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miércoles, 24 de abril de 2013

Notas para la investigación política en el seno de las paradojas del post-neoliberalismo


Diego Sztulwark (Arg.)

“Los conceptos son cócteles molotoff contra la realidad, armas con las que intervenir en el combate en el que todos estamos metidos”. 
 Santiago López Petit

1. Tres nombres propios para describir una mutación
Partimos de tres términos imprecisos para describir un pasaje, un movimiento, unas circunstancias. Tomamos tres nombres propios bien conocidos del relato político argentino: los 90; la crisis del 2001; y el modelo (de “crecimiento con inclusión”). Como sabemos, los 90 son recordados sobre todo como aquellos años en los que el “clima” propicio para los “negocios” (la apertura al flujo de capitales) socavó buena parte de la infraestructura pública y terminó por sumergir en la miseria a una buena parte de la población. Se trata de una síntesis parcial, pero contundente. Aquellos años fueron también los de una revolución capitalista en el agro en base a la incorporación de nuevas tecnológica, licencias, técnicas de gestión. Como veremos, no es este un dato menor.
La crisis del 2001 es recordada frecuentemente como una exposición general de las miserias y padecimientos que conlleva el neoliberalismo para las mayorías populares. La destrucción de puestos de trabajo, de derechos laborales, de mercados, de servicios sociales y de patrimonio estatal. Es cierto que el momento de la crisis coincide con la consolidación de nuevos movimientos de resistencia sindical y social, de una nueva y extendida subjetividad política. Pero por lo general, se acepta que la crisis del 2001 es un momento interno al neoliberalismo de los años 90, caracterizado como crecimiento con exclusión, desarrollo sin sensibilidad, puro movimiento de divisas incapaz de generar/distribuir nuevas riquezas. Desde este punto de vista, el valor de las luchas que emergieron durante la crisis es meramente negativo, pura impugnación. No poseen las claves para anunciar un nuevo tiempo, sino que disponen apenas de la fuerza suficiente para la clausura de un tiempo injusto.
Todas estas percepciones, memorias, concepciones pertenecen a la perspectiva actual, caracterizada como la de un período de transformaciones presentado como modelo de  “crecimiento con inclusión”. A diferencia de los 90, las retóricas del desarrollo del presente ya no se auto-representan como exteriores al mundo popular, a las razones de la comunidad. La idea de inclusión se ha vuelto fundamental. Más allá de la retórica que enfatiza en la reparación, en las políticas sociales y en la extensión del empleo, se verifica una ampliación de derechos vía ampliación del consumo. La articulación entre la exitosa inserción de la Argentina productora de alimentos y energía en el mercado mundial provee, mediación financiera mediante, de los recursos para la intervención del estado en políticas sociales. Y una nueva voluntad estatal, anclada en un contexto nacional, regional e internacional que la favorece, alienta la actividad económica como principal variable del proceso político en curso.
La situación ha cambiado respecto del pasado reciente. El sistema político se ha aproximado a lo social. Una nueva articulación entre política y sociedad se fue constituyendo luego del 2003. Más allá de los juegos artificiales entre oficialismo y oposición, del ejercicio retórico de críticos y defensores de la acción del gobierno, la sociedad ha gozado esta última década de un nuevo período de estabilidad, de consenso y convivencia sostenida en un ultra-activismo del estado, de la política, de la justicia, de la economía, de los medios.

2. ¿Adiós al neoliberalismo?
Vale la pregunta, entonces: ¿estamos dejando atrás al neoliberalismo?  Si prestamos atención a las retóricas gubernamentales así como a ciertos actores de peso en ámbitos diversos como el académico, de los derechos humanos, del sindicalismo, de las organizaciones sociales y de los medios de comunicación pareciera que sí, que la mutación se orienta en una nueva dirección. Esta impresión se consolida si echamos una mirada regional (la práctica de los nuevos gobiernos progresistas), e incluso internacional (el contraste entre la crisis de Europa, y la activación de una economía sur-sur con eje en el corredor BRIC).
Es desde todo punto de vista alentador verificar cómo las antiguas élites vinculadas a las dictaduras así como a la aplicación salvaje de las políticas promovidas por los organismos financieros internacionales parecen sumirse en la impotencia en aquellos lugares del mundo que aún gobiernan, mientras pierden su hegemonía en regiones enteras del planeta que se reapropian de su capacidad de autogobierno y de producir riquezas.
Cierto que surgen críticas, sino verdaderas luchas, que por lo menos relativizan la potencia de esta retórica post-neoliberal. A nadie se le puede escapar que la producción de riquezas, en nuestros países, depende siempre de una “neo-liberalización” de masas en lo que hace a las pautas de consumo. Lo mismo debemos decir respecto de los parámetros que articulan la exportación de alimentos, y energía. 

3. Nuestras paradojas
Encontramos, entonces, una serie de paradojas que vale la pena explorar,  y que tomamos en cuenta sobre todo en la medida en que afectan y determinan nuestros modos de vida y nuestras prácticas discursivas:
La conquista de una autonomía mayor en la región respecto del sistema imperialista normalmente representado por los EE.UU. coincide con una nueva integración subordinada en el mercado mundial. Esta inserción supone dinámicas violentas de mercantilización de la tierra, del régimen de producción y circulación de alimentos y de energía, con su correlato de padecimientos sociales en el campo (contaminación, destrucción de economías regionales, desplazamientos forzados de comunidades), y en la ciudad (contaminación, pérdida de calidad de alimentos, pérdida de soberanía alimentaria).
La constitución de una nueva voluntad política-estatal (que no se da sólo en la Argentina, sino que adopta diversas formas en la región y en muchas partes del mundo) ha resultado eficaz a la hora de reconocer actores y procesos históricos en el ámbito de la producción de derechos; de legitimar el sistema institucional y político nacional,  de incluir contingentes sociales en la ampliación de la esfera del consumo; de consumar procesos de inserción –sobre todo neo-extractivos y de producción de alimentos- en el mercado global; y de integración política regional. Sin embargo, su activismo no ha alcanzado a sustituir (ni por “arriba” ni por “abajo”) el poder de la razón neoliberal (Verónica Gago). Por arriba, porque los designios de los actores globales -tales como los mercados financieros y las grandes empresas multinacionales- no han sido desplazados por una nueva espacialidad social e institucional capaz de regular los procesos estratégicos (como la determinación de precios y regulación de contratos; la creación de dispositivos tecnológicos y pautas de consumo); por abajo, porque la ampliación del consumo y de derechos no ha venido de la mano de una nueva capacidad pública de comprender y regular las prácticas depredatorias ligadas a la promesa de “abundancia” (de la especulación inmobiliaria a las redes narcos;  de la economía informal a al lavado de dinero; del trabajo neo-esclavista, a la trata de personas).
Estas paradojas determinan las prácticas discursivas a la vez que se alimentan de ellas. Bien se concilia con las mismas admitiendo la complejidad con la que nos toca lidiar, bien se toma conciencia de las tendencias biopolíticas que ellas viabilizan (y que acaban por reconfigurar  la vida en común) y se las convierte en objeto de investigación política.

4.      Tres orientaciones para la investigación política
El cambio de paisaje es evidente. Basta echar una mirada al mundo del trabajo, del campo, de los territorios, de los discursos intelectuales y políticos (Mezzadra). Sin embargo, la energía comunicacional, los debates de la esfera pública parecen agotarse en la lucha política inmediata en torno al control de la decisión política. La tarea de la investigación política queda relegada del debate público, y cae bajo sospecha de operar en función directa de esta disputa. De este modo, la primera víctima de la polarización política es la práctica del discurso político no especializado, aplastado por el sistema de la opinión, caracterizado por un lenguaje preelaborado por el mundo de los medios.
Esta es otra de nuestras paradojas: la ultra politización de la opinión (régimen periodístico, militante, jurídico, etc), acompañada de una pérdida relativa de la capacidad de elaborar lenguajes y preguntas de un modo autónomo. Llamamos investigación política a la invención de procesos de recuperación de potencia en relación con la capacidad de los no especialistas de elaborar preguntas, lenguajes, saberes sobre la existencia colectiva.
Una primera orientación apunta a reconocer una disposición indispensable para la praxis de la investigación política: lo que podríamos llamar la “arbitrariedad” (palabra en la que insistía León Roztichner), es decir, las formas de la autorización que nos damos para advertir peligros. Para avisar sobre la connotación negativas que pueden tener determinadas prácticas, aunque nazcan de zonas queridas de nuestra propia experiencia.
Una segunda orientación fundamental refiere a la dirección de nuestra atención hacia lo que podríamos llamar, inspirados en la filosofía de Nietzsche,  las “zonas oscuras” de la existencia social, aquellas en las que se elaboran las fuerzas que luego nos afectan, y nos fuerzan a pensar. Esta dimensión opaca puede referir a zonas de la subjetividad, de la política y de la economía, a aquello escapa a la legalidad y a los umbrales de visibilidad instaurados por el régimen de la opinión (Guy Debord).
Una tercera indicación, que atribuimos a Foucault, tiene que ver con el método de la “problematización”, pretendidamente extra moral, que indaga en las mutaciones de las prácticas (prácticas discursivas) para evaluar tanto aquello que, en contacto con nuevas realidades, estamos dejando de ser, como aquello que estamos comenzando a ser. Con Foucault aprendemos a mirar más allá de la distinción legal/ilegal para captar dispositivos y diagramas.
Una cuarta observación surge de una enseñanza de la filosofía de Deleuze retomada por Jon Beasley Murray para la política. Se trata de tomar en serio el mundo de las intensidades, no sólo el de las significaciones discursivas. De poner en primer lugar “afectos” (y “hábitos”, es decir, articulación entre afectos), en contra posición con la inflación de “linguismo” que caracteriza a la idea de “hegemonía” o “batalla cultural” de las retóricas del llamado “populismo” sudamericano. 
Una quinta orientación de la investigación concierne a su propia vocación de participar de las formas actuales de politización (Rodolfo Walsh), referidas en muchos casos a las articulaciones menos visibles de lo que en un sentido amplio podemos llamar la “maquinaria” de gobierno de lo social (Félix Guattari) de producción de imágenes, gobierno de la moneda, soberanía en los territorios, gestión del consumo, etc.

5.      Semiología para un cambio de paisaje
Como enseña la antropóloga Rita Segato (La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez) la investigación política depende de una sensibilidad relativa a los signos. De hecho, oscuridad, nuevas fuerzas, peligros, nuevos fenómenos, son todas expresiones que requieren de un agudo sentido semiótico.
Efectivamente, procesos como la violencia dirigida a las mujeres, organizaciones de pandillas ligadas a la negocios que pueden alcanzar dimensiones globales, aceptación del “vitalismo” que acompaña al goce del consumo, la adrenalina del riesgo, son todos motivos de una fina comprensión de lo que ocurre en territorios en los que el neoliberalismo pulsa con las culturas populares, como lo indica la expresión “capitalismo runfla” (Diego Valeriano).
Se trata del mundo de la excepción permanente (Giorgio Agamben, Paolo Virno), en la que se conjuga hábito social, fuerza fáctica de los poderes y elaboración del derecho y las instituciones. Se trata también del gobierno de la producción de riquezas a partir de dispositivos financieros (Marrazzi/Vercellone). La hipótesis que intentamos abrir parte del hecho de que el poder del capital financiero es el de gobernar el mundo de la cooperación desde “afuera” (Negri), que esta exterioridad de la valorización capitalista respecto de los procesos de creación de valor del común (bienes, infraestructura, saberes) está en el corazón del sistema de la depredación.
Y a la inversa, que este mundo del común es también activa producción desacatada de imaginarios (Machete, Robert Rodríguez; Estación Zombi, Barrilete Cósmico).


martes, 23 de abril de 2013

No. Basta


Gustavo Esteva (Mex.)


Su ¡Basta ya! llegó con un tren, que los ayudó a inventarse y a caminar con los nuevos vientos que corren por el mundo, los vientos de revolución.
Val de Susa es un pequeño valle de belleza impresionante, en el norte de Italia, en el cual viven unas 80 mil personas. Son campesinos, profesores, trabajadores de pequeñas industrias, empleados de comercios pequeños y servicios turísticos y personas que viajan diariamente a Turín para trabajar. Están en 37 comunas, la unidad básica de administración municipal. Algunos son descendientes de familias asentadas por siglos en este valle, pero la mayoría llegó después de la Segunda Guerra.
No surgieron de la nada. Me tocó llegar el día de un concurrido evento: la conmemoración anual de la lucha armada contra el fascismo. Las luchas actuales, se dijo ahí, son siempre una batalla de la memoria contra el olvido, particularmente cuando allá arriba quieren suprimir el pasado para repetirlo. Recuerdan con orgullo a los trabajadores que se negaron a producir partes de armas en una pequeña fábrica del valle. Recuerdan con pesar sus fracasos: no pudieron impedir la línea de alta tensión ni la autopista, contra la cual lucharon por más de 20 años. Es que nunca prendió, me dicen; fue una lucha elitista en que unos cuantos hablaban de daños al ambiente. Y nada más.
En una reunión sobre la autopista, en 1989, Claudio supo del proyecto de un tren de alta velocidad que cruzaría los Alpes y el valle y circuló rápidamente la información. De una manera que nadie podría explicar, el movimiento empezó.
Hay momentos claves que todos identifican. Por ejemplo, el 6, 7 y 8 de diciembre de 2005, cuando la policía agredió a un grupo de manifestantes pacíficos y en unas horas bloquearon por completo el valle: la gente salió a cerrar carreteras, la vía del tren, todo, hasta que liberaron a sus compañeros.
Alberto, Leonora, Claudio, Sandra, Nicoletta, Bruno… Hay nombres de algunas personas que quizá son más visibles que otras. Pero no hay héroes ni líderes. Es la gente, los hombres y las mujeres ordinarios, que se plantaron radicalmente ante el poder y en el camino inventaron al sujeto social que comienza en todas partes a formar una nueva sociedad.
El Comité del Hábitat fue durante mucho tiempo un núcleo de información y gestiones. Pero se han multiplicado los comités, que se pueden formar en cualquier momento por iniciativas diversas. Periódicamente realizan asambleas comunales, enteramente abiertas, en que todas y todos pueden participar. De vez en cuando organizan una asamblea de todo el valle. Abierta. Sin controles. Sin votaciones. Basada siempre en la búsqueda cuidadosa del consenso.
El NO TAV, no al tren de alta velocidad, es sólo el símbolo generalizado de una lucha muy compleja. Se rechaza mucho más que el tren. Se quiere detener la locomotora enloquecida del progreso científico-tecnológico, de la velocidad, de las obras inútiles, del autoritarismo. Se quiere salir del lodo social y político en el cual, como en México, no es posible distinguir el mundo del crimen del mundo de las instituciones. Todo mundo sabe de los intereses de la mafia involucrados en el proyecto y cómo los miles de toneladas de cemento de la autopista sirvieron para lavado de dinero…
Me llevaron a un presidio y me mostraron varios. Con ese nombre peculiar designan ciertos puestos de control de la sociedad civil. Son pequeñas construcciones en que se instalan a observar lo que pasa –por ejemplo con las máquinas para la obra protegidas por la base militar. O bien se asientan ahí algunos para empezar a vivir de otra manera, más allá del individuo y la mercancía, y mostrar el sentido de la lucha.
Se olfatea zapatismo en todo el valle.Aquí manda el pueblo y el gobierno obedece, hizo grafitear un síndico en toda su comuna. Se extiende la afirmación de dignidad. Se cuida la red de relaciones, la fiera autonomía, la solidaridad, la interacción social. En Túnez, en el Foro Social Mundial, se acaban de unir a la Red Europea contra las Obras Inútiles. Aunque el rechazo radical a estas obras es motor de movimientos bien localizados, en Val de Susa saben bien que la lucha no es por los metros que se expropiarían para el tren o por los daños al ambiente. La defensa del territorio es un acto de soberanía popular en que se defiende mucho más que la tierra. Y la resistencia, que dura ya un cuarto de siglo, se asienta claramente en el intento de crear una nueva sociedad. En una revolución.
Art. aparecido en La Jornada.

lunes, 25 de marzo de 2013

Nosotros decimos REVOLUCIÓN.


BEATRIZ PRECIADO, filósofa, directora del Programa de Estudios independientes, Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba)

Parece que los gurúes de la vieja Europa colonial se obstinan últimamente en querer explicar a los activistas de los movimientos Occupy, Indignados, handi-trans-pedegouine-intersex y post pornos que no podemos hacer la revolución porque no tenemos una ideología. Dicen “una ideología” como mi madre decía “un marido”. Ciertamente, nosotros no tenemos necesidad de una ideología, ni de marido. Las nuevas feministas no tenemos necesidad de maridos porque no somos más mujeres. Como no tenemos necesidad de ideología, porque no somos más un pueblo. Ni comunismo, ni liberalismo. Ni  la abstención católica-musulmana-judía. Nosotros hablamos otra lengua. Ellos dicen representación. Nosotros decimos experimentación. Ellos dicen identidad. Nosotros decimos multitud. Ellos hablan de controlar los barrios. Nosotros decimos mestizar la ciudad. Ellos dicen deuda. Nosotros decimos cooperación sexual e interdependencia somática. Ellos dicen capital humano. Nosotros decimos alianza multiespecie. Ellos dicen carne de caballo en nuestros platos. Nosotros decimos montar en los caballos para escapar juntos del matadero mundial. Ellos dicen poder. Nosotros decimos potencia. Ellos dicen integración. Nosotros decimos códigos abiertos. Ellos dicen hombre-mujer, blanco-negro, humano-animal, homosexual-heterosexual, Israel-Palestina. Nosotros decimos que tu sabes bien que tu aparato de producción ya no camina más… ¿Cuántos Galileos serán necesarios esta vez para aprender a nombrar las cosas por nosotros mismos? Nos hacen la guerra  económica a golpe de machete digital neoliberal. Pero nosotros no vamos a llorar por  el fin del Estado-benefactor, porque el estado-benefactor era también el hospital siquiátrico, el centro de inserción de los discapacitados, la prisión, la escuela patriarcal-colonial-heterocentrada. Es tiempo de poner a Foucault en la dieta de los handi-queer y escribir la Muerte de la clínica. Es tiempo de invitar a Marx a un taller eco-sexual. Nosotros no queremos el estado disciplinario contra el mercado neoliberal. Ambos han alcanzado un acuerdo: en la nueva Europa el mercado es la única razón gubernamental, el estado deviene el brazo punitivo cuya única función será recrear la ficción de la identidad nacional para el terror de la seguridad. No queremos definirnos ni como trabajadores cognitivos, ni como consumidores fármaco pornográficos. No somos Facebook, ni Shell, ni Nestlé, ni Pfizer-Wyeth. No queremos producir franceses, menos aún europeos. No queremos producir. Somos la red viviente descentralizada. Rechazamos una ciudadanía definida por nuestra fuerza de producción o nuestra fuerza de reproducción. Queremos una ciudadanía total definida por compartir  las técnicas, los fluidos, las semillas, el agua, los saberes… Ellos dicen que la nueva guerra propiamente se hará con los drones. Nosotros queremos hacer el amor con los drones. Nuestra insurrección es la paz, el afecto total. Ellos dicen crisis. Nosotros decimos revolución.
   
Traducción: Cesar Altamira.

domingo, 3 de febrero de 2013

Del fin de las izquierdas nacionales a los movimientos subversivos en Europa


Toni Negri

I- Cuando se habla de mundialización de los mercados, se habla también de la limitación impuesta a la soberanía de los Estados-Nación. En Europa occidental, el error fundamental de las izquierdas  nacionales ha sido no entender que la mundialización era un fenómeno irreversible.
Hasta la caída de la Unión Soviética, el liderazgo estadounidense había consistido – con prudencia, pero también con una constancia evidente – en combinar las especificidades nacionales de los países pertenecientes a las alianzas occidentales (especialmente de la OTAN) y la continuidad del imperialismo clásico, reuniéndolos alrededor de un antagonismo respecto al "socialismo real". A partir de 1989, una vez que el bloque soviético se derrumba, el hard power americano fue reemplazado poco a poco por el soft power de los mercados: la libertad de comercio y la moneda han condicionado los viejos instrumentos de poder – el poder militar y el de la policía internacional-; y el poder financiero y la gestión autoritaria de la opinión pública han determinado, por otra parte, el campo donde se iba a ejercer de ahora en más la nueva acción liberal de sostenimiento a la política de los mercados. El neoliberalismo se ha organizado muy fuertemente a nivel mundial: gestiona hoy la crisis económica y social en beneficio propio y tiene muy probablemente ante sí, un brillante futuro… A menos que – en la medida que una transformación democrática y pacífica de los actuales fundamentos políticos del neoliberalismo no resulta imaginable a un nivel mundial – no se den rupturas revolucionarias.
Paralelamente a esto, desde 1989, precisamente cuando el sistema capitalista en su forma neoliberal se reforzaba,  la desbandada de las fuerzas políticas de izquierda se profundizaba. No solamente las fuerzas dogmáticas, en nombre de una supuesta fidelidad a formas ideológicas arcaicas, han renunciado a toda comprensión de la lucha de clases en un mundo profundamente transformado por la mundialización y la mutación de los modos de producción, sino que una nueva corriente de pensamiento y de acciones de tipo socialista, tras la idea de tener en cuenta la novedad de la situación, se arriesgaba a evidentes alianzas con el neoliberalismo. Los procesos de unificación del continente europeo y las instituciones donde se desarrolla el debate sobre la constitución europea han constituido un lugar ejemplar del vacío y de la impotencia política de la izquierda – tanto en su variante "tercera vía a la Tony Blair" (cuyas orientaciones fueron rápidamente identificadas con la voluntad explícita de estructurar políticamente la Europa de manera neoliberal), como bajo formas contrarias: impotencia de los grupos que han ocultado, detrás de sus negativas a la unidad y al desarrollo de las instituciones europeas, su incapacidad para construir una línea que sea alternativa a la del neoliberalismo. Esto habría querido decir poner en discusión el Estado-nación, el derecho internacional público y el sistema administrativo de la modernidad capitalista. El fracaso de esas fuerzas, tomadas en su conjunto, ha sido enorme.
Si queremos reanudar el debate, es preciso entonces preguntarse cuáles son las condiciones teóricas y políticas que permiten reabrir una perspectiva de lucha sobre el terreno realista de la construcción subversiva de una Europa unida. Es una cuestión planteada hoy por los movimientos que aprenden a luchar contra la crisis a nivel europeo.

II. ¿En qué consiste el capitalismo financiero y/o biopolítico? Consiste en la subsunción de la sociedad – más exactamente aún, de la vida misma – bajo la dominación del capital. ¿Cómo se ejerce el mando de los mercados sobre la estructura de la sociedad? No puedo naturalmente detenerme en este punto; me limitaré a decir que este poder funciona a través de un uso cada vez más importante del control monetario, control monetario cuya finalidad es la acumulación de la renta financiera. Ésta reorganiza las relaciones productivas y reproductivas según las pautas de profundización e intensificación de los dispositivos de explotación, hasta tomar algunas veces la forma de una verdadera nueva acumulación primitiva, retomando los términos de Marx. Los mercados financieros, que buscan la máxima valorización, prefieren, por una parte, las industrias de la "producción del hombre por el hombre”, es decir el Welfare, los servicios productivos metropolitanos incluidos los servicios informáticos; y por otra parte, la minería, la energía, las industrias del agrobussiness y todas las que generalmente se aplican en la naturaleza…
Con frecuencia, se trata, ya he dicho, de una nueva figura de la acumulación originaria, donde la apropiación capitalista incorpora la puesta en trabajo, y por tanto la explotación del bios (es decir de la vida humana, a la que se debe añadir el medio ambiente natural donde la vida se desarrolla y con el que interactúa); alcanza también la captación del valor expresado por la sociedad en general, que se halla de repente desposeída. Una primera definición de este "común” que los movimientos buscan en la actualidad, podría pues, paradójicamente, consistir en lo siguiente: la inversión comunista de la apropiación capitalista en toda su extensión.
Lo que me parece interesante hacer es estudiar las contradicciones que han surgido en este terreno, a menudo un poco caótico por el ataque neoliberal y que han sido puestas en evidencia por los movimientos. Se trata de contradicciones difícilmente superables, que el poder tiende a administrar a través de una governance fuera de toda normativa, por un gobierno establecido de excepción de larga duración y destinado a volver a refundar la sociedad en su conjunto. Las contradicciones en cuestión pueden ser identificadas como sigue:

A. Una primera contradicción se refiere a la producción. Si por un lado el capitalismo financiero representa la forma más abstracta y más delegativa del poder, por otra parte, paradójicamente, el capitalismo financiero es el capitalismo que más inviste materialmente a la vida en su conjunto. La “reificación” de la vida y la “alienación” de los sujetos son impuestas a la fuerza de trabajo cognitiva por un mando productivo que parece haberse convertido, en tanto que poder financiero, en algo absolutamente trascendente. La fuerza de trabajo cognitiva, que está obligada a producir  plusvalor precisamente, en la medida en que ella es cognitiva, inmaterial, creativa, no inmediatamente consumible, es en realidad productiva en sí misma, de manera autónoma. Trascendencia financiera contra autonomía productiva, he aquí la primera contradicción.
 En la medida que la producción se basa principalmente en la "cooperación social” (independientemente de cuáles sean los ámbitos, desde los servicios hasta la informática o las actividades de cuidado, etc. ), la valorización del capital no tropieza simplemente con el "capital variable” masificado, sino con la resistencia y la autonomía de un proletariado que representa en sí mismo hoy en día una parte del “capital fijo”. En efecto, la nueva calidad social de la producción y las características cognitivas de ésta han transformado a los trabajadores en "sujetos maquínicos" que poseen una capacidad "relativa", pero permanente, para organizar de manera autónoma sus propias redes sociales de trabajo. No se puede dejar de incorporar la evidencia de esta contradicción.

B. La segunda paradoja está referida a la propiedad. La propiedad privada (aquella que definimos como tal desde el punto de vista jurídico) tiende a estar sujeta cada vez más a la forma de la renta. Hoy, la renta nace principalmente de los procesos de circulación monetaria que tienen lugar en los servicios del capital financiero y/o en aquellos del capital inmobiliario, o en los procesos de valorización que tienen lugar en los servicios industriales.
Pero cuando los bienes (privados) se presentan como servicios, cuando la producción capitalista se valoriza principalmente a través de los servicios, la propiedad privada tiende a matizar los rasgos que la caracterizaban tradicionalmente en tanto que “actos de posesión” y a presentarse, más bien, como el producto de esta cooperación social que constituyen los servicios; y los vuelve productivos. Para los patrones el problema deviene en devolver a la propiedad privada esta función fundamental (en la organización social) de la que el capitalismo tiene necesidad. Si la propiedad se socializa progresivamente, ¿cómo hacer para darle esta calidad al comando privado?
A esta cuestión, los capitalistas responden con la hipocresía que los caracteriza: son los poderes públicos quienes deben hacerlo. Pero en las sociedades post-industriales, la mediación pública de los relaciones de clase se vuelve cada vez más difícil – es en realidad lo que nos muestra muy bien la crisis: la soberanía ciertamente ha sido privatizada (patrimonializada,  podría decirse, por el capitalismo financiero) pero la paradoja es que, de manera absolutamente simultánea, la propiedad privada se disuelve presentándose cada vez más como el uso de un servicio, y no más como posesión de un bien. El “soberano público" no debe afrontar más ahora a las corporaciones, a los sindicatos, a los órganos colectivos de trabajo (que, dicho sea de paso, se presentan ellos mismos como sujetos privados), sino a la cooperación y a la circulación social de subjetividades que se componen y se recomponen permanentemente, tanto en la producción material como en la producción cognitiva. En suma, se enfrenta a lo que llamamos el “común”.
Por “común”, por tanto, debemos aquí reconocer que hoy, la producción se realiza de manera cada vez más cooperativa. Si bien esta cooperación es naturalmente comandada por el capital financiero, es también accionada inmediatamente por las nuevas figuras de la fuerza de trabajo cognitiva, es decir por las mismas potencias sociales que en otras épocas se conocía como la “clase obrera”. Y quiero subrayar aquí una vez más ésto: cuando se habla de fuerza de trabajo cognitiva, se habla en realidad de una nueva calidad de la producción, de un nuevo rostro de los procesos de valorización, de una nueva organización del trabajo, que surgiera después de 1968; pero se habla también de algunos aspectos, cada vez más centrales, de la propia producción material donde, pese a las apariencias, el trabajo cooperativo, o bien la introducción de elementos inmateriales, informáticos o lingüísticas, está hoy cada vez más generalizada.
Hay pues una progresiva "patrimonialización privada" de los bienes públicos que, simultáneamente, destruye la institución de la propiedad pública y hace valer la ideología de la propiedad privada; es a partir de esta combinación que se crea la deriva ahora permanente de la gestión de lo público del lado de los procedimientos de excepción, el deslizamiento de esta excepcionalidad en la corrupción, y la destrucción del común por los poderes de excepción.
El "soberano público" no existe ahora más que de una manera paradójica, y tiende a borrarse ante un "común" que surge, por el contrario, del interior de los procesos de producción social y de esta cooperación que representa el corazón de la valorización. Este común es precisamente lo que es directamente captado por los poderes financieros, por el mercado mundial: Hic Rodhus, Hic salta.

C. La tercera paradoja corresponde al bio-capital, desde el momento que entra en relación con el cuerpo de los trabajadores. Aquí, el enfrentamiento, la contradicción, el antagonismo aparecen de manera absolutamente clara, en la medida en que el capital (en la fase post-industrial, en la época en que la producción cognitiva se ha convertido en hegemónica) debe poner directamente en producción a los cuerpos humanos, que no son sólo mercancía trabajo, sino que se transforman en portadores de saberes productivos y operadores-maquínicos. Significa que en los nuevos procesos de producción, precisamente porque los cuerpos están cada vez más y más eficazmente especializados, han adquirido una autonomía relativa. Al mismo tiempo, la resistencia y las luchas de la fuerza de trabajo maquínica responden paradójicamente a la exigencia capitalista de una explotación de la producción del hombre por el hombre, es decir para la máquina-viviente “hombre”. Es precisamente sobre esta mutación que se aplica la explotación del capital financiero y a la que busca gobernar.
En efecto, en el momento en que el trabajador se apropia de una parte del “capital fijo” y se presenta
1) de manera variable, a menudo caótica, como actor cooperante al interior de los procesos de valorización, como “sujeto precario”; pero también por otra parte,
2) como un “sujeto autónomo” en el proceso de valorización del capital, en ese momento, por lo tanto, se produce una total inversión en la función del trabajo con relación al capital. El trabajador ya no es más sólo el instrumento que el capital utiliza para conquistar la naturaleza – lo que quiere decir banalmente producir mercancías; sino que en el trabajo cognitivo y cooperativo, el trabajador, - habiendo incorporado en sí mismo el instrumento de producción (del capital) y habiéndose metamorfoseado, desde el punto de vista antropológico-, reconquista el "valor de uso”,  -actuando de manera “maquínica”,  de manera autónoma y en oposición con relación al capital-, alcanzando una autonomía y una oposición que tienden a devenir completas. Entre esta tendencia objetiva y los dispositivos prácticos de constitución de este trabajador maquínico  toma lugar una nueva forma de lucha de clases  que ahora podemos calificar de biopolítica.

En el desarrollo del capital, estas tres paradojas, que acabo de poner de relieve, permanecen abiertas. Más aún, se trata de contradicciones que se han visto acentuadas por la crisis actual. Por consiguiente, mientras más se fortalece la resistencia, mayor es la tentativa de restauración del poder  por parte del Estado (en tanto órgano del capital),  y tanto más decisivo deviene el uso de la violencia. Toda resistencia es condenada como ejercicio ilegal de un contrapoder; toda manifestación de rebelión es considerada como un momento de devastación o saqueo. Más aún, como efectos posteriores y como pura mistificación, al ejercitar la máxima violencia el capital y su estado deben manifestarse como figuras necesarias y neutras. Hoy, el máximo de violencia es, por lo tanto, ejercitado a través de instrumentos y de órganos calificados como "técnicos”. Recordemos que Margaret Thatcher proclamó en su momento: "No hay alternativa".

III. Si, en el proyecto neoliberal de estabilización y en la crisis de éste, ésa es la constitución política del presente, es evidente que los movimientos de resistencia no pueden dejar de expresar su indignación, su rechazo, su rebelión. Es así que emerge el deseo de construir nuevas instituciones que puedan corresponderse con la potencia social de la cooperación productiva. Retomemos entonces los terrenos sobre los que las contradicciones, que he tratado de formular hace un momento, se presentan.
1-a. Si uno se enfrenta a la “paradoja de la producción”, se trata de retomar el viejo tema del programa comunista – aquel de la "auto-valorización” obrera y proletaria-, sobre la reapropiación  progresiva, de manera cada vez más cierta, del capital fijo empleado en el proceso productivo social – precisamente contra la multiplicación de las operaciones de valorización-captura-privatización que el capital financiero pone en práctica. Reapropiarse del capital fijo, significa construir el "común" – un conjunto organizado contra la apropiación capitalista de la vida, un común entendido como desarrollo de los "usos” cívicos y políticos y como capacidad de gestión democrática y autónoma, desde abajo. La reconquista del saber y del ingreso son objetivos que califican de manera primaria al trabajador cognitivo; se trata, en primer lugar, de objetivos políticos, exactamente de la misma manera en que la lucha contra la reducción del salario relativo – nos recuerda Rosa Luxemburgo – cito – la "Lucha contra el carácter de mercancía de la fuerza de trabajo, contra la producción capitalista adoptada en su conjunto” – constituían la política del trabajador industrial. Cito nuevamente a Rosa Luxemburgo: "La lucha contra la caída del salario relativo no es más una batalla sobre el terreno de la economía mercantil, sino un ataque revolucionario al fundamento mismo de la economía; es el movimiento socialista del proletariado" – fin de la cita. Por consiguiente, es sobre este punto, que deben ser retomadas, estudiadas e incorporadas las experiencias realizadas por ejemplo en Italia, en la agitación militante que rodeó a los recientes referendos, en particular sobre la cuestión de la gestión del agua, a fin de permitir la recuperación de esta nueva figura jurídica que son los "bienes comunes".
1-b. Volvamos a la “paradoja de la propiedad”. Si se desea ir en contra o, más allá de la propiedad privada, los movimientos necesitan desesperadamente sumergirse en este contexto contradictorio, hecho en gran parte a base de servicios y redes sociales, que estructura hoy la cooperación productiva. Se trata al mismo tiempo de situarse a la vez "en y contra" de las instituciones del poder público. Dos líneas principales se entrecruzan entonces: la primera debe oponerse a la función represiva – inerte y por tanto feroz – de los poderes públicos frente a las luchas de reapropiación; la segunda se opone al rol y al poder de la moneda. En el primer caso, la capacidad de romper con la governance neoliberal – por ejemplo, en la variante que presentan los supuestos “gobiernos técnicos" – es absolutamente fundamental. Ya he dicho en qué medida se trataba de una farsa. Pero también hemos debatido en muchas ocasiones para saber si era posible imaginar, a partir de los enfrentamientos que los movimientos ponen en práctica alrededor de la cuestión de la governance pública, el surgimiento de una especie de “dualismo del poder”; y el problema permanece hoy en día enteramente – dudo, sin embargo, que se pueda resolver de manera puramente abstracta, fuera de la dimensión de las luchas. Es sobre este punto, precisamente en relación con la intensidad de las luchas que se desarrollan en torno del tema de los usos del común, que debemos lanzar una propuesta: aquella de  los nuevos principios constitucionales, de nuevos derechos y de una nueva legalidad – el común, un ingreso universal, la negativa de la deuda y de la insolvencia, la libertad de movimiento de los hombres y mujeres, el ejercicio cooperativo del saber, el Commonfare, la reapropiación de la moneda. Me referiré nuevamente a todos estos puntos en mi conclusión.
Vayamos entonces al segundo tema – afrontar, a través de los movimientos, la cuestión de la moneda. Es evidente que si la moneda es un medio de cuenta y de intercambio difícilmente eliminable, es por la posibilidad que tiene de ser un instrumento de estructuración de la división social del trabajo y de la acumulación de poder patronal, contra el interés de los productores reales; aunque es precisamente por ello que se le debe arrebatar. Es preciso impugnar la independencia del Banco Central Europeo: el BCE debe estar sujeto a la necesidad de la "producción del hombre por y para el hombre” y sometido  a un proyecto estratégico de redefinición de los equilibrios sociales biopoliticos.  El problema no es tanto distinguir los “bancos de depósito” de los “bancos de inversión” sino el de canalizar el ahorro y la inversión hacia los equilibrios que garanticen la producción del hombre por el hombre. Esta es la batalla que los movimientos políticos más maduros han entablado. Ésta consiste – sin arrepentidos ideológicos ni vacilaciones – en impugnar y sabotear la governance monetaria del biopoder, es decir en introducir, cada vez que sea posible, reivindicaciones y rupturas expresadas de manera radicalmente democrática, por abajo. Es necesario comenzar a preguntarse lo que podría ser una "moneda del común" y desarrollar la hipótesis de que esta moneda debería garantizar la reproducción social, la cantidad de ingresos necesarios a cada ciudadano y el sostenimiento de las formas de cooperación que forman la estructura de la división del trabajo de la multitud productiva.
1.c Volvamos finalmente a la última de las "paradojas", a la  que anuda de conjunto el bio-capital y el cuerpo de los trabajadores. Aquí, esta contradicción no podrá ser disuelta a no ser que se elimine al capitalista. Esta contradicción dolorosa nace en efecto del hecho de que el capitalista no puede dejar de explotar al trabajador si quiere obtener el beneficio y que, sin trabajo vivo, no hay producción ni riqueza que dispongan.
Pero éste es el terreno mismo de la política. Del lado del poder del capital, nos situamos en el lado de la decisión sobre los indecidibles, con la incertidumbre propia de encontrarse en el medio del torrente suspendido entre fascismo y democracia.
Pero, por otro lado, es también el terreno constituyente del conjunto de los cuerpos-máquina, singulares y poderosos, en el ejercicio de la lucha de clases. Para todos esos cuerpos, hacer política, significa constituir “institucionalmente” la multitud, es decir extraer las singularidades de su soledad para vincularse y establecerse en la multitud; brevemente,  transformar la experiencia social de la multitud en institución política.
Es por ello que los movimientos actuales piden, de manera cada vez más impetuosa, superar el modelo constitucional de la modernidad – el de los siglos XVIII, XIX y XX-, es decir ese modelo constitucional que borraba toda traza de poder constituyente luego que la fase revolucionaria se hubiera terminado. De manera más realista, es preciso afirmar, por el contrario, que hoy el poder constituyente no puede ser circunscripto a la reconstrucción del Uno del poder. Ya no se rebela para tomar el poder, sino para mantener la apertura del proceso de contra-poderes, y para desafiar los dispositivos de captura que la máquina capitalista no deja de inventar. La experiencia de las luchas nos ha enseñado que la representación política siempre termina por entrar en crisis porque (atraída por el mecanismo de la soberanía, destilada en la alquimia electoral, a la vez mágica y putrefacta, que conocemos bien), no logra estar  a la altura de la verdad y de la riqueza permanentemente renovadas en la composición social de la clase de trabajadora. Desde la primavera de 2011, todos los movimientos han expresado su deseo de una “contra-democracia” conflictiva, alimentada por reivindicaciones y protestas, resistencias e indignaciones, y un "basta" al constitucionalismo "normativo”.  Estos movimientos formulan la exigencia de constituciones democráticas biopoliticas  que no se transformen inmediatamente, tras el filtro de la  legalidad y de la formalidad jurídica, en mecanismos de opresión; sino que sepan, por el contrario, intervenir, a través de la inversión del "dinero común”, a fin de reequilibrar constantemente las relaciones sociales  colocando a los pobres en el lugar de los ricos. En suma, creando una vida del hombre al servicio del hombre.
Habría que afirmar aquí, muy claramente, aquello que dicen todos los premios Nobel de economía del mundo: que una productividad creciente sólo puede lograrse, en y por una sociedad igual y libre, a través de una sociedad de la “denegación del trabajo" – si por "trabajo" se entiende lo que hasta ahora se concibe: servidumbre laboral y trabajo asalariado. Debemos liberar el trabajo de las Formas históricas en las que ha sido confinado.

IV. Mientras más avanza la crisis y maduran los movimientos, más se siente que algo decisivo está por producirse en la conciencia de los trabajadores. Resulta banal decir que el siglo XX ha terminado, sobre todo cuando esta frase sirve para borrar el recuerdo de las formidables experiencias de lucha obrera y de los intentos de construcción de una nueva sociedad que las atravesaron. El hecho de que estos intentos hayan fracasado – no en un día sino, precisamente, en un siglo – no quiere decir que el potencial se haya agotado. Por el contrario, el "viejo topo” ha seguido excavando su propia esperanza. ¿Es que resulta necesario recuperar la experiencia socialista? Sí, a condición, sin embargo, de insertarla en una nueva teoría, en una nueva estrategia… es lo que hacen los nuevos movimientos hoy.
Dirijamos ahora nuestra atención hacia lo que hacen estos movimientos que luchan en la crisis, y contra la crisis. Trabajando así es como podremos estudiar los procesos de subjetivación que surgen en este contexto, y buscar comprender cuáles son las condiciones favorables, o, por el contrario, las condiciones que constituyen un obstáculo, que permiten o bloquean  una política del común. Primera medida. Las referencias sistemáticas a las reformas constitucionales propuestas a nivel europeo desempeñan, sin duda aquí, un obstáculo. Lo que interesa, por el contrario, a los movimientos es preguntarse cuáles son las acciones políticas que pueden ser aplicadas para promover los procesos de subjetivación adaptados a un nuevo proyecto subversivo y comunista. Y, siempre que se examinan los movimientos, se puede determinar un primer grupo de acciones que se podría reunir bajo una misma etiqueta: la insolvencia. Estas luchas, contra la deuda y en favor de un ingreso de ciudadanía, reanudan las viejas luchas por el salario relativo pasando a ser luchas revolucionarias en la medida en que ponen en cuestión la medida del trabajo. En este mismo terreno, se encuentran toda una serie de experimentos y de intentos de construcción de una teoría y práctica de la “huelga precaria”; se trata de comprender cuáles son las luchas que pueden "hacer mal" al patrón bajo las nuevas condiciones de explotación social a partir de esta condición de precariedad impuesta a los trabajadores. Las luchas que están incorporando los espacios, las plazas, los teatros, los centros sociales, los squats  que los transforman en lugares de organización se ubican en este lugar, así como las luchas que bloquean la logística del comercio de mercancías, que nunca ha sido tan central como hoy en el proceso de acumulación social; o aquellas que impiden las “grandes obras de interés público”, que no tienen de público más que la enorme fuerza destructiva de los equilibrios civiles y ecológicos que utilizan, y donde no se trata en realidad de otra cosa más que de facilitar la corrupción y el enriquecimiento privado…
Pero entran también, sobre todo, aquellas iniciativas que consiguen retomar y/o a mutualizar de manera alternativa la gestión de los nodos fundamentales del Welfare, de la educación, de las políticas de vivienda, etc. En este caso se lucha alrededor del salario directo y/o indirecto de los trabajadores, integrando no sólo la cantidad monetaria sino también la calidad social.

Destitución. Es éste el segundo terreno sobre el que se mueven hoy las luchas. Lo primero que podemos decir es que se refiere a los intentos de  destituir a los sectores del comando capitalista. En el neoliberalismo, el caos social y jurídico se considera normal. Asumirlo transformando la governance, de momento de litigiosidad en momento de contra-poder,  es lo que cualquier fuerza de oposición al neoliberalismo debe tratar de hacer. Hemos visto, en América Latina, ejemplos de movimientos revolucionarios (trabajadores y/o indígenas, y, en la actualidad, estudiantes) que durante mucho tiempo construyeron y finalmente impusieron su agenda a los gobiernos. En Europa, no será fácil repetir esa experiencia; pero se trata, al menos de probar, sin creer siempre que esta capacidad de ruptura pueda consolidarse bajo formas de mecanismos de contra-poder estable. Aquí, el efecto destituyente es aún prominente con relación a la dimensión constituyente.
Algunos objetarán entonces: "¿estos movimientos no son inútiles, y a veces incluso peligrosos, porque las revueltas y los disturbios no crean instituciones?". Estos discursos no son honestos, cuando menos, son abiertamente provocadores; se basan implícitamente en que las revueltas(riots) y los disturbios no pueden crear instituciones. Una vez más, rebatimos. Por el momento no lo hacen simplemente porque el efecto destituyente es aún propedéutico y dominante. Esto no significa que no puedan hacerlo. Siempre sobre este terreno de actividad destituyente, existe otro ámbito de lucha que los movimientos recorren y que consisten en las acciones contra la estructura constitucional del biopoder capitalista. El tema, en este caso, es el del desarrollo de un poder constituyente democrático, de masas, multitudinario.
Estos terrenos de investigación y de lucha han sido identificados a nivel urbano, en las grandes ciudades. Donde, en el pasado, correspondía a la fábrica centralizar la organización del trabajo, hoy, es la metrópoli quien ejerce esta tarea: es la metrópoli quien centraliza las redes de cooperación del trabajo, sea cognitivo o no, y que, a través de dichos contactos aumenta los niveles de tensión y de fusión de la producción y de la lucha. Sobre el terreno metropolitano, se encuentran pues, cada vez más, lugares de reunión, de la militancia, de organización del trabajo, material e inmaterial, del trabajo y del no trabajo, de la cultura y de culturas (en particular debido a los inmigrantes) que se organizan. En síntesis, lugares de organización de las luchas y de recuperación de lo producido por el general intelect. ¿Es posible comenzar a construir instituciones de autogobierno que pongan en práctica formas de una "nueva mutualidad”, de una nueva tutela social contra los efectos más violentos de la crisis? En muchos casos, esto es lo que ocurrió. Y también, junto con esos elementos de apertura que podemos definir como “intensivos" (es decir orientados hacia el interior del tejido social), también hay que poner a prueba un dispositivo “expansivo” de apertura extensiva: sólo la concatenación, la articulación de las movilizaciones de los diversos países de Europa podrá determinar un efecto real y continuo sobre las políticas de crisis que hoy estamos experimentando.
Comunización, para terminar. Es aquí donde comienzan a jugar las iniciativas constituyentes. En Italia, por ejemplo, los movimientos han intentado avanzar en este sentido. De lo público a lo común: la vía es aquella que afirma el derecho de acceso al común, que busca realizar el deseo del común que anida en el corazón de los trabajadores. Comunalizar significa, en fin, construir nuevas instituciones del común, y, en particular, la  “moneda común" que permitirá a los ciudadanos producir con toda libertad y bajo el respeto de la solidaridad.
Después de todo ello, la alternativa resulta evidente. Por un lado, existe el biovalor captado, mejor dicho extraido a la sociedad en su totalidad por el capital; y su forma monetaria, su estructuración, pensada totalmente en función de la explotación de la sociedad. Por otra parte está la pregunta: ¿Qué sentido puede tener, en este nivel, la construcción de una alternativa revolucionaria? Su sentido es el siguiente: liberar la potencia de la fuerza de trabajo de la dominación capitalista, imponer la igualdad como condición de la libertad. Y planteando todos estos elementos, en particular los que se refieren a la moneda, estamos regresando al punto de partida: ¿qué hacer en relación a Europa? Mejor dicho, ¿cómo se comportan los movimientos con relación a Europa? Me parece absolutamente claro que la Unión Europea es necesaria e irreversible. Una trayectoria política carente de dimensiones continentales es hoy algo imposible en el seno de la mundialización. A veces, los movimientos, ellos mismos, parecen no tener una clara conciencia de esta lectura. Resulta necesario construir nuevos modelos de solidaridad, nuevos proyectos de ligazón, que sepan agenciarse entre sí y negociar las diferencias geográficas fragmentadas. No pienso aquí solamente en los antiguos Estados-nación, sino en las historias muy diferentes de los movimientos actuales. La urgencia de las luchas lo exige, sobre todo cuando el tema constituyente pasa a ser central. Para cumplir este programa, es preciso por lo tanto desarrollar una búsqueda continua, evitando el calendario institucional europeo y las campañas electorales que nos son continuamente propuestas. El corazón de la discusión consiste hoy, sin duda, en pensar en una acción contra el Banco Central Europeo, en la medida que es el BCE el que encarna, a su manera, el Palacio de Invierno hoy en Europa.

Texto presentado en la Universidad de París 8-Saint Denis, el 18 de enero de 2013.
Traducción: César Altamira.


miércoles, 2 de enero de 2013

Argentina y la rebelión de los “ni ni”


Cesar Altamira (Arg.)

            "Las pérdidas son cuantiosas" dice un comunicado de la CAME (Confederación Argentina de la Mediana Empresa): "en 40 de las ciudades afectadas, hubo 292 comercios saqueados con pérdidas estimadas en 26,5 millones de pesos" (unos seis millones de dólares al cambio oficial). "Pero la cantidad de comercios afectados superaría los 500 cuando se agregan locales comerciales que, si bien no fueron saqueados, quedaron expuestos a roturas de vidrios y otro tipo de daños significativos", añadió. Tal es el saldo de dos días de asaltos a supermercados y pequeños comercios de comestibles, en especial los supermercados chinos. Dos días de una furia impensable en ciudades del pais. Desde Bariloche hasta la provincia del Chaco, pasando por Rosario y Gobernador Gálvez de la Provincia de Santa Fé; Neuquén y Viedma (ciudades del sur del país); la ciudad de Campana distante unos 70 km de la Capital Federal e importantes ciudades del conurbano bonaerense, San Fernando, Tigre, La Matanza, Jose C. Paz, San Martín, Malvinas, La Plata etc. Agitados días pre navideños fuera de agenda para cualquier analista político, la oposición y, más aún, para el gobierno. Éste, ante la contingencia respondió con desatino: desde responsabilizar a los dirigentes de la CGT opositora, el camionero Moyano, la CTA, igualmente opositora, Micheli, así como al gastronómico Barrionuevo, ex-menemista, quienes habían realizado una concentración días antes en la Plaza de Mayo tras reclamos por demandas incumplidas; hasta buscar en los narcotraficantes que proliferan en las barriadas pobres de las ciudades a los autores y principales instigadores materiales. Cualquier opositor fue tildado de responsable: "No hay que ser ingenuos, hay sectores que están intentando generar caos y zozobra en la Argentina, con el objetivo de frenar la paz social", declaró el Jefe de Gabinete Abal Medina agregando que "el conjunto de los argentinos" saben que"son hechos aislados, organizados y estructurados, que no se llevaban comida, sino LCDs", las palmas de los desatinos.El viernes por la noche haciendo zapping con el televisor era posible leer en los cinco canales pro gobierno, algunos oficiales y otros recientemente adquiridos por amigos del poder (más allá de la cacareada “democratización de la palabra” que conlleva la ley de medios):“Robos y saqueos organizados”.(resaltado nuestro)
                       
            ¿Dónde rastrear esta explosión de los pobres? ¿Cómo dar cuenta del estallido luego de casi 10 años de un fuerte crecimiento económico que disminuyó la pobreza y la desocupación acompañado por planes sociales que buscaron mitigar la precariedad laboral y la ausencia de trabajo?  ¿Acaso las políticas de inclusión social con sus planes no eran consideradas exitosas, ya por el gobierno, ya por la propia oposición, quien solo las cuestionaba debido a su carácter de supuesto clientelar? ¿Acaso alguien podía proyectar que un estallido de este tipo era posible en el verano del 2012, cuando toda la sociedad se preparaba para las fiestas? Es la previsibilidad la que estalla, mientras  la contingencia se adueña, cuando no, una vez más, del horizonte político.

            Hoy es manifiesto que un malestar profundo se gestaba entre los sectores más marginales. No fueron  pocos los referentes de las organizaciones sociales, aquellos que van y vienen todos los días chapoteando la miseria y la pobreza extrema en el conurbano, que habían advertido que los bolsones de comida, que integran algunos de los planes sociales se habían reducido en los últimos meses en cantidad y en calidad, al tiempo que las demandas de sus beneficiarios aumentaban al ritmo de una inflación que en el último año alcanzó al 25 %. Ante un déficit fiscal en aumento, el gobierno no sólo trasladó durante el año a las provincias el ajuste social, sino que, paralelamente, comenzó a administrar los planes sociales en cuenta gotas favoreciendo a los intendentes “amigos” y relegando a los no kirchneristas. Basta observar que los principales saqueos no se produjeron en los lugares más vulnerables como Florencio Varela, Quilmes o Berazategui en el sur bonaerense, sino en la zona norte del Gran Buenos Aires, relativamente más “rica” que éstos otros. Los comedores populares, que algunas de esas organizaciones sostienen, habían tenido que limitar su actividad a tres días a la semana, ante la disminución de los bolsones de comida.”Hay bronca, una bronca que el año pasado a estas alturas no se manifestaba” dicen estos referentes. Un año antes se afirmaba que “el Gobierno algo está haciendo”; “en estos días la situación ha cambiado considerablemente”. Los datos son elocuentes: los planes sociales se congelaron, salvo los ligados al Plan Argentina Trabaja que lograron un aumento que los llevó a 1.750 pesos. La canasta básica alimentaria, aquella necesaria para no ser considerado pobre, está calculada aproximadamente a  3900 pesos. Todo una manifestación de las carencias estructurales, más aún, cuando quienes perciben los planes no disponen de aguinaldo y vacaciones. Sumas todas que no alcanzan el calificativo de salario. Aunque, debemos agregar, no se trata solamente de revelar que los planes sociales son insuficientes, o que han perdido valor, y que ya no sirven como contención de los excluidos. Hay una nueva pobreza asalariada que ha vuelto a los barrios precarios porque no puede sostener los standards que alcanzaron con el empleo formal. Aunque ahora los bajos salarios precarizados compiten con las ganancias del que merca (deal) en el barrio. Se calcula que la pobreza alcanza hacia fin de 2012 al 24 % de la población.

            Llamó la atención que quienes participaron muy decididamente en la rebelión fueran jóvenes adolescentes, muchos de ellos, los de 18 a 20 años, tenían solo cinco años cuando el inicio del kirchnerismo. Los saqueos son el espejo de la desintegración, de la explosión de los más jóvenes y pobres sin futuro, de su resentimiento y frustración; de la dificultad para sostener la mesa familiar en la estructura de la sociedad; del odio a la policía y a los “cobanis”. Se trata de una juventud que carece de oportunidades de empleo, atravesada por la droga y cuya indigencia y exclusión ha crecido casi sin límites en esta década. Sin duda que a este resultado se llegó luego de un largo proceso que comenzó durante el menemato, en la última década del siglo pasado, y que se ha mantenido a contrapelo del proclamado “modelo de inclusión social”. El kirchnerismo no es responsable de su surgimiento pero sí de su permanencia y crecimiento. Juventud que testimonia la pérdida de lectura crítica y la postración ante el poder de los intelectuales kirchneristas nucleados en Carta Abierta, ausentes por lo demás en estos días, amparados casi hasta el hastío en aquella repetitiva declamación de que “queda mucho por hacer” o en aquella otra “hemos avanzado y sabemos que no es todo, pero debemos mantener el rumbo asentado en este modelo de inclusión social, mientras se muestran incapaces de generar una lectura diferente.

            Lo que ha funcionado en estos días a nivel del discurso del poder, llámese gobierno, medios u oposición ha sido el rechazo a otorgar todo valor político a lo  sucedido, más allá de las exculpaciones del gobierno. Como la sublevación no comparte ni habla el lenguaje de la representación política, entonces, o bien carece de habla y se aparece como incapaz de expresión política, o bien es estigmatizada como cruel y violenta a la que se debe responder mejorando los dispositivos de seguridad.
Se trata de un análisis que a menudo condena a quienes habitan las barriadas tras una naturalización de su “improductividad”. O bien se asocia dicha esterilidad a la vagancia natural, a la fácil elección, responsable, no sólo de la fractura social del desempleo y de la degradación de las condiciones de existencia, sino, y lo que es más brutal, interiorizada como una patología que se manifiesta bajo la forma de violencia destructiva a la que hay que temer. Se trata de una ineficacia productiva que en estos días funciona como un poderoso mecanismo de control sobre estas poblaciones, diferente al mecanismo de disciplinamiento, propio de épocas fordistas, cuando las barriadas conformaban el reservorio de la fuerza de trabajo para las ciudades vecinas. En épocas postfordistas la demanda de mano de obra no calificada ha disminuido de manera drástica. El tránsito al postfordismo podría haber sido utilizado como ocasión para transformación de la barriada. El cierre de las fábricas no puede ser interpretado como el fin del trabajo. En realidad lo que ha cambiado es la naturaleza del trabajo que tiene hoy exigencias diferentes. La modalidad de trabajo que se expande es la del cuidado personal, cuidado de niños y de ancianos, así como aquella relacionada a la de los cajeros y repositores de supermercados, de distribuidores de los fast food, de servicios de vigilancia nocturna, incluso a la de los propios trabajadores intermitentes del espectáculo en la vía pública. Y el tránsito de una modalidad de trabajo a otra en estos espacios urbanos podría haberse integrado al nuevo tipo de empleo, a las nuevas condiciones de valorización, a condición que se les hubiera otorgado saberes y formación. Es en este punto donde se observa la ausencia del estado y de las políticas públicas tendientes a la formación, enseñanza y a la recalificación de la fuerza de trabajo para adaptarla a los nuevos tiempos.
Los análisis oficiales y de la oposición, incluso los de las propias organizaciones sociales llamadas de izquierda nos reenvían a un tipo de trabajo ya superado (fordista) mientras proliferan a nivel social los nuevos trabajos de tipo comunicativo, afectivo, relacional, cooperativo y  en red. En las barriadas el desempleo de los jóvenes alcanza tasas que bordean el 30% mientras que el empleo aparece como regalo del pasado del que gozaban sus padres. Sin ninguna mención a las nuevas modalidades de trabajo se condena a los jóvenes de antemano por encontrarse incapacitados para desarrollar una tarea que hoy ya no existe.
            Hay cerca de 900.000 jóvenes, entre 18 y 25 años, llamados los “ni ni”: es decir que ni trabajan ni estudian, casi un 20 % de la población juvenil de los hogares de menores ingresos. Personas que en la vida diaria no son tomadas en cuenta ni por los medios, ni por la llamada “opinión pública”, que salieron de sus “villas” o barrios e irrumpieron en “lo público”. Todos conocían de su existencia; también están en las estadísticas y los políticos hablan de sus necesidades. Pero otra percepción se produce cuando se asumen como sujetos e irrumpen en “la política”, saliendo de cualquier posible control clientelar expresándose en acontecimientos colectivos y públicos. Son aquellos jóvenes que, cansados de buscar trabajo o de ser sometidos a trabajos indignos, ocupan las esquinas de las barriadas, tomando alcohol o consumiendo paco, aquella droga de la más baja estofa que termina quemándoles la vida. Jóvenes que necesitan del consumo de las zapatillas y de los celulares para poder presentarse en sociedad. Jóvenes que encuentran su futuro en una maternidad temprana. Las estadísticas revelan que el 30 % de las madres son menores de edad y buscan en Los Planes de Ayuda Familiar o en los 340 pesos mensuales de la Asignación Universal por Hijo la dignidad perdida.

            Esta rebelión de los “ni ni”  condiciona y molesta a los poderes reales, sobre todo porque aparece a la luz lo que permanecía oculto y nos recuerda a todos la “miseria”, la opresión y la indigencia; al semejante que padece y sufre. Frente a la incitación al consumo por los avisos con liquidaciones navideñas del 30% que bombardeaban las cabezas de muchos desamparados, atrapados por el clima de la época, se llevaron las mercaderías con rebajas del 100%.Resulta cuando menos curioso que un gobierno que ha identificado el bienestar social con una fiesta de consumo quede ciego ante esta lógica.

            Pero la rebelión manifiesta también la potencia de su accionar de vida, su capacidad y poder de movilización y de expresión Revela lo que puede un cuerpo cuando se superan determinados límites. La capacidad para sobrepasar el control del poder que intenta colarse tras los planes sociales. Indicativa también de la construcción de un poder común capaz de extenderse geográficamente sin previa organización, escapando al espacio político. Capaz igualmente de utilizar métodos comunes, que les posibilita, al menos, el poder reemplazar, aunque de manera efímera, aquella vida de la ñata contra el vidrio. Esto es, el poder acceder a los objetos de consumo que, de manera casi indecente, proliferan en los escaparates de fin de año. Es igualmente reveladora de la voluntad de los ni ni de hacer valer su propia existencia como vida social y política, como bios y no como zoe, es decir como simple animalidad, fenómeno que se produce cuando el bios se encuentra frente a problemas que hacen a la propia superviviencia, como el derecho a la alimentación. Lo que se ha manifestado en la rebelión es la voluntad indelegable de tomar la propia palabra, voluntad de devenir sujeto, sin mediaciones de su propia historia, y no solo objeto del discurso y de prácticas de otros. Nos encontramos frente a una potencia de subjetivación a partir de una dimensión del común, ligado al propio territorio y a las condiciones materiales, políticas y sociales de existencia que este último proyecta, que ha permitido por primera vez comprender que se trata de un sujeto colectivo nuevo, agenciamiento de singularidades tras la invención de un nosotros producido por un contexto de lucha.   
  
            En las barriadas hay déficit de vivienda, de transporte, de agua potable. Si los pueblos indígenas andinos acuñaron la categoría del Buen vivir, las barriadas del conurbano y de las grandes metrópolis argentinas son testigos del Mal vivir. Es decir del hacinamiento en la vivienda que potencia y posibilita todo tipo de relación incestuosa; de la existencia de trabajos absolutamente precarios tanto salarialmente, como por sus condiciones de trabajo. A esta situación se agrega el déficit de un transporte que reproduce el hacinamiento como espejo de la vivienda. Basta recordar el accidente ferroviario de la Estación Once en febrero de este año y su secuela de muertos para calificar al transporte de estas zonas.

            Las metáforas tienen un efecto tranquilizador. La expresión "marginalidad", o la misma idea de "conurbano", crea la ilusión de que estas redes operan en un exterior social y geográfico. Sin embargo, están integradas al "centro", a las metrópolis con conexiones muy visibles. Son quienes venden los nuevos servicios urbanos, los limpia vidrios de las esquinas de las grandes ciudades, quienes aún siguen cartoneando, llevando, y contribuyendo a la limpieza de las grandes urbes, el packing de los electrodomésticos y TV de 40 pulgadas. Son quienes brindan su servicio para un mejor estacionamiento vehicular en las calles de los grandes centros urbanos.

            Si el 19-20D en el 2001 fue la culminación de un ciclo de luchas que terminó con la década neoliberal iniciada por el gobierno peronista de Menem, las últimas explosiones sociales han transparentado las limitaciones y el fracaso de una política que, con rasgos neokeynesianos, impulsara otro gobierno peronista en estos últimos diez años. La ilusoria apuesta kirchnerista a la recuperación de políticas del pasado pre-globalización, como la sustitución de importaciones y el impulso al consumo, éste último emulando la lógica virtuosa del fordismo, ya no alcanzan los resultados esperados. En tiempos de capitalismo cognitivo la producción ha trascendido las fronteras fabriles, el trabajo se ha vuelto más inmaterial, comunicativo, producido en red, social, lingüístico y afectivo. Sólo a partir de reconocer esa nueva productividad social asentada en este nuevo tipo de trabajo en las barriadas será posible una  remuneración que permita ciudadanizar a los ni ni y reconocerles calidad de sujeto político en esta sociedad.

martes, 18 de diciembre de 2012

El Comunismo es la crítica radical de todo lo que existe. Entrevista a Michael Hardt


Entrevista realizada por el colectivo editorial “Praktyka Teoretyczna” con motivo de la publicación polaca del libro de Hardt y Negri, Commonwealth.

Commonwealth[1] es un intento de responder a la pregunta sobre cómo podemos examinar actualmente las condiciones y horizontes de una práctica y teoría política comunistas. No es sólo un revival exitoso de la tradición del siglo diecisiete de tratados sobre el gobierno, sino también una especie de manifesto político. Sin embargo, viendo la recepción de diferentes propuestas teóricas de izquierda en Polonia, podemos esperar una bienvenida más bien reacia a este libro en nuestro país. ¿Podrías, de alguna manera, intentar convencer a los lectores de los países post-socialistas, “decepcionados” con el marxismo como perspectiva epistemológica e ideologicamente impermeable a la mayoría de las propuestas de izquierda, para que se familiaricen con el proyecto comunista presentado en Commonwealth?

Puedo imaginar que para muchos lectores polacos el concepto de comunismo se haya vuelto tan corrupto que no quieran ni oír hablar más del mismo. Para muchas personas (en los países post-socialistas y en otros lugares), el “comunismo”, como discurso típico, significa una rígida burocracia estatal, un total control estatal de la economia y la actividad social, la supresión del disenso político, el sacrificio de los trabajadores por el bien nacional, restricciones de la libertad de expresión, etc... Para Toni y para mí, sin embargo, y para muchos otros, el comunismo significa algo completamente diferente –no la exaltación del estado, sino su abolición, no la celebración del trabajo sino su liberación, así como la experimentación de formas de libertad y de participación democrática, que van más allá de lo existente en las sociedades capitalistas contemporáneas.
Podrías preguntar, entonces, por qué no dejamos de usar el término comunismo e inventar una nueva palabra. Podría hacerse, pero entonces nos desligaríamos de una larga historia de luchas comunistas que nos inspiran y enriquecen. ¿Por qué permitir al Estado stalinista que represente y atesore toda la tradición comunista, cuando muchos comunistas han luchado contra él? Es importante para nosotros reconocer alternativas dentro de la tradición y afirmar las corrientes que más valoramos. Sentimos así la necesidad de luchar por el concepto de comunismo e insistir em lo que consideramos su adecuado significado.
Dicho esto, sin embargo, apenas utilizamos la palabra comunismo en Commonwealth o Declaration[2]. En su lugar articulamos las principales elementos que componen la teoría y la práctica comunistas sin mencionarlas. Perseguimos así la crítica del estado y la crítica del trabajo, como he dicho, junto a la crítica de la propiedad. Podría llamárseles los tres pilares críticos fundamentales del pensamiento comunista, que corresponden a tres áreas igualmente importantes de investigación y experimentación práctica: libertad, acción democrática, y multiplicidad. Esto nos lleva no a respuestas o modelos de una sociedad futura, sino más bien a interrogante. ¿Cómo podemos organizar una sociedad libre y absolutamente democrática? ¿Cómo podemos gobernarnos colectivamente a través de procesos participativos sin necesidad de líderes por encima nuestro? ¿Cómo podemos gestionar nuestra riqueza común sin las relaciones de la propiedad privada? Estas son la clase de preguntas a las que una investigación comunista nos conduce, y son también las preguntas formuladas por algunos de los más poderosos movimientos sociales actuales.

En su introducción a la edición inglesa de Marx oltre Marx (Marx más allá de Marx), Antonio Negri plantea que ser  comunista es vivir como un comunista. Él hace esta aclaración referenciada en el reconocimiento de las bases de vuestra concepción sobre la producción biopolitica, es decir, en el hecho que el límite entre producción y reproducción es hoy arbitrario y confuso (si es que alguna vez fue posible trazarlo con precisión), y que la producción no es sólo la producción de un objeto para un sujeto sino también la de un sujeto para un objeto, es decir, la producción de subjetividad. ¿Teniendo todo esto en cuenta, qué significa para ti ser comunista hoy?

Esa es una pregunta difícil. Pienso que lo que significa vivir como un comunista –o mejor, vivir una vida revolucionaria– cambia en función de las diferentes situaciones históricas. Todos nosotros probablemente conocemos amigos activistas que parecen ridículos cuando intentan imitar estilos y posiciones de revolucionarios de otras épocas y lugares –usando la boina o la barba del Che Guevara, por ejemplo, o fanfarroneando con armas o sobre la lucha armada en circunstancias en las que ya no tiene sentido. ¿Qué constituye en nuestros tiempos un modo de vida revolucionario? sea una pregunta (o la pregunta) central para cualquier persona con deseos revolucionarios.
Pero eso no responde todavía a tu pregunta. Marx nos da una aproximación en su carta a Arnold Ruge[3] diciendo que el comunismo es la crítica radical de todo lo que existe. Pienso que este es un buen comienzo y nos ayuda a evitar el dogmatismo. El comunismo es un proceso destituyente que desestabiliza no sólo las instituciones vigentes sino también las ideas dominantes. Al poder de la crítica, sin embargo, debe siempre añadirse procesos creativos de experimentación con nuevas formas de relación social, nuevos modos de vida. A los poderes destituyentes del comunismo deben añadirse procesos constituyentes. Uno de los aspectos de las acampadas y ocupaciones de 2011 que encuentro más fascinante ha sido su experimentación con nuevas prácticas, como la asamblea general y los grupos de trabajo (o comisiones). Han tenido toda clase de dificultades, por supuesto, tanto por los conflictos internos como por la represión externa, pero han creado prácticas e instituciones de autogobierno autónomo que han extendido el interés por nuevas formas de democracia.

A diferencia de las primeras partes de la trilogía [Imperio[4], Multitud[5], en Commonwealth], la cuestión urbana tiene un importante papel Incluso han urbanizado la tesis sobre la fábrica social, en concordancia con la afirmación de Harvey acerca del carácter urbano de la lucha anticapitalista (en Multitud ya hablabais sobre la urbanización de la lucha de guerrillas). Vuestro acercamiento a la ciudad, sin embargo, proviene de un contexto específico, aquellos fenómenos típicos de grandes concentraciones de población (París, Milán, New York, Buenos Aires, etc.) tales como metropolitización y sus contrapartidas, por ejemplo neoliberalización, informatización y networking. ¿Cómo llevar a cabo vuestro análisis en ciudades de mediano tamaño, que no sean ciudades metrópolis post-socialistas (con la pocas excepciones de Varsovia, Moscú, Praga y Budapest)? ¿Podemos pensarlas en términos de lugares de resistencia y de fábricas inmateriales sin fronteras? ¿Dónde veríais las líneas de resistencia post-socialista y cómo se podrían superar sus limitaciones potenciales tales como el carácter mixto de las economías del Este de Europa, la pérdida de la solidaridad de clase y la fetichización local tan frecuente en los movimientos urbanos polacos?

Creo que es importante en estas discusiones cuestionar y revisar nuestras concepciones tradicionales sobre la división entre la ciudad y el campo, entre lo urbano y lo rural. Un riesgo de nuestra discusión en Commonwealth, así como en los trabajos de David Harvey sobre la ciudad, está en no considerar o subestimar las poblaciones y luchas rurales.
Em mi opinión el criterio más importante para distinguir lo urbano de lo rural en el pensamento moderno no es la densidad de población sino su intercomunicación. Retorno frecuentemente al pasaje de Marx en el 18 Brumario sobre los campesinos, que considero emblemático. Marx intentaba entender por qué a mitad del S.XIX lós campesinos franceses eran reaccionarios y, especialmente, por qué apoyaban la dictadura. No podían actuar como clase, decía, lo que significaba que no podían actuar políticamente y en su lugar podían ser sólo representados y manipulados por los poderes dominantes. La explicación de Marx era que, dado que los campesinos franceses estaban dispersos en pequeñas propiedades a lo largo de las zonas rurales, no conseguían comunicarse entre sí, y la comunicación es necesaria para la acción política autónoma y colectiva. Aquí la falta de comunicación no es principalmente un problema de información -por ejemplo si los campesinos franceses leían los periódicos- sino, en realidad, una cuestión de los tipos de contacto e intercambio que permiten la formación de la subjetividad política. El contraejemplo en la mente de Marx, naturalmente, es el proletariado urbano que se reúne no sólo en la ciudad sino en torno a las máquinas en las fábricas, participando así de un conjunto de procesos de producción de subjetividad a través de la comunicación corporal e intelectual.
Esta distribución comunicativa, que tiene importantes implicaciones políticas, es crucial en las modernas concepciones de lo rural y lo urbano y en las teorías de las metrópolis. Está claro que hoy esta división ya no se sustenta. El tipo de comunicación requerida para la acción política colectiva existe actualmente tanto en los espacios urbanos como en los rurales. De hecho, a fines del S.XX en el contexto global de las luchas campesinas –en Latinoamérica, en el Sudeste asiático, y  en otros lugares– parece a menudo que los espacios rurales tuvieran prioridad en este sentido, y los territorios urbanos parecieran a su vez desiertos.
Por tanto, abordaría tu pregunta respecto a las ciudades post-socialistas con este criterio. ¿Cuáles son las posibilidades de comunicación y de producción colectiva de subjetividad? En estos espacios urbanos desiertos, ¿los individuos están aislados o existen circuitos culturales, sociales y políticos articulados a través del territorio urbano en redes comunicativas? Esta viene a ser, realmente, una pregunta existencial muy directa: cuando vives en una u otra ciudad, ¿aumenta tu poder de actuar y pensar o te sientes más ignorante e inconsciente? Esta es una clásica pregunta spinozista sobre la alegría y la tristeza. Desafortunadamente, no conozco estas ciudades, pero estoy seguro que vosotros, o cualquier otro que viva en ellas, podría responder.

En Commonwealth, habéis tenido que hacer frente a importantes críticas, contestando a los ataques de diferentes y conocidos teóricos (también en Polonia) como Slavoj Žižek, Alain Badiou y Ernesto Laclau. ¿Podrías mencionar qué intelectuales, según vuestra opinion, comprenden hoy el actual estado de cosas, y cuyos libros pueden ser útiles en el proceso de organización y luchas de la multitud? Al preguntar esto pensamos en algo mucho más general –la pregunta sobre el rol de los intelectuales en la producción del conocimiento para uso del movimiento y soporte práctico-teórico para los trabajos de la revolución. ¿Cómo entendéis la relación entre teoría y práctica? ¿Es todavía razonable distinguirlas?

Los filósofos que mencionas –Žižek, Badiou, y Laclau – son buenos puntos de partida, y añadiría también a Judith Butler, Jacques Rancière, y muchos otros.
Pienso, sin embargo, como tu pregunta sugiere, que no se debería confiar en los intelectuales para proveerse de una guía teórica para la práctica revolucionaria. La división no está en que los intelectuales hagan teoría y los militantes práctica –o, incluso, menos, que los intelectuales guíen a los estudiantes. Algunos de los más importantes desarrollos conceptuales y teóricos actuales han sido construidos colectivamente por los movimientos sociales. Los indignados, Occupy, y otras acampadas iniciadas en 2011 son los autores no sólo de importantes experimentos políticos sino también conceptuales y teóricos. Dicho esto, no me refiero simplemente a invertir la relación tradicional y decir que los activistas deban liderar a los intelectuales. Diría que hay diferentes registros de teorización que van de las universidades a las calles, y que ambos son importantes.
Lo que precisamos descubrir, me parece, son los acuerdos de co-investigación en los que intelectuales y activistas creen los medios para trabajar juntos y comunicarse continuamente desde un registro de producción teórica a otro. No es necesario para ello que los académicos bajen a las calles y que los activistas vayan a las universidades –aunque no sea una mala idea. Lo esencial es que haya medios de comunicación y traducción entre los tipos de teorización producidos en las universidades y los realizados em lós movimientos. La co-investigación depende de la comunicación y la circulación.

De acuerdo con lo que escribís en Declaration, los movimientos más importantes de 2011 tienen sus raíces en el común. Ellos no solo se benefician de nuevas técnicas comunicativas y experimentan formas innovadoras más inclusivas de participación política, sino también luchas para liberar el común, tanto de la propiedad privada como del control estatal (o para decirlo en términos generales, del control público). Esta parece ser la retirada final de vuestra tesis en Empire sobre que los movimientos altermundistas no podían comunicarse entre sí. Ahora tanto Negri como tú estáis intentando diferenciar entre el ciclo altermundista de luchas y el ciclo inaugurado en el último año. ¿Podrías señalar los aspectos más importantes de esta diferencia? ¿Es capaz el presente ciclo de luchas de lograr “lo imposible” (al menos para el ciclo anterior): crear las instituciones del común?

Cuando destacamos la “incomunicabilidad” de las luchas en Empire, el movimiento altermundista todavía no había emergido. Terminamos el libro antes de las protestas contra la OMC en Seattle en 1999. En su lugar estábamos pensando en las potentes antineoliberales de los 90, como la revuelta de Tiananmen, la rebelión zapatista en México, las revueltas anti-FMI en Venezuela y Jamaica, etc... Durante los años del movimiento altermundista –desde Seattle en 1999 a Génova en 2001 –hubo una comunicación intensa entre los movimientos en cada cumbre y también en otros contextos, como el Fórum Social Mundial. Y hubo una comunicación incluso mayor y más significativa entre las acampadas y ocupaciones que comenzaron en 2011.
En todos estos ejemplos, sin embargo, una característica fundamental que tenemos que comprender es la profunda discontinuidad de los movimentos. Existe tanto una discontinuidad temporal (los movimentos surgen en un escenario y parecen desaparecer pocos meses después) como espacial (los deseos y prácticas parecen saltar de un lugar a otro, de El Cairo a Madrid, de Atenas a New York). ¿Cómo podemos comprender esta descontinuidad y, más importante, cómo podemos trabajarla políticamente?
Una respuesta, que pienso en parte correcta, es reconocer que debajo de esta apariencia discontinua hay una más profunda, una continuidad oculta de los movimientos, sus deseos y prácticas. La metáfora de Marx del topo es la imagen clásica de esta continuidad subterránea. Las luchas francesas del S.XIX eran como un topo que salía a la superficie por breves momentos –en 1789, 1830, 1848, 1871, y así sucesivamente– pero entretanto está trabajando y avanzando bajo tierra. Es una bella metáfora para capturar la continuidad oculta, aunque debo admitir que la imagen naturalista de un topo trabajador no me parece exactamente correta. Diría que los movimientos revolucionarios son más bien como un automóvil acelerando en la noche con las luces apagadas. Puedes verlo brevemente bajo alguna farola y entonces desaparece, apareciendo después calle abajo. Esta metáfora tiene la ventaja de dar un sentido del peligro e, incluso a veces, de la precipitación del proceso revolucionario.
Pienso que es importante, en todo caso, reconocer estas continuidades ocultas en términos espacio-temporales. Lo que ocurrió en Seattle en 1999 y luego desapareció, por ejemplo, produjo muchos más avances sobre Wall Street en 2011, y lo que se logró en Túnez y El Cairo a comienzos de 2011 reapareció más tarde en Madrid y Atenas. Proclamar tales continuidades no es suficiente, pero es un buen comienzo.

Cuando miramos los eventos de 2011, podemos llegar a una conclusión bastante pesimista. En casi todas las confrontaciones con el poder y el capital, la multitud, al menos por ahora, falla gravemente. Si nos fijamos en los gobiernos posrevolucionarios en Túnez, Egipto o Libia, o consideramos los acontecimientos tras la Marcha a Bruselas de los Indignados, la desintegración de las asambleas de Zuccotti Park, o las consecuencias de la masiva manifestación en Israel. En este contexto muchas de las críticas mantienen que la presión política de la multitud desde todas las plazas de los países árabes fue suficiente para derrocar a los dictadores pero para consolidar las conquistas de las revoluciones (o mejor –de las revueltas) es necesaria la toma de un control democrático (en la forma de consejos obreros) sobre los lugares de producción, clásicamente entendidos. En Declaration resaltáis la diferencia entre la vieja izquierda (con su nostalgia de las viejas formas de organización política) y los nuevos movimientos como Indignados o Occupy. También escribís que los movimientos de 2011 han creado una oportunidad para una nueva izquierda. ¿Pensáis se ha hecho un uso adecuado de esta oportunidad? ¿Existen puentes entre movimientos y formas organizativas de la multitud y las formas clásicas de organización del movimiento obrero (como consejos obreros con un sistema de delegados) que permitan una consolidación de las conquistas de las revueltas en las instituciones del común?

Tu pregunta refleja muy bien la limitación de mi respuesta a la cuestión anterior sobre la naturaleza discontinua de los movimientos contemporáneos. No basta con decir que la continuidad de los movimientos está oculta o subterranea y que aparecerá en otro lugar u otra vez. No basta con decir que el verdadero éxito de la Plaza Tahrir puede juzgarse no en Egipto sino en Madrid o en Wall Street. O incluso decir que quizás seamos derrotados ahora pero que en 10 o 20 años venceremos.
Tenemos también que construir nuevas formas políticas que consigan uma mayor extensión y duración de los movimientos aquí y ahora. Es un lugar común decir que las acampadas de 2011 fueron válidas para organizar una plaza con algunos cientos o incluso miles de participantes pero no tuvieron éxito en trasladar la victoria de la plaza a una nueva sociedad duradera, a una forma alternativa de vida.
Por tanto, en Declaration, Toni y yo nos centramos en la necesidad de iniciar un proceso constituyente y, como dices, crear instituciones del común. Aquí, por “institución”, no entendemos una estructura rígida o burocrática, y por “constitución” no nos referimos a un orden fijo y formal. En cambio, estamos interesados en la creación de instituciones compuestas de prácticas y hábitos sociales repetidos, y la invención de procesos constituyentes que se propagen y realicen asociaciones sociales duraderas y formas de vida. Los movimientos, en otras palabras, necesitan crear mayores formas de continuidad.
Estas dos respuestas a la cuestión de la discontinuidad de los movimientos –una insistiendo que existe una continuidad oculta y otra llamando a la creación de instituciones para establecer su continuidad– son muy diferentes pero no contradictorias. De hecho, diría que la clase de continuidad que ya existe, la comunicación entre los movimientos a través del tiempo y el espacio, es hoy la base necesaria para cualquier proyecto que pretenda iniciar un proceso constituyente y crear instituciones del común. Sin esta base, tales proyectos serían inimaginables.

Traducción: Nemo Niente.

[1] Commonwealth. El proyecto de una revolución del común, Michael Hardt & Antonio Negri. Akal, 2011
[2] Declaración, Michael Hardt & Antonio Negri. Akal, 2012
[4] Imperio, Michael Hardt & Antonio Negri. Paidós, 2002
[5] Multitud, Michael Hardt & Antonio Negri. Debate, 2004