sábado, 28 de julio de 2012


El profeta armado de la idea.




Benedetto Vecchi



Un conjunto de ensayos del filósofo francés Alain Badiou aparecieron en los meses siguientes de la "primavera arabe", las acampadas de los indignados españoles y de la ocupación de Zuccotti Park en Estados Unidos y terminaron antes de que Nicolas Sarkozy fuera eyectado del Eliseo para dejar el puesto al socialista Hollande, candidato de una izquierda sobre la que el filósofo francés no alberga grandes esperanzas, visto que la considera la hermana educada de la misma familia neoliberal (El despertar de la historia, Ponte alla Grazie, pp. 126,).

Se trata de textos nacidos en una contingencia, frente a los efectos devastadores de la crisis del capitalismo; es decir el único momento donde es posible pensar la Política, como había subrayado agudamente Badiou en otro ensayo, dedicado a la Comuna de París. Porque en contingencia "el uno se divide en dos ”, volviendo posible develar el carácter de clase de las relaciones sociales y elaborar otro modo de organizar la vida y de tomar las decisiones atinentes a la res publica. Dicho menos teóricamente, es en este momento que es posible hablar del comunismo. Parece haber pasado un siglo desde que estos elementos se ofrecían a la discusión pública, como un antídoto a la dominante concepción neoliberal de la política, como una indistinta declamación de opiniones que se disputaban el consenso en el ágora.

El objetivo era contrastar la ideología del fin de la historia que, como campana de plomo, había caído sobre la sociedad francesa indiferente, cuando el Eliseo era ocupado por un socialista ambicioso como Mitterand. Fueron años durante los cuales la práctica teórica de Badiou estaba centrada en preservar los espacios más altos de la crítica al capitalismo de la liquidación vulgar que formaban las cabezas del neoliberalismo. El volumen sobre la Comuna (editado por Cronopio), como también la recopilación sobre el siglo XX (El siglo, Feltrinelli), el Manifiesto para la filosofía (Feltrinelli) hasta aquel dedicado a San Pablo (Cronopio) fueron piezas de un mosaico que integraron una renovada hipótesis comunista (Cronopio) puesta definitivamente al abrigo de cualquier supuesta concesión al postmodernismo. Recorrido de investigación llevado a cabo a menudo en soledad, hasta el encuentro con Slavoj Zizek, que identificó en Badiou al filósofo de la irreducibilidad al capitalismo. Un recorrido de investigación que tiene una etapa, precisamente en este despertar de la Historia, que parte de las recientes revueltas para llegar al anuncio que la idea del comunismo ha renacido de las cenizas. Aunque la génesis de este renacimiento sigue siendo un misterio, ni queda claro tampoco porqué las calles tunecinas, egipcias o españolas son realmente expresión de un renovado comunismo. Más que una filosofía de las nuevas revueltas mundiales el texto es más bien expresión de una "teología política" que considera la idea del comunismo inmutable en el tiempo y en el espacio; así como el capitalismo resulta sin historia, indiferente a los conflictos, a las revoluciones, a las guerras que determinaron el largo siglo XX.

La potencia de lo genérico

En el capítulo de apertura Badiou sostiene que es erróneo hablar de crisis del marxismo, porque lo del filósofo de Tréveris se trataba de una aguda "ciencia ficción de la realidad" que sólo en los últimos años ha encontrado confirmación. Además, agrega, es inútil estudiar cómo el capitalismo ha cambiado; más bien la crisis y el neoliberalismo solo han puesto en evidencia la capacidad profética de la "ciencia ficción de la realidad" marxiana; así como la equivocación de aquellos teóricos que coquetean con los adjetivos cognitivos, postfordistas o postmodernos para indicar la historicidad del capitalismo y su capacidad para cambiar las formas de la explotación. Con un débil respeto hacia el materialismo histórico, que no es una fórmula matemática que resuelva la ecuación del devenir histórico, sino un método para el conocimiento de la realidad. La problemática de este libro no es, sin embargo, la mayor o menor actualidad de Marx, o la necesidad de innovar en su obra para elaborar un punto de vista adecuado a la realidad presente, sino postular que el capitalismo es finalmente aquello descrito por Marx en su realista ciencia ficción. Es a partir de esta cancelación de la historia del siglo XX que se desprende la lectura llevada a cabo por Badiou sobre las revueltas mundiales, valorizadas como manifestaciones de la idea, representaciones también de una perenne "potencia de lo genérico".

El filósofo francés hace una larga disertación sobre las distintas tipologías de las revueltas, para salvaguardar una sola, llamada no por casualidad "revuelta histórica" sólo porque está abierta al Acontecimiento, es decir, al regreso a la idea comunista. Los otros tipos de revueltas – inmediatas, latentes— expresan de hecho sólo mecanismos reactivos, "ni políticos, ni prepolíticos”, de una masa indistinta de "hombres genéricos", ante formas de injusticia.

Escribiendo estos textos Badiou ha repasado seguramente las películas de las revueltas en los banlieues parisinos, en los guetos estadounidenses o en los suburbios ingleses, consideradas todas revueltas inmediatas, lanzadas contra los símbolos del poder y que tienen una débil localización –el barrio, precisamente –y que se propagan por imitación. Estas revueltas tienen una duración limitada en el tiempo y terminan dejando, como restos de su existencia, sólo las ruinas de los edificios que los sublevados –la chusma– han destruido o las cáscaras de los coches quemados. Pero en estas páginas están presentes también las oportunidades perdidas de los movimientos sociales. En este caso se trata de las "revueltas latentes", es decir, cuando el movimiento rompe las compatibilidades impuestas por los sindicatos o los partidos políticos, pero sin lograr producir algún acontecimiento; sólo oportunidades perdidas. El tiempo de la revuelta es definido por Badiou como intersticial, es decir, aquel donde la discontinuidad, en medio de la ruptura revolucionaria, tiene la misma posibilidad de producirse que la continuidad. Por último, es la vuelta de la "revuelta histórica”, donde la polaridad entre revuelta y revolución –una polaridad que el pensamiento crítico ha visto empeñarse entre quienes preferían la revolución y quienes, más realistamente, sostenían que no hay revolución sin revuelta – encuentra una solución.

Minorías proféticas

La revuelta histórica tiene como inspiración inicial motivos genéricos, así como genéricos son los hombres y las mujeres que descienden por las calles y entran en colisión con las fuerzas del orden. Pero, como ha ocurrido en Túnez o en Egipto, sucede que la rebelión elije un lugar, plaza Tahir en Egipto, para consolidarse. Es en ese lugar que la masa genérica y sin cuerpo se descubre pueblo, es decir, sujeto político. Estas son las páginas donde Badiou considera a la clase como un concepto frío, descriptivo y políticamente irrelevante. Lo que interesa al filósofo francés es cómo la "potencia de lo genérico", es decir, de la masa, se mantiene, se preserva por la necesidad de dar solidez, es decir, continuidad a la revuelta. .Es en esta contingencia que la producción del “Acontecimiento” es posible gracias a la organización política, que tiene el doble papel de producir, así como de garantizar la disciplina y la fidelidad del pueblo al Acontecimiento. Y en esta fase se retoma la figura de la vanguardia, que si bien es minoritaria, es guardiana de la Verdad porque reafirma la fidelidad a la Idea, independientemente de las dinámicas al interior de las masas (con un práctica típicamente académica Badiou pondrá los conceptos que cuentan todos en mayúsculas). Más allá de la disimulación lingüística que le caracteriza, los escritos aquí propuestos por Alain Badiou reformulan también aquella lectura tradicional de la relación entre organización y espontaneidad del movimiento, donde la centralidad está asignada, en cuanto organización, a la disciplina del Acontecimiento, señalando una delicada nostalgia por los tiempos cuando todo era más simple, porque había un partido que producía aquella síntesis no disponible, ahora, con lo múltiple, es decir, el movimiento. Badiou debe sin embargo admitir que el partido es una forma política que ya no es sustentable. Y por tanto se limita a constatar que hay necesidad de dar una nueva forma a la idea.

Nos encontramos aquí ante una teología política que hace del comunismo una idea fuera de la historia, inmanente al ser humano genérico, que se muestra continuamente traicionada, desterrada, borrada, para luego presentarse toda vez como irrupción del Acontecimiento. Nada se dice de la derrota del socialismo real, mientras se consideran como disparates, como retóricos ejercicios vacíos, los intentos de analizar los cambios de la clase y de los procesos productivos, es decir, de aquellos agentes a los que siempre se ha destinado la crítica de la economía política. En otros términos, Badiou invoca el comunismo, pero es indiferente a quién debería encarnar el conflicto para ello. La única alusión es precisamente al pueblo, es decir, aquella negación de  «lo uno que se divide en dos», operación sin la cual no hay posibilidad de política. Y negación también de aquella contingencia que permite precisamente pensar la política. Pensar la política, ciertamente un rompecabezas que no puede empezar más que con los estilos de vida, los modos de ser, la subjetividad que se manifiesta dentro del conflicto. De otra manera se permanece en aquella precisamente detestada no man's land que es la dimensión "ni política, ni prepolítica" de la sociedad civil.

*Publicado en Il Manifesto, 18-07-2012.

Traducción César Altamira.

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