio y me dieron la noticia bomba: ‘Presidente, si el referéndum fuera ahorita usted lo perdería’. Yo recuerdo que aquella noche para mi fue una bomba aquello… Entonces fue cuando empezamos a trabajar con las misiones, diseñamos aquí la primera y empecé a pedirle apoyo a Fidel. Le dije: ‘mira tengo esta idea, atacar por debajo con toda la fuerza’ y me dijo: ‘Si algo sé yo es de eso, cuenta con todo mi apoyo.’ Y empezaron a llegar los médicos [cubanos] por centenares, un puente aéreo, aviones van, aviones vienen y a buscar recursos… Y empezamos a inventar las misiones… y entonces empezamos a remontar en las encuestas, y las encuestas no fallan…”Citado en Marta Harnecker, Intervenciones del Presidente el día 12 de noviembre del 2004 (Aporrea), citado en Uzcátegui, op. cit.
[24] Cartaya y Cartucci, op. cit.
[25] Con todo, algunos sectores acusan a Chávez de debilitar la nacionalización de los ‘70 con los contratos de asociación con empresas transnacionales (ver sitio web www.soberanía.org)
[26] Charles Tilly, Democracia, Akal, Madrid.
[27] “¿Qué significa la deportación del director de Anncol a Colombia?”, La semana, 26-4-2011,http://www.semana.com/nacion/significa-deportacion-del-director-anncol- colombia/155717-3.aspx
Articulo publicado originalmente en Rebelion y www.uninomade.org